De por qué no hay que soltarse

En estos días y en estas noches, los territorios que habitamos dejan de reproducir las reglas del juego. El tiempo nos pertenece e intentamos abrazarlo con toda nuestra fuerza. Aparece un mundo que es otro, que es nuestro y que no cabe en esa normalidad que hoy nos parece mucho más amenazante. Comprendemos entonces que el “oasis” no era más que un espejismo en un desierto de injusticias y nosotrxs la arena que se levanta en forma de tormenta. El calor de las jornadas se refleja en nuestros cuerpos y aun así nos abrazamos, porque hemos vuelto a encontrarnos. Los relojes ya no avanzan, sólo el sol y la luna nos indican los momentos. Nos sentimos más fuertes, más ágiles, más despiertxs, más vivxs.

La rutina se convierte en un vago recuerdo frente a la oportunidad de recorrer las calles y (re)conocer ojos amables y palabras sinceras. «Así que de esto se trataba» dice un oficinista que decidió abandonar el cubículo más temprano para unirse a la marcha por la avenida. «Que pase lo que tenga que pasar» susurra una señora mientras observa cómo se enciende la barricada en la esquina (la misma que bloquea el paso de quienes pretenden provocar enfrentamientos y silenciar nuestras voces). «¡Esta no la vamos a olvidar!» gritan lxs estudiantes en las calles, luego de derribar el portón que lxs mantenía encerradxs en los distintos establecimientos. «Lo que buscamos no cabe en sus banderas» se lee en los muros de las sedes pertenecientes a los partidos políticos de todos los sectores.

Somos lxs nadie, lxs que no buscan un acuerdo sino recuperar todo aquello de lo que se nos ha privado. Somos los millones de personas que renunciaron a la servidumbre. Somos las palabras, los recuerdos, las acciones y las pausas. Somos la herida, la grieta, la sangre. Somos lxs que duermen en el piso de los hospitales o mueren esperando en los asientos. Somos lxs abuelxs y lxs niñxs de la calle, o lxs que tienen casa, pero nada con que habitarla. Somos la sed y el hambre. Somos la impotencia y la esperanza. Somos las raíces y el agua que las nutre. Somos el poema y las manos que lo escriben. Somos todo esto y a la vez el riesgo de volver a ser nada.

Por eso no hay que soltarse. Porque el cansancio es natural y la represión su mejor estrategia, pero no hay que soltarse. Hay que abrazar la diferencia, transformarla en estrategia, compartir las experiencias, rechazar toda conducta que pretenda dividirnos. No hay que soltarse. Solxs somos contenibles, juntxs no hay quien nos aguante.

Hoy la alegría de un nosotrxs opaca toda algarabía y no hay espacio para jerarquías. Experimentamos esa comunidad que tanto mencionamos, olvidamos los discursos y encarnamos nuestros sueños. Cuestionamos lo que fuimos y cambiamos por medio de lo que hacemos. Nos escuchamos, discutimos, no decaemos y continuamos. Por todo esto no hay que soltarse, porque es por nuestro encuentro y no por sus migajas.

 

Fotografía y texto por José Miguel Frías R.

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