Llegamos a sentarnos a la sala de teatro y a un escenario que ya está andando: una isla que nos espera. Vemos colores azules, verdes, amarillo, naranjas, luces que generan un efecto alucinante cómo estar entre un cielo y una tierra que es un pequeño mundo.
Grandes trozos de un material grueso y transparente cuelgan. Formas circulares, otras ovaladas y alargadas con colores proyectados sobre ellas. Los niños entran y recorren con la voz todas esas superficies. Son ojos, nubes, la luna o el sol, estrellas, ¿cuál es cuál? ¿cómo es que se ven así?
Antes de comenzar “las islas también duermen” una representante del equipo nos cuenta las condiciones del espacio en que estamos, cosa que nunca en un teatro de adultos y en muchos de niños nos dicen. Nos hablan de una sala de descanso para quienes lo necesiten, nos muestra una luz que nunca se apagará del todo, que estará expectante como nosotros, nos muestra y presenta a todo el equipo.
Aparecen las actrices en el escenario donde desde el comienzo está un tercer personaje que hace los sonidos y músicas y también se va desarrollando como un representante de todos nosotros dentro de la escena a través de lo que hace y lo que dice. Es como un eco de lo que las actrices van armando en escena y también de lo que los niños podrían haber dicho o hecho dentro de la escena.
Comienza la obra, la historia está contada por dos personajes gigantes: el sol y la luna. El sol y la luna son divertidos no sólo para los niños, que estallan en carcajadas en sus errores, sino también para nosotros no niños que probablemente nos pensamos sólo como acompañantes y de pronto nos vemos riendo también a partir de las líneas de las canciones que cantan estos personajes y la forma en que lo hacen y sus juegos de palabras equivocadas.
La historia que nos cuentan nos gusta a todos y está llena de espacios para reír y fascinarse con el excelente juego entre la luz, el sonido y los objetos que cobran vida para montar el origen de la gran aventura de Simbad el marino.
La luna y el sol narran esta historia a partir de su propio encuentro en un eclipse total, y esto marca la temporalidad de esta historia que durará el tiempo que dura el eclipse. Si bien sabemos que el tiempo real de un eclipse no daría para la historia de una obra, nos señala el punto de partida y de fin del relato y escenificación. Quizás los niños no sean conscientes de ello tanto como los adultos que estamos allí, pero el efecto de tener un punto de entrada y uno de llegada es la base que permite que las cosas sucedan y que nos dejemos llevar por ellas. Alguna vez escuche decir a un actor, dramaturgo y director que la improvisación no sólo es difícil sino que compleja porque es lo que pasa entre un punto de entrada y otro de salida: es ese recorrido. Implica entonces definir esos dos extremos, crearlos como primer movimiento. Esa estructura de la historia funciona muy bien para niños y adultos y es quizás por eso que la mitología griega, trágica y tremenda como es, nos agrada y alivia: por su estructura. Lo más impresionante es que eso es también lo que nos permite tolerar casi cualquier deriva trágica y dolorosa dentro de la historia, de ésta y de otras.
Otro recurso maravilloso de esta obra infantil y familiar es que en un momento de la obra, coincidente con lo que veo en el movimiento de los niños en las butacas, la luna, el sol y el personaje a cargo del sonido nos meten a la obra explícitamente y nos piden, en el momento justo en que todos necesitamos descargar algo de movimiento, que con nuestro cuerpo generemos esos sonidos que faltan, que “fallan” en la escena. ¡Lo logramos! Los personajes y los niños son felices, los adultos también. Entonces seguimos de un tirón con la historia hasta el final.
Esta forma en que los niños han entrado en la escena culmina con un espacio al finalizar la obra, en que nuevamente aparece una de las mujeres del equipo y los invita ahora a participar contando que historia vieron: ¿de qué se trataba? Las respuestas son precisas y a la vez sintéticas. Un recurso verdaderamente didáctico porque así fijamos lo que vivimos porque nos detenemos a repasar lo que acaba de suceder y nos apropiamos de ello con nuestra propia versión y descripción atravesada por la experiencia colectiva. Siguen otras preguntas para los niños para culminar esta experiencia con esa manera propia de la niñez de ver y conocer las cosas: tocar.
Los niños entran al escenario a tocar la escenografía, a pintar trozos del mismo material de aquellas estructuras que cuelgan y que los impactaron al entrar a la sala. Van a tocar a la luna y el sol excelentemente representadas por las actrices Valentina Muhr y Ana Cosmelli.
Los niños van también hacia el sonido que está en vivo representado por un pequeño espacio en el escenario, como un locutorio abierto, a cargo de este tercer personaje: Diego Betancourt.
“Las islas también duermen” es una historia llena de movimiento, luces, diálogos divertidos, momentos expectantes y temores a que algo fracase y el error de Simbad descarrile su destino. Pero para sacarnos de allí está esa amistad del sol y la luna junto al sonido y la música que (nos) sostiene y reafirma que la posibilidad de vivir en la tierra está en los vínculos en donde apre(h)endemos y descubrimos la dimensión colaborativa que nos permitirá superar la sobrevivencia para llegar a una (verdadera) vida.
GAM
Sala B1 (Edificio B, piso 2)
14 al 29 de Marzo 2026
Sá y Do— 16 h
Compañía Proyecto Fuego | Dirección y dramaturgia: María Paz González Durney | Actuación: Ana Cosmelli Sánchez, Valentina Muhr | Diseño Integral: Laurene Lemaitre | Diseño multimedia y mapping: Ximena Sánchez Egaña | Diseño sonoro e intérprete en vivo:Diego Betancourt | Producción: Nicole Venegas | Comunicaciones: Loica Cultura & Comunicación | Realización de vestuario: Javiera Labbé | Realización escenografía: Amorescénico | Actividad de Mediación: Sofía Zagal García
Por Macarena Bertoni
Fotografía de Sebastián Utreras











