Nada volverá a ser lo mismo

DE LAS MÁQUINAS

“El medio de trabajo, asimilado con el proceso de producción capitalista, sufre diversas metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o, mejor dicho, un sistema automático de maquinaria puesto en movimiento por un mecanismo automático o fuerza motriz, que se mueve por sí mismo”

Marx

De nuevo -¿o siempre, acaso?- se trata de máquinas. Máquinas, flujos y cortes, velocidades, intensificaciones y lentitudes. Máquinas que producen máquinas, que cortan flujos, o que se enganchan a otras máquinas y a otros cuerpos para buscar ciertos resultados. Máquinas que copulan y se conectan para optimizar ciertos procesos. Cortes, flujos, modulaciones: máquinas. Hay teletrabajo, hay aplicaciones móviles de delivery y clases por zoom. Hay comisarías virtuales, televigilancia y cordones sanitarios. Hay drones, bases de datos, movilización reducida y distancia social. Hay quienes siguen contando y sumando las lucas. Otrxs que, aún con contrato y un aumento en la carga laboral, reciben como sueldo su ‘seguro de cesantía’. Es decir, su propia plata. Es decir, trabajan gratis. ¿Trabajan gratis? ¿Quién sigue contando los fardos? El covid-19, como acontecimiento, ha provocado diferentes modulaciones a diversos niveles. No el virus, sino su gestión política, en clave securitaria y de emergencia, es lo que ha permitido una modulación de la sociedad que aparece incuestionable. Cuando está puesta en riesgo la existencia misma, ¡quién podría oponerse! Pero, ¿y qué existencia?, o ¿cuáles?, ¿las vidas de quiénes?

Para Marx, la máquina es un medio para la producción de plusvalía. Es decir, algo que no tiene por objeto reducir el esfuerzo de lxs trabajadorxs, sino más bien optimizar la explotación. El mismo Marx describe la relación entre los seres humanos y las máquinas, fundamentalmente, como una forma de sujeción social. Diríamos desde acá: como una actuación de las máquinas en un pliegue interior de la producción. Un “extraño poder” sobre el trabajo vivo, que es subsumido en el proceso general de sujeción, de modo que estas funcionan como accesorios vivos o medios para la acción productiva. Ahora bien, no es que la máquina se acople a los cuerpos de lxs trabajadorxs: la máquina -o las máquinas, diríamos- no es una mera función singular en una serie evolutiva que va desde el martillo hasta el iPhone, o que quedaría absorbida y clausurada en los aparatos y dispositivos. Por el contrario, son los cuerpos quienes se acoplan a las máquinas, quedando la acción humana subsumida a estas y limitada a su mera protección frente a todo lo que pueda alterarlas. Por lo tanto, son los cuerpos de lxs trabajadorxs quienes funcionan como accesorios de la máquina. Rigurosa sujeción al orden de la máquina que significa una optimización -¿aceleración?- de la producción. La conjunción entre humanx y máquina forma una pieza con cualquier otra cosa para construir otra máquina a su vez. Producción de producción, producción de sujeción, optimización de la optimización acelerada, producción de servidumbre. En todas partes máquinas, y no metafóricamente. Un cuerpo, una pequeña máquina que, al acoplarse a otro cuerpo, a otra máquina, provoca un agenciamiento a velocidad diferenciada: “dentro del marco de dos semanas aproximadamente, podrían presentarse síntomas”. ¿Seguimos hablando de máquinas? ¿Qué decimos cuando decimos máquina? Un proceso, un medio para la optimización. Como en el caso del covid-19 (que no está vivo ni muerto), el cuerpo humano es un mero accesorio para su proliferación. Porque, ¿acaso no ha sido la gestión del virus lo que ha logrado que algunxs trabajen gratis? ¿Es el virus una máquina? Ciertamente no. Pero sí la gestión del virus, que llamaremos “máquina-vírica”. Esta cualidad maquínica del virus -insistimos, su gestión- no debe entenderse como la herramienta de un sujeto omnipotente -definición conspiroparanóica y de laboratorio-, sino como un medio, como una relación diferencial, un proceso que proporciona impulsos para que se efectúen modos de obediencia que indudablemente ya existían en potencia. Se trata de una relación diferente que se da entre unos elementos ya conocidos: el teletrabajo ya existía, las aplicaciones de delivery ya existían, los drones ya asesinaban, existían. En definitiva, la máquina-vírica ha permitido todo un despliegue securitario para un re-ordenamiento de la sociedad capitalista. Eso salta a la vista.

Sin embargo, para algunos la llamada “tentación autoritaria”, que corre parejo con la gestión que hemos dado en llamar máquina-vírica -¡porque no es el virus en sí el problema, sino la modalidad de su gestión, su optimización!-, sería una excepcionalidad en el discurrir de las democracias occidentales. Pero, si tomamos dicha tentación del cuello, la acercamos a este punto del planeta, y la situamos en el marco de un continuo y largo proyecto civilizatorio de disciplinamiento y control (necropolítico, incluso diríamos con el amigo Achille Mbembe), deja de parecernos un hipo dentro de la “tradición democrática”, y se muestra como lo que es: una constante histórica de cuerpos inscritos en la extracción o la masacre. El capitalismo ha sido y siempre será una pulsión reactiva. Evidentemente existen reestructuraciones, “nuevas” composiciones, “nuevas” modalidades de “hacer lo que se tiene que hacer”, como diría el “nuevo” Ministro del Interior. Pero en ningún caso son meros hechos aislados, no refieren a una excepcionalidad soberana. Son y serán la norma permanente y una constante normalización, el continuo de la regla (neo)liberal. En esto no hay nada “nuevo”: explotar, hacer morir y, llegado el momento, hacer imposible ciertas formas de vida que desafían al Estado y el capital. “Porque nunca se detuvo el horror”, diría el vecino Guillermo Núñez. Tentación autoritaria rima con tradición democrática.

La producción vírica de la maquinaria de sujeción y la optimización de la servidumbre actual, suma a los tradicionales sistemas de opresión (soberano, disciplinario, bio y necropolítico) un conjunto de automatismos que requieren de la complicidad de los propios sujetos: dispositivos, hábitos y relaciones que, a su vez, concatenan flujos, cortes, capturas y aperturas. Agencian tecnologías securitarias y sociales. Optimizan el disciplinamiento, lo vuelven permanente y preventivo, pero sobretodo endémico. Así, se repiten localizadamente los controles, los desconfinamimentos se hacen paulatinos y/o reversibles, se traza el virus y se acordonan los focos de contagio. Optimización, tecnología y control: máquina-vírica.

DE LOS CONTAGIOS

“Huir, pero mientras se huye, buscar un arma”

Deleuze

Como (con) el virus, el funcionamiento de la máquina-vírica reside en su carácter comunicativo, en su capacidad de intercambio y fluidez. Se nos dice qué, cómo y cuándo, constantemente. En su desesperada búsqueda por recomponer la normalidad cotidiana -que desde octubre-19 estalló en por doquier y devino en una fuga masiva de la condición permanente de aislamiento y precarización en el “oasis chileno”-, para el Estado, la máquina-vírica vuelve posible todo un campo para la aceleración de la producción de valor. Hace y deja morir en un traslape de diferentes gestiones políticas de fuerzas y servidumbres. Así, en definitiva, por una parte (re)disciplina, en un intento por “volver a la normalidad” y taponear aquello que permite desplazarce de la norma; a la vez que innova en las tecnologías de monitoreo y televigilancia en una “nueva normalidad”, abriendo la posibilidad de poner a punto y actualizar aquellas disposiciones, hábitos y gestos que ya se presentaban de manera virtual.

Siguiendo a Gerald Raunig en la lectura que hace de Guattari, habría un “aspecto vivo, una capacidad enunciativa, un reservorio de posibles que existen en el seno de la máquina y que podemos descubrir sólo si nos instalamos en esta dimensión maquínica”. ¿Qué sería esta dimensión maquínica? La máquina-vírica actúa por la efectuación de una potencia, es decir, actualizando una posibilidad. Lo “nuevo” emerge -en tanto que acontecimiento– en la conjunción de un órgano o máquina que ya existía como posibilidad contenida, pero que aguardaba el momento de ser actualizado. Es decir, el momento de una nueva composición de lo ya dado. Es allí donde radica la diferencia entre “lo nuevo” e “innovación”. Insistamos, porque el problema radica en la modalidad que adquiere dicho acontecimiento: cómo es recibido, cómo se conjuga, cómo acoplarlo, cómo gestionarlo. En este caso, la máquina-vírica solo ha optimizado la automatización de las relaciones de sujeción. ¿Cómo acoger entonces un acontecimiento? Lo “nuevo” sería la irrupción del virus en el marco de un capitalismo extractivista y la innovación, la capacidad de adaptabilidad y sujeción al contexto actual en un marco de reordenamiento planetario del capital.

Ahora bien, el acontecimiento entero no está clausurado. No está todo dicho. Porque esa capacidad viva de posibles son también todas las resistencias que desde octubre-19 han mutado -como el virus-, que dan cara y que venían dando cara a esta realidad tan charcha: las ollas comunes, las brigadas de salud, toda una capacidad de autodefensa y un reservorio histórico de solidaridad que se contagia y muta en este escenario de muerte y gestión de la vida, que dispuso de la masacre como único posible. Porque “la normalidad era el problema”. Se nos quisiera producir en serie una subjetividad que respondiera, de manera acelerada y automática, a la extracción de valor, obligarnos a “ser-para-la-muerte” de manera inexorable, donde toda decisión estuviera cancelada con anterioridad. Y sin embargo está la vida. Ese centro sin centro, frágil e inquietante que es una vida que se renueva continuamente y con la misma determinación de un automatismo que no requiere de ninguna decisión. O bien, que es siempre decisión de vivir. Si lo posible no preexiste al acontecimiento, sino que más bien es creado por este, lo que se abre es la posibilidad de acoger la irrupción del virus en su ‘mutabilidad’, en su operar en principio como una máquina que rompe con lo dado, con la existencia entera. Porque si algo no ha logrado contener esta inmovilización general que es el encierro, es cierta agitación, una especie de centro sin centro, frágil e inquietante, que es una vida, mi vida, mi existencia: una cabeza estallada, una cabeza en llamas.

DE LA EPICRISIS

“Y la vidente frotó sus manos/

sobre mis agitados ojos inestables/

amplificando mi cansancio”

Cendrars

Pero, “y sin embargo está la vida”. Esa misma agitación, esa fuga desbocada e incapturable ha sido lo que me ha demolido. Ha sido precisamente ese centro sin centro, esa fragilidad inquietante, lo que me ha hecho tragarme una oscuridad tan grande: haber encarado la locura y la muerte. El día domingo 21 de junio tuve mi pequeña crisis local: un brote psicótico, un “acceso de locura con expresión de una excesiva euforia”. Algo así como un acceso de aceleración anímica y pérdida de la noción de realidad, precedida de un largo cuadro depresivo que arrastraba y que significó largos períodos de agotamiento y fatiga. ¿Tratamiento? Dos semanas de estadía en el psiquiátrico, por representar -cito al Dr. Zúñiga, psiquiatra- “su estado psico-patológico un riesgo para sí mismo y para terceros”, riesgo que “conllevaba una importante repercusión conductual; principalmente al llevar al acto los contenidos de sus ideas deliroides”. En el Formulario de Atención de Urgencia se lee: “Paciente ingresa en camilla con sujeciones, inquieto al ser entrevistado, aspecto acorde a edad cronológica, mesomorfo aspecto sin elementos que destaque, vestimenta adecuada, no cooperador, establece escaso contacto ocular, a ratos agresivo, consciente, lúcido, desorientado temporoespacialmente, psicomotricidad complementaria, movimientos estereotipados en ambas muñecas y en cuello, inquieto, intenta ponerse de pie durante la entrevista, afecto paranoide, a ratos irritable, discordancia ideoafectiva, tono de voz, volumen e inflexiones adecuadas”. La crisis, el malestar, ¿no habrían derivado de la imposibilidad de acoger dicha mutación acelerada que es la (nueva) realidad de la máquina-vírica: optimización de la producción? ¿No fue, tal vez, la internación una manera de normalizar la inscripción de mi cuerpo en este nuevo escenario-maquínico-vírico? Si la existencia es un centro frágil e inquietante, asumir el querer-vivir con todo el sufrimiento, el dolor y el horror que ello conlleva – ¡puesto que nunca se detuvo el horror! -, nos sitúa indudablemente en otro modo de vida: una afirmación de dicha fragilidad e inquietud en tanto que fuerza, todo un despliegue de potencia. Un arma que en su fuga hace estallar todo centro y se desboca en una multiplicidad ya sin centro. No existiría ni el más mínimo deseo de salir victorioso, incólume de la “crisis”.

La epicrisis es la constatación de una eternización de la rotura del cuerpo que significa toda existencia y que es anterior a toda “crisis”. De hecho, no dice relación con ninguna excepcionalidad. Se trata de toda una precariedad fabricada y organizada como condición, y no una “falla” o un “mal cálculo” en el tranquilo discurrir de la (re)producción del capital. Ahora, tampoco se trata de reponer los fracasos, enumerarlos y luego decidir si llorar, o si reír. Ciertamente terminará por ocurrir lo uno o lo otro, pero no, de ningún modo se trata de eso. Se trata de ir hasta el final, hasta las últimas y desbocar la existencia en esa fuga misma, en esa ambivalente alegría que es situarse de lleno en la vida, en esa frágil e inquietante fuerza sin centro.

Por supuesto, no existe ninguna épica. Las figuras trágicas me siguen pareciendo – ¿padeciendo? – muy moralizantes, propagandísticas de un ethos marcial que llama a probar la propia fuerza, medirla, “combatir para alcanzar la meta, para vencer”. Un llamado a la acción que, al debatirse entre “destino o libre albedrío”, sitúa muy cerca de la genitalidad de los cuerpos el valor, la gallardía, la bravura. Prefiero escuchar la güata, desatender el llamado a la movilización global del capital. El amigo Santiago López-Petit lo dice mejor, “la anomalía se constituye como aquello que imposibilita el cierre totalitario del capital global”. O así lo interpreto: la interrupción, la subversión si se quiere, estaría más cerca de una escisión que de una transgresión; un desplazamiento o corrida del velo de la realidad, un dejarse ir más parecido a una pérdida de la noción de realidad. “Estoy enfermo de normalidad”, dice Santi. Estoy asqueado por la normalidad.

Nos seguiremos arrastrando por los escombros de esta guerra, SU guerra, la guerra del capital que intenta eternizarse. El horror como única memoria y guiados por lo que siempre nos ha guiado: nuestra intuición, nuestro malestar, esa sensación de asco en la garganta, huérfanos de la historia, escépticos de toda universalidad. Todo un desplazamiento hacia un afuera inorganizable, una espacialidad fronteriza que interrumpa aquí y ahora el régimen de obviedad capitalista. Una apertura e invitación a la experimentación, a la mutabilidad y subversión de la gestión máquina-virus. Existe un continuo de precariedad y “terror anímico” -como dirían los compas del Colectivo Juguetes Perdidos- que es urgente desarticular. Hacerlo a la vez que se rechaza toda clausura, todo intento por universalizar las diferencias que significan las formas de vida. Componer la espacialidad para el desplazamiento: la verdad es un proceso y no un resultado, condición de una dimensión pragmática que abre el querer-vivir, siempre. Es el cuerpo, que porta la marca de la desesperación y de la enfermedad, el único criterio de verdad: la oscuridad, la locura, la muerte, mi sombra que se funde con la de la noche, para agrandarse o desaparecer -que es lo mismo-. Desplazamiento e interrupción del orden y de la normalidad, en la verdad de un cuerpo enfermo: proceso y condición de una dimensión pragmática del querer-vivir, querer la existencia misma. Acoger la mutabilidad, volver a poner la vida al centro, disputar la existencia al capital, disputar el significado de “nada volverá a ser lo mismo”.

DE LA POTENCIA

“Nos sobrará cuero y nos faltará armazón, edad, días, costumbres, las herramientas que utilizamos antaño en este valle de lágrimas, produciéndose otro desequilibrio en la inmortalidad por exceso de equipaje, células y vestiduras, viéndonos obligados a improvisar otra vez el argumento de la vida”

Alcalde

Una imagen ha dado la vuelta al mundo. Un policía blanco, un paco aprieta su rodilla contra el cuerpo de George Floyd: tendido en el suelo, un cuerpo negro pierde la vida. “I can’t breathe”, una vez más, ha sido el grito de revuelta que ha incendiado el país gringo entero y que alrededor del mundo se ha hecho eco. Reclamo, grito, gesto desesperado frente a la inscripción paroxística de una impotencia: no puedes, no deberías estar vivo, la rodilla del paco sobre el cuello de George Floyd. Y a lxs sobrevivientes les queda portar la marca de esa impotencia: saber que tu vida es prescindible.

Otra imagen. El machi Celestino Córdova en un evidente deterioro físico, continúa, ya más de 100 días de huelga de hambre, poniendo su cuerpo para lograr cumplir la petición de regresar a su rewe, y se suma así a una amplia trayectoria de lucha y resistencia del pueblo mapuche ante la histórica arremetida de muerte del Estado chileno. La huelga de hambre del machi, su vida puesta por delante, es la confirmación de una potencia: una vida, una existencia que vuelve común un levantamiento frente al terrorismo de estado. Ante el silenciamiento, la indiferencia, la persecución, la prisión y el asesinato, una afirmación de vida. Volver a mirar de frente al horror. Dar cara.

 

Texto por Nicolás González

Foto de portada: serigrafía de Guillermo Nuñez

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