Tormenta y ternura

Hace algunos meses le propusimos a nuestro amigo Rodrigo Vergara que se hiciera cargo de comenzar a editar la sección de fotografía de la revista, lo que viene a continuación es el comienzo de una especie de panorama de la fotografía emergente en Chile que tiene como intención presentar la obra de fotógrafas/os junto a un texto introductorio de Rodrigo Vergara combinado con un texto de cada fotógrafa/o. En esta primera edición les presentamos Tormenta y ternura, sobre la obra de Jacinta Izquierdo.

Imaginemos esto: un niño corre por la casa, sin ánimos de detenerse, jugando a la pinta con sus hermanos. Como un remolino deja estragos en las paredes, raya los pisos con sus garras de animal danzante y, cual demonio de Tasmania, le es imposible parar cuando adviene el reto de los padres. Es una imagen latente de la infancia, el arrojo de vivacidad aparentemente inagotable que contrasta con la ternura de los párpados que solo quieren cerrarse junto al día. El hogar, como refugio, es testigo de esta tormenta que es la vida cotidiana y se convierte, en un sentido material y simbólico, en la zona de cobijo que hace frente al peligro que nos atraviesa constantemente, sacando a flote nuestros miedos más profundos precisamente porque estamos en un lugar seguro.

Entonces la obra muta. La maternidad temprana, la incipiente relación con la naturaleza, los planes mermados y el encuentro con la fotografía desempañan los temores de Jacinta Izquierdo, como si tras un llanto de frustración nos limpiáramos las lágrimas para mirar el entorno con un velo húmedo ante los ojos. Así la tormenta y la ternura toman una distancia peligrosamente cercana y todo lo que transita de un estado al otro se puede condensar en las imágenes. “Siempre ha imperado en mí el anhelo de lo nuevo, de lo desconocido, de exponerme a nuevas experiencias, nuevos territorios. Durante mucho tiempo tuve la convicción de que sólo ahí encontraría las imágenes que me aluden. Paradójicamente, una temprana maternidad me forjó un estilo de vida mucho más estable y convencional de lo deseado. Luchando contra mi naturaleza, durante mucho tiempo me resistí a tratar estos asuntos en la fotografía porque creía que se trataba de un lugar común carente de interés o novedad.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay pocas cosas más naturales que el instinto de buscar un lugar seguro ante las inclemencias del tiempo. Mantenerme a salvo y proteger a los míos es parte de la historia de la evolución, la misma que nos ha llevado a construir y perfeccionar nuestros refugios. Pero somos humanos y podemos transformar cualquier cosa en nuestra casa. Por eso la fotografía también es nuestro hogar, el techo que nos protege de la lluvia, el fuego que calienta nuestros cuerpos o incluso la ventana por la que podemos vaticinar la tormenta antes de que nos pase por encima.

Justamente las imágenes de Jacinta Izquierdo están empapadas de esta naturaleza humana, de instintos básicos revelados por una luz que baña a la niña mientras allá afuera pareciera que el cielo se cae pedazos. Cargamos con responsabilidades inesperadas, pero hay ciertos elementos que nos sirven como guía, podría ser una brújula o también una simple bolsa amarrada a un palo que nos avisa hacia dónde irá la próxima tormenta.

Después de la tormenta siempre viene la calma, dicen. Y en la calma aflora la ternura, la culpa, y el amor, que es a la vez el sentimiento más grande e importante que he experimentado jamás. Me aferro a esos momentos para mantenerme a flote.

Las poesía contribuye a la escritura fotográfica sumándose en una especie de montaje esencial las emociones por las que uno atraviesa mientras vive el día a día. Las referencias poéticas son un recurso que Jacinta ha decidido tomar para su serie, inclinándose a ambas prácticas en busca de las mismas respuestas: Escribir y fotografiar no son actos tan distintos después de todo. Trato de hacer series que no documenten una realidad literal, ni tampoco de contar historias ficticias, mi objetivo es más bien descubrir la poesía que habita en el desgarro de lo cotidiano.

Los músculos dejan de resistirse

cabeza lacia sobre mis brazos

canto una canción de cuna

todo vuelve a una calma.

Calma que colma mi gozo

de sentirte acoplada a mí

tus ojitos entornados

me recuerdan que hemos llorado.

Un álamo vigila la noche

como el faro al mar

ve enturbiarse mi alma

y esconderse de los reflejos.

 

Febrero, 2020

 

Fotografía, textos en cursiva y poema por Jacinta Izquierdo
Edición, selección y texto por Rodrigo Vergara

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