Acosado por los tentáculos del insomnio, busco el sueño en un típico programa de televisión en el que un sujeto sentado en algo parecido a un escritorio o a la recepción de un hotel, despliega sus herramientas comunicacionales y emotivas para lograr que los invitados sientan que ese es el lugar indicado para escupir su verdad. Pero de pronto comienzo a notar que todo intento por dormir se va desvaneciendo por el exceso insoportable de aplausos del público.  

¿Por qué aplauden todo?

Aplauden el saludo inicial del conductor, el nombre del auspiciador, una frase ingeniosa que no alcanza a ser un chiste, un chiste que todavía no termina, un chiste que claramente no era un chiste. Aplauden incluso cuando alguien dice algo que no se entiende del todo, pero que intuyen que merecía un aplauso. Como si existiera un mandato tácito, una cláusula invisible: si hay cámaras, hay palmas.

Barthes escribió que el gesto es una “cita del cuerpo”, una forma en que el cuerpo habla antes que el lenguaje. El aplauso, entonces, sería una cita repetida hasta el cansancio, una muletilla corporal. No decimos me gustó, estoy de acuerdo o no supe qué hacer con este silencio: aplaudimos. Es un idioma primitivo y eficaz, como si las manos entendieran antes que la cabeza. Elias Canetti, obsesionado con las masas, escribió que el individuo, al fundirse con el grupo, pierde el miedo a tocar y ser tocado. El aplauso es eso: una pequeña masa instantánea. Muchas manos convertidas en una sola intención rítmica. 

El problema surge cuando el aplauso se adelanta. No hay nada más incómodo que un aplauso a destiempo. Es el equivalente sonoro a tropezar en una ceremonia solemne. Un mal intérprete que entra antes de la nota. El chiste aún respira, el remate viene en camino, y alguien —un entusiasta, un ansioso, un alma obediente— rompe el silencio con dos palmas solitarias que obligan al resto a sumarse por pura compasión. El conductor sonríe, el chiste muere, el aplauso se expande como una mancha de aceite.

Algo parecido ocurre en la música. En los conciertos de música clásica, territorio sagrado del silencio, siempre hay alguien que aplaude entre movimientos. Theodor W. Adorno veía en estos gestos una señal de la cultura convertida en consumo rápido: la incapacidad de esperar, de sostener la tensión. El aplauso interrumpe porque no tolera el vacío. El silencio, hoy, nos resulta sospechoso. Hay que llenarlo. Aunque sea con ruido de manos.

El pianista Glenn Gould detestaba el aplauso del público. Lo consideraba un automatismo inmoral. Luis Sagasti cuenta que, en un concierto en que interpretó El arte de la fuga, Gould pidió al auditorio que no aplaudiera y que las luces se fueran apagando lentamente hasta oscurecer la sala. Después, el pianista escribió un texto titulado “Plan Gould para la abolición del aplauso y demostraciones de todo tipo”. 

Pero ¿por qué aplaudimos, incluso cuando no hay nadie a quien aplaudir?

Como las personas que aplauden en el cine, por ejemplo. El aplauso cinematográfico es una de las formas más desconcertantes de comunicación humana. Aplaudirle a una pantalla es un gesto que bordea lo metafísico. Uno aplaude sabiendo que el director y los actores está probablemente en sus casas o donde sea, que nadie escucha, pero alguien aplaude. El aplauso se contagia como una tos nerviosa. En segundos, la sala entera aplaude con entusiasmo una película que, si somos sinceros, no provocaba euforia. Aplaudimos por respeto, por cansancio, por miedo a parecer insensibles. Aplaudimos porque levantarse e irse en silencio sería demasiado honesto.

Susan Sontag escribió que el cine es una forma de educación sentimental. Quizás el aplauso sea un examen mal rendido: la respuesta automática ante una emoción que no alcanzamos a procesar. En vez de pensar, aplaudimos. En vez de sentir, cerramos el gesto.

En el teatro la cosa es peor, porque el aplauso tiene destinatario, pero no siempre acierta el momento. Aplaudir antes del apagón final es casi un delito moral. Es decirle al actor: ya entendimos, puedes dejar de sufrir. El dramaturgo Harold Pinter defendía el silencio como parte esencial del drama; cada aplauso anticipado es una interrupción violenta, un sabotaje al ritmo de la obra. Pero, aun así, las manos se adelantan. No soportan la tensión. No saben esperar.

En algunas culturas, el aplauso no es la reacción principal. En Japón, por ejemplo, el silencio atento puede ser la forma más alta de respeto. En algunos rituales africanos, el reconocimiento se expresa con movimientos del cuerpo o sonidos guturales. En la Antigua Roma, el aplauso estaba jerarquizado: existían distintos tipos —bombus, imbrices, testae— según la intensidad y el prestigio del destinatario. Aplaudir mal, incluso entonces, era un error público.

En algunos encuentros sociales, educacionales, laborales y hasta familiares, ocurre lo mismo. El orador concluye —o parece concluir— alguna emotiva intervención. Habla del dolor, del esfuerzo o de la memoria. Se produce una pausa. Un segundo más de lo necesario. Y entonces alguien, incapaz de sostener ese silencio denso, aplaude. No porque lo dicho lo amerite, sino porque el cuerpo ya no aguanta la quietud. Las palmas vibran, el temblor sube por los brazos, invade el torso. Aplaudir es una descarga. Un espasmo socialmente aceptado (antes, en los aviones se aplaudía la destreza del piloto durante el aterrizaje: el alivio de sentirse en tierra firme).  

Beckett escribió en Final de partida: “Nada es más real que nada”. Quizás aplaudimos para no enfrentarnos a eso. Para no quedarnos a solas con la nada que deja una frase inconclusa, un silencio prolongado, una emoción que no sabemos dónde poner. Aplaudimos para cerrar, para clausurar, para pasar a otra cosa.

El antropólogo Marcel Mauss entendía los gestos como hechos sociales totales. El aplauso lo confirma: no es solo ruido, es convención, es presión, es miedo al ridículo. Aplaudimos para no quedar fuera, para no romper el pacto invisible.

Y aquella noche de insomnio, en ese programa de televisión las manos cumplen su destino. Aplauden lo bueno, lo regular y lo francamente olvidable. Aplauden porque alguien se los pide, porque todos lo hacen, porque no hacerlo sería una forma de rebeldía difícil de explicar. Tal vez el aplauso no sea un gesto de entusiasmo, sino de obediencia. O peor: de alivio.

Cuando las luces se apagan y el público se va, las manos descansan. Afuera, en la calle, nadie aplaude al chofer del bus ni al semáforo que funciona, como en el poema “El fin y el principio”, de Wislawa Szymborska, en el que describe cómo, después de la guerra, alguien debe limpiar los escombros, barrer, recomponer lo cotidiano, lo que merece un aplauso. 

Quizás, en el fondo, aplaudir sea un punto final hecho con las manos. El problema es que casi nunca sabemos exactamente dónde ponerlo. Y entonces aplaudimos de más, a destiempo, al vacío, a una pantalla, a un silencio que pedía otra cosa.

Las manos, al final, no tienen la culpa. Les enseñaron a reaccionar antes de pensar. Y, como buenos ciudadanos, obedecen. 

Por Felipe Reyes F.

Fotografía de Chim (David Seymour)