De la insurrección de octubre y una ética de la guerra civil; materiales cartográficos.

 

Cuanto menos en serio tomen las personas al pensamiento, más piensan conforme a lo que quiere el Estado. En efecto, ¿qué hombre de Estado no ha soñado con esa pequeña cosa imposible, ser un pensador?

(Deleuze y Guattari, Mil mesetas)

Hay un acontecimiento; la insurrección de octubre en eso que se llama Chile, estallido social lo nombra el espectáculo. Pero la aparición de este acontecimiento, nos sugiere otra cosa, otra posibilidad de recorrerlo. También nos arroja al encuentro de diversas fuerzas que estaban atenuadas, se creían inexistentes o eran casi imperceptibles. Nos hace visible la grieta que la dominación dejó en la chilenidad nihilista neoliberal en su abandono a la aventura regulada por la constitución de 1980 y, por supuesto, la economía social de mercado.

Este punto de inflexión en la traza del neoliberalismo ha producido la apertura a intensidades que resaltan la polarización ética de las formas-de-vida, la posibilidad de elaborar un arte de las distancias, devenir amiga o enemiga. A principios del siglo, ya se había dibujado una cartografía al respecto de estas intensidades que siempre circulan entre nosotros, pero que estaban atenuadas hasta esta apertura; la guerra civil, como el libre juego de las formas-de-vida, sin la participación del estado, sin un soberano.

Así podríamos ver que, después de unos días de iniciada la insurrección, cuando Sebastián Piñera declaró “estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable”, lo que está conjurando, es la guerra civil. Hay que tener en claro, que Piñera es una representación encarnada del estado, sus dichos y palabras, en cierta forma no son de Sebastián Piñera, sino más bien, del estado. Por otro lado, podemos ver la preocupación del spengleriano Orlando Sáenz, ex presidente (1971-1974) de la SOFOFA (sociedad de fomento fabril) sobre la continuación del clima de la revuelta; “esto si sigue así, va a terminar en una guerra civil” (CNN, La entrevista de Tomás Mosciatti).

Bajo este panorama, la represión no se hizo esperar, los pacos, como siempre, haciendo lo que saben hacer y luego los milicos, en un ambiente que le recordó a muchas personas el origen de la democracia noventera que atenuó toda forma-de-vida que no aceptara los dictámenes del soberano, amparado bajo el dispositivo de la constitución de 1980. Actualmente, la maniobra del estado por un lado, es legalizar la impunidad de las policías y reforzarlas, por otro lado, hacer del uso de la calle, un crimen. Esto solo demuestra la desesperación del estado por conjurar la guerra civil, por atenuar las formas-de-vida, y revitalizar la esfera de la hostilidad.

Es preciso dejar en claro, que en el repliegue del estado moderno, la ley es sólo un medio más, para conjurar la guerra civil, por esta razón no es extraño que la policía chilena, y cualquier policía en el mundo, no tenga el más mínimo indicio de lo que sea un derecho humano, y de ahí también, el ahínco del director general de carabineros, de no dar de baja a ningún efectivo. Si no hay ley, habrá policía. Más bien, hay ley y hay policía, y ambas conjuran la guerra civil.

Pero frente a la maquinaria estatal, hay otras multiplicidades, cardúmenes, máquinas de guerra que habitan el espacio; la primera línea como la máquina de guerra más espectacularizada, que funciona con protecciones, bomberos, artillería, arquitectura de barricada, que se acopla con otras máquinas de guerra de alimentación y salud. Toda una nueva configuración de esos cortejos fúnebres que se hacían llamar marchas, una nueva forma de utilizar el espacio, como si fuera liso. Primera línea que resguarda la concentración de intensidades que se agrupan un poco más atrás, donde se hacen amigos y enemigos, se elabora un cierto arte de las distancias, se experimenta la guerra civil.

Otra máquina de guerra que podría resucitar; las asambleas territoriales, que han quebrado el aislamiento de la chilenidad nihilista neoliberal, sin embargo, están capturadas por la necesidad de la creación de una nueva constitución, la existencia de las asambleas territoriales y su efectividad como apertura de un libre juego de las formas-de-vida dependerá de su uso estratégico; la asamblea territorial será la apertura de la posibilidad de elaborar un cierto arte de las distancias y una ética de la guerra civil, o será capturada por la máquina estatal.

“Y dicen que es locura lo que me tiene así, limpiando un cuerpo frío, gélido, aunque más gélido por dentro está aquel que atenta contra la vida de su propio hermano, y se justifica en conceptos tan vacíos como la patria, la iglesia o la protección de la propiedad privada. Sin embargo, dicen que es locura lo que me tiene así, realizando un acto de inmolación extrema voluntaria, dando mi vida por una causa que se supone ya está perdida de antemano. Aquellos que hacen eso no son parte del Ángel Gris, son parte de los Hijos del Olvido que intentan hacernos creer que la única posibilidad de salir adelante y de realizar un cambio es comenzar a contar los muertos y es convertirlos en números y hacer una aproximación epistemológica del dolor. Dicen que hay que comenzar a contar los muertos, convertirlos en números y hacer una aproximación epistemológica del dolor.”

(Tenemos explosivos, Antígona)

1) Chilenidad nihilista neoliberal.

 “Paseo ahumada, medio día, en el corazón de la capital chilena, por una vez decir “hormiguero humano” es literalmente verdadero, las calles están llenas de gente. Difícil decir en qué se ocupan. Lo más impresionante para mí, es la ausencia de color. Toda esa gente se confunde en una masa gris, lo que da un aspecto inglés a la capital chilena.”

(Raul Ruiz, Cofralandes. Rostros y rincones)

 

Durante 17 años de aplastamiento brutal a los cuerpos que oponían resistencia a la dictadura cívico-militar de la burguesía chilena, y 30 años de una democracia pactada por la política partidista (representación política de esa burguesía chilena, ya sean de derechas o de izquierdas), que tampoco estuvo exenta del aplastamiento brutal a los cuerpos que le oponían resistencia, tuvo lugar un proceso, una transición del estado de bienestar al neoliberalismo.

Dicha transición, produjo un dispositivo, la constitución de 1980, que provocó una reformulación de la máquina estatal chilena, la que profundizó la precarización de la vida, elevando como lo más importante esa ficción llamada mercado, produciendo al sujeto pyme, pequeño y mediano empresario de sí mismo, homo oeconomicus le llamó Foucault en su curso del Collège de france entre 1978 y 1979 llamado Nacimiento de la Biopolítica. Este sujeto producido por el neoliberalismo, ya no es un simple trabajador, que intercambia su fuerza de trabajo por un salario, sino que vale lo que él es, es decir, necesita especializarse en alguna actividad, necesita invertir en dicha especialización, y según dicha inversión, ingresará al mercado laboral y tendrá oportunidades dependiendo de dicha inversión. Por lo tanto, el trabajador asalariado, deviene un pyme de sí mismo, homo oeconomicus. Esta es la antropología del neoliberalismo; la teoría del capital humano.

Bajo este orden, se inscribe un tipo de pensamiento en el empresario de sí mismo, que ya no es el de la alienación, entendida como un no-saber, sino más bien, una postura similar a la del escepticismo pirroniano. Donde la ignorancia no es la característica del sujeto neoliberal, por el contrario, es la sobreabundancia de información y la posición que se toma ante ella, lo que caracteriza el pensamiento del sujeto neoliberal.

El escepticismo pirroniano es una postura filosófica que busca llegar a la suspensión del juicio (ἐποχή, epoché), tras comparar (ἀντίθεσις, antítesis) argumentos que demuestren la existencia o no de algo. Luego de comparar dichos argumentos, el escéptico encuentra que ambos son igual de convincentes, como resultado de esto, se logra una equipolencia (ἰσοσθένεια, isosthéneia) de los argumentos. Es por esto que el escéptico prefiere suspender el juicio, lo que provoca un estado de imperturbabilidad (ἀταραχία, ataraxia) o tranquilidad frente al problema que se había planteado, existe tal o cual cosa. Ahora bien, la pregunta por la existencia de tal o cual cosa, remite a su verdad, y es este el problema del cual logra desembarazarse el escéptico.

El sujeto producido por el neoliberalismo chileno, toma la postura del escéptico como su cualidad por antonomasia, como la virtud principal que configura su carácter; “yo soy apolítico”, “yo no se discuto ni de futbol, ni de religión, ni de política”, “a mí la política no me interesa”, “na’ que hacerle”, “yo vivo tranquilo, “de la casa al trabajo nomas”, “no estoy ni ahí”, “me importa un pico”, “yo no me meto en weas”. Actitud que podemos ver en su extremo paroxismo, en el transporte público.

La diferencia que el escéptico pirroniano y el escéptico del neoliberalismo, es que ambos llegan a caminos diferentes, en el primer caso, tras la suspensión del juicio, se llega a un estado de imperturbabilidad, que históricamente se ha entendido como un estado de tranquilidad, incluso de felicidad. Por el contrario, el escéptico del neoliberalismo, llega a un estado de imperturbabilidad, pero que no es el de la tranquilidad, si no, más bien, de una intranquilidad reprimida, contenida, a veces por alcohol, otras, por una pantalla, ya sea la de un smartphone, un televisor, un computador, otras veces, por inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina como sertralina o escitalopram, otras veces, con más de algún amor a primera vista, otras veces, con una militancia comprometida con salvar a la sociedad y por un montón más de dispositivos que le rodean. Contención que de cierta manera, explotó el pasado mes de octubre.

2) A veces devenir nómada, encontrarse con Máquinas de guerra

“La máquina de guerra tiene como enemigo al Estado, a la ciudad, al fenómeno estatal y urbano, y su objetivo es aniquilarlos.”

(Deleuze y Guattari, Mil Mesetas)

La máquina de guerra es la ficción que hace posible una existencia entremedio de la estructura de la forma-estado y su afuera. Su origen es nómada (de los pueblos nómadas), y tiene una dimensión espacial, numérica y afectiva que quiebra la estructura arbórea del estado. Entendiendo la figura del árbol cómo un centro del cual ramas y raíces crecen verticalmente.

El estado es el centro soberano que regula y controla todo el territorio que domina; estría el espacio, para esto, dispone de carreteras, alumbrado público, semáforos, policías, centros de producción, centros de formación y centros de consumo. Es toda una estructura, una red maquínica, es decir, que “se sabe artificial” (Tiqqun, Introducción a la guerra civil), controlada por todos esos dispositivos, que se agrupan principalmente, en la publicidad y la policía. La publicidad entendida como la política tradicional, sus leyes, eventos, inauguraciones, etc., y por otro lado, entendida como lo público, donde también se abarca el espacio público, valga la redundancia. Y la policía entendida como reguladora de esa publicidad. De mantener que esa publicidad siga funcionando como tiene que funcionar.

La máquina de guerra es una exterioridad intermedia entre el afuera del estado y el estado mismo, que usa el espacio, como espacio liso, utilizando puntos para moverse, y no como un espacio ya trazado, ya dado, como lo sería bajo la visión del estado. Por eso la máquina de guerra no va hacia un lugar, no tiene un fin, se encuentra, realiza encuentros. Y es en ese recorrido que se encuentra con el estado, donde debe defenderse, atacar o replegarse, y donde puede ser absorbida también por el estado.

Por lo tanto, la máquina de guerra no hace la guerra, la encuentra, una máquina de guerra podría no hacer la guerra durante toda su existencia. Pero siempre se va a encontrar con el estado.

Finalmente, la máquina de guerra es otro uso del espacio, otro uso de la razón, otra educación sentimental, otra forma de vida, que el estado va a aniquilar, atenuar o integrar.

Unas máquinas de guerra que han aparecido durante la insurrección de octubre, son las brigadas de primeros auxilios, que, debemos recordar, los primeros días de la insurrección estaban integradas por estudiantes de medicina, enfermería o quienes tuvieran algún conocimiento básico sobre primeros auxilios, es decir, gente no calificada, según la jerga del espectáculo, para realizar tales labores. Al pasar los días empezaron a surgir campamentos de primeros auxilios, algo así como puntos donde llegar con las personas heridas. Grupos de personas que debieron desarrollar escudos para defenderse de los ataques de la policía, se encontraron con la guerra. Mucha gente que recibió ayuda  de este voluntariado, no acudió a los hospitales, ya que la policía podía rastrearles y cargarles algún delito. He aquí el surgimiento de una exterioridad al estado, que luego fue capturada por la participación de profesionales voluntarios del SAMU (Servicio de atención médica de urgencia). Produciéndose esta posición intermedia, entre la exterioridad y el estado, de esta máquina de guerra “sanitaria”. Funcionarios de la salud pública, atendiendo a las personas heridas que participan de la insurrección, por fuera de su horario remunerado. Sin embargo, también ayudando a la policía, atendiendo a efectivos de carabineros lesionados.

“Si bien se pueden rastrear los orígenes del SAMU Metropolitano hasta fines del 1800, cuando gente sin estudios en el área de la salud trasladaba en carretas de tracción animal a personas accidentadas hasta comisarías y luego a hospitales, nuestra historia comienza oficialmente el 20 de diciembre de 1995, cuando se inaugura el Servicio de Atención Médica de Urgencia (SAMU) Metropolitano en el patio de la entonces Posta Central, como una unidad que fusionaba al Servicio de Urgencias y Ambulancias (SUA) de dicho hospital con una unidad de rescate del área norte de la capital, perteneciente al Hospital de niños Roberto del Río. Dicha unión significó la creación del primer grupo especializado en el manejo de pacientes extrahospitalarios de la región conformado por profesionales con preparación en emergencias y desastres.”

(www.samu.cl)

Luego de la participación del SAMU en estos espacios, empezamos a presenciar en los medios de comunicación la reivindicación moral de la buena consciencia que representaba el actuar de estas personas. Dejando en manos de funcionarios del estado, lo que en un principio se constituyó como una cierta forma de exterioridad de este dispositivo de salud estatal.

“siempre que se produce una acción contra el Estado, indisciplina, sublevación, guerrilla o revolución como acto, diríase que una máquina de guerra resucita, que un nuevo potencial nomádico surge, con reconstitución de un espacio liso o de una manera de estar en el espacio como si fuera liso (Virilio recuerda la importancia del tema sedicioso o revolucionario “ocupar la calle”). En ese sentido, la respuesta del Estado es estriar el espacio, contra todo lo que amenaza con desbordarlo.” (Deleuze y Guattari, Mil Mesetas)

 

3) Siempre se trató de elaborar un cierto arte de las distancias.

“Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad,

cuando su violencia deviene preventiva

y su derecho es un “derecho de injerencia”,

entonces ya no sirve de nada tener razón. Tener razón contra él.

Hay que ser más fuerte, o más astuto.”

Tiqqun, ¿Cómo hacer?

A la imperturbabilidad desesperada del PYME de sí mismo, se le suma, como otro anestesiante más; la definición antropológica de su ser, es decir, la respuesta a la pregunta ¿qué es el ser humano? El Hombre es “esto”, y tiene un paquete de virtudes, deseos, aspiraciones que vienen por naturaleza. En otros tiempos, Aristóteles dijo que eran animales políticos, hace no tanto tiempo, Hobbes dijo que era una bestia egoísta hasta que fundó la civilización, y por otro lado Rousseau dijo que siempre fue un buen samaritano. A esta antropología positiva, que nos dice que el ser humano es tal o cual cosa, se lo opone una antropología negativa, que nos otorgaría “algunas abstracciones suficientemente vacías, suficientemente transparentes, como para impedirnos prejuzgar nada, una física que reserve a cada ser y a cada situación su disposición al milagro. Conceptos rompehielos para acceder, dar lugar, a la experiencia. Para hacerse sus receptáculos.” (Tiqqun, Introducción a la guerra civil).

Es desde esta noción de una antropología negativa acoplada a una mecánica de los afectos de Spinoza, que quien haya escrito esa cartografía llamada “Introducción a la guerra civil” nos entrega estos conceptos rompehielos como Guerra civil, Forma-de-vida, Hostilidad, Hostis, Amistad, Enemistad.

La guerra civil, es la co-existencia entre formas-de-vida, su libre juego, la forma-de-vida no es lo que una singularidad es, sino cómo es lo que es. Esto significa que ya no hay predicado de una singularidad, sino solo inclinaciones.

“Llamo comunismo al movimiento real que elabora en todo lugar y en todo instante la guerra civil.” (Tiqqun. Introducción a la guerra civil)

Si la forma de vida no está asociada a un predicado, sino a toda una multiplicidad de predicados, sólo puede ser asumida desde el pensamiento de esta. “En cada situación se presenta una línea distinta de todas las demás, una línea de incremento de potencia. El pensamiento es la aptitud para distinguir y seguir esta línea. El hecho de que una forma-de-vida sólo pueda ser asumida siguiendo su línea de incremento de potencia lleva consigo esta consecuencia: todo pensamiento es estratégico.” (Tiqqun. Introducción a la guerra civil).

Se participa de la amistad cuando mi potencia se incrementa, al afirmarse junto a otra singularidad que participa de mi forma de vida, en términos spinozianos, cuando puedo obrar, hacer o realizar algo.

Cuando debo incrementar mi potencia, y no puedo hacerlo, a menos que deba disminuir la potencia de otro, y viceversa, nos convertimos en enemigos.

Cuando nos enfrentamos a una forma-de-vida que es totalmente extraña a nosotros, experimentamos la esfera de la hostilidad, una sensación de extrañamiento frente a un cuerpo que no sabemos incrementará o disminuirá nuestra potencia. El hostis, no es lo que pensamos que es el enemigo singular, al hacer experiencia de esta hostilidad, es decir, dicho cuerpo que me es extraño, sino más bien la relación que tomamos con esa singularidad, con ese cuerpo, al encontrarnos con una forma-de-vida totalmente extraña.

De lo que se trata entonces, es de elaborar un cierto arte de las distancias, una mecánica de la co-existencia de las formas-de-vida, aniquilar al hostis, estar dispuestos a la afectividad de la amistad o la enemistad. Y por sobre todo, incrementar la potencia. Revitalizar la guerra civil.

“de un lado, la nueva humanidad radiante, cuidadosamente reformateada, transparente a todos los rayos del poder, idealmente desprovista de experiencia, ausente de sí incluso en el cáncer: son los ciudadanos, los ciudadanos del Imperio. Y luego hay nosotros. Nosotros no es ni un sujeto ni una entidad formada, ni tampoco una multitud. Nosotros es una masa de mundos, de mundos infraespectaculares, intersticiales, con existencia inconfesable, tejidos de solidaridades y de disensiones impenetrables al poder; y luego son también los extraviados, los pobres, los prisioneros, los ladrones, los criminales, los locos, los perversos, los corrompidos, los demasiado-vivos, los desbordantes, las corporeidades rebeldes. En resumen: todos aquellos que, siguiendo su línea de fuga, no se encuentran a gusto en la tibieza climatizada del paraíso imperial.”

(Tiqqun, Introducción a la guerra civil)

Por Bastián Muñoz Oñate

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