Mientras leía La medida y el azar, de Macarena García Moggia, un libro atravesado por la figura de la madre y del hijo, por el amor y por el temor que puede acompañar esa experiencia tan radical del nacimiento, se presentó un proyecto de ley impulsado por diputados de derecha que busca obligar a las mujeres que han decidido abortar por una de las tres causales permitidas en Chile –violación, riesgo vital, inviabilidad fetal– a escuchar los latidos del corazón del feto como requisito para la práctica médica del aborto. Más allá de lo cruel del proyecto, que busca retorcidamente fomentar la natalidad ahí donde una vida es inviable o fruto de un crimen, y más allá de la coincidencia misma, lo cierto es que la vida irrumpe sin que nadie la espere, digo la vida, esa trama oscura de sufrimiento y amor, de pérdida y extravío, de cobijo y descampado que no reside simplemente en existir.
Hubiera preferido que el azar irrumpiera de otra forma en mi lectura, porque la “medida” que propone ese proyecto de ley es distinta a la medida del libro de Macarena, hecha más bien de la intuición de que “en nombre del amor” es fácil volverse un poco crueles, extraviarse, ilusionarse hasta el delirio, olvidarse de sí mismo. En su nombre, desaparecen las orillas por las que hubiéramos deseado pasear, pero que tal vez nunca existieron. Habitamos el fantasmático continente de nuestros deseos, rodeados de montañas, ríos y mares cambiantes y accidentados.
En La medida y el azar, el amor, tanto el de pareja como el de la madre y la maternidad, tiene constantemente esta doble cara: cobijo y violencia, herida y caricia, daño y remedio. Pero habría que distinguir entre el amor y el nombre del amor, una diferencia que, como una tapadura, puede interponerse entre la vida y el dar(se) vida, como si algo quedara recubierto por el peso de ese nombre y dejara de ser escuchado o sentido. No los latidos de un feto, sino una opacidad sin nombre todavía. ¿Late el corazón cuando hay orillas que desaparecen, cuando el nombre del amor retrocede como una embarcación que se pierde en el horizonte?
El vértigo es de pronto sentir la inminencia de caer. Desaparece de súbito el resguardo y nos enfrentamos, con el viento en el rostro, al miedo de perdernos. Este abismo en el que el libro se sumerge pertenece también, creo, a la experiencia de leer poesía. Un poema es pequeño y frágil como un ave parada sobre una rama sin hojas en el invierno. La mirada a veces no se detiene lo suficiente como para presenciar el instante en que, a pesar del frío y de la lluvia, el ave emprende vuelo.
Algo estremecedor en La medida y el azar es que la palabra misma nos hace experimentar ese instante en que falta el resguardo, sentimos de pronto esa remoción de la tierra que nos protege del acantilado y, al mismo tiempo, intuimos un vuelo posible, ese anhelo constantemente amenazado. Pienso, por ejemplo, en un poema donde el cuerpo de la madre, transformado por el nacimiento del hijo, un cuerpo misterioso del que ahora brota leche, deja aparecer una imagen profunda sobre el lugar que ocupa la palabra:
en esta leche cálida, calostra
que al entrar por tu boca
lo sé
por mi lengua se abre un mundo
todavía mudo, desnudo para ti
¿lo vestirás?
¿lo nombrarás?
verás tus ojos allí donde ahora
verás a otros allí donde entonces
Al comienzo creemos asistir desde afuera al arrullo de una madre con su hijo recién nacido. Poco a poco, sin embargo, el poema deja de ser una escena observada para incluirnos en ella. Ese hijo, aunque ya nació a la existencia, todavía está por nacer a la vida. También somos y seremos ese hijo. No basta haber nacido para que el mundo nazca en uno: para ello es necesario un lento proceso de vestirlo con palabras. Solo entonces, dice la madre: “verás tus ojos allí donde ahora / verás a otros allí donde entonces”. Pero la fisura está ahí ante nuestros ojos. ¿Dónde ahora qué? ¿Dónde entonces qué? El poema no responde, sino que preserva ese vacío, ese vértigo que nos empuja hacia esa región remota de la existencia en la que todavía no nos vemos en lo que vemos, en la que todavía no vemos a los otros, pero que es la posibilidad misma de cualquier mirada, de cualquier nacimiento. El poema oscurece ese origen haciéndonos ver y sentir su mudez, y deja así una puerta entreabierta para vislumbrarlo aunque sea como un relámpago.
Tal vez por eso la maternidad en el libro es más que la experiencia de tener un hijo. El poema imagina ese estado ambiguo y desbordado de ser fuente: fuente de sangre, de leche, de hijos y también de palabras. Como si dar vida y dar palabra estuvieran entrelazados alrededor de un mismo misterio. En “Cieloceleste”, el poema más extenso del libro y que reescribe a su manera la película Stromboli, de Rossellini, hay una escena particularmente perturbadora. La mujer, una refugiada que se casa con un soldado italiano oriundo de esa pequeña isla volcánica, acompaña a su esposo a la pesca. Recientemente, él la había golpeado: ella se había bañado en el mar junto a otro hombre. Decide ahora acompañar a su esposo a la pesca, al pie del volcán. De las redes emergen los peces que son atravesados por las lanzas de los pescadores. Es una escena mítica: los hombres que proveen el alimento sagrado. Ella apenas tolera la escena. El alimento aparece inseparable de la violencia. La posibilidad de asegurar la sobrevivencia, de tener suficiente para comer, o incluso la promesa de una abundancia, legitima también su lugar de sumisión en el pueblo. Su lugar es una necesidad.
Pero ni el poema ni la película se quedan en esa denuncia. Poco después, el volcán entra en erupción. El pueblo se refugia en el mar. Ella decide que quiere tomar un bote ella misma, pero debe atravesar el volcán que expulsa lavas, rocas, ceniza. En la cima, de noche, sabe que va a morir, pero amanece. Llora, exhausta, pero ha sobrevivido: “sus ojos exclaman / es hermoso: ruega”. Lejos de una liberación idealizada, nada queda resuelto. Haber rozado la muerte no la instala en otra vida: apenas abre un espacio desde el cual esa vida –atesorada ahora tras esa doble experiencia de su fragilidad– puede empezar a verse de otro modo.
Por eso La medida y el azar termina siendo también un libro sobre la mirada. No es casual que la primera sección se llame “cristales sobrepuestos”. Cada cristal desplaza levemente el mundo, lo refracta, lo colorea, y al superponerlos nos induce a descubrir que nunca vemos desde un mismo lugar, ni vemos lo mismo. La gravidez es uno de esos cristales. También lo son el hijo, la madre, el lenguaje, el amor. ¿Qué vínculos hay entre la mirada y el nacimiento de las cosas? ¿Qué hay entre la mirada y las cosas? Varios poemas del libro llevan por título “Visión”, al que se le agrega un color: Visión en rojo, en gris, en ocre. ¿Será que tal vez el color es la medida más difusa de la que disponemos? ¿Una medida que distingue sin fijar del todo aquello que distingue? También en los poemas sucede algo semejante: las posiciones se desplazan y la mirada no se estabiliza nunca.
Hay un pasaje, en un poema que parece dialogar con “El gran vidrio” de Duchamp, que concentra admirablemente esa experiencia:
Trizaduras / la frontera que separa un cristal de otro jamás podría atravesarse. Lo que puede atravesarse es el cristal, la mirada que a través de una ventana ve otra ventana y se ve a sí misma como en una ventana partida en dos. Una mirada partida en dos. Y el cuerpo (34).
Estas trizaduras van más allá de la escena del poema, para describir parte de la experiencia de lectura. Nunca terminamos de saber desde dónde estamos mirando ni quién habla exactamente. Madre e hijo, quien habla y quien escucha, quien recuerda y quien está por nacer comienzan lentamente a intercambiar sus posiciones.
Por eso sería insuficiente decir que estos poemas narran la experiencia de una mujer embarazada. El hijo no aparece únicamente como alguien que “entra / no pide permiso / ni saluda”. Su llegada desgarra al mundo que existía antes que él y nos recuerda que cada nacimiento inaugura un mundo nuevo y, que al hacerlo, vuelve extraño el mundo que creíamos habitar:
dibujando el centro de un mundo
nuevo allí, digo, en los bordes
de ese mundo que se desvanece
una palabra clara se clava
entre los ojos la voz
para decir duérmete
buenas noches
mañana
Esta impaciencia para que venga el sueño me recordó a una conferencia de García Lorca que leía el otro día, sobre las canciones de cuna en España –otro azar–, donde encontré una observación que permite atender una de las dimensiones del libro. Lorca afirma que existen canciones en las que, en lugar de la alegría, aparece una profunda pesadumbre, canciones donde la madre canta un “resentimiento contra el niño que ha llegado cuando, aun queriendo la madre, no ha debido llegar de ninguna manera”, como en esta canción asturiana:
Este neñín que teño nel collo
e d’un amor que se tsama Vitorio
Dios que mo deu, tseveme llougo
por non andar con Vitorio nel collo.
En La medida y el azar, Macarena García no cede a ninguna prescripción sobre la maternidad, ni a su idealización ni a la declaración constante de su lado oscuro. Amorosamente, me parece, va retirándose de la escena individual para abrir otra más amplia, desconocida e insondable, a la que podemos asomarnos «como niños en la pureza», según dice Hölderlin en el mismo poema cuyos versos sobre la inexistencia de medida en la tierra sirven de epígrafe al libro. Nos asomamos así al verdadero misterio de la maternidad, del nacimiento y de la lengua materna.
De pronto leemos esta especie de instrucción-invocación: “Háblales, ayúdanos a volver atrás”. ¿Quién habla? ¿La madre? ¿El hijo? ¿Nosotros? Como “boyas a la deriva en el ancho mar”, el libro deja que las voces-miradas floten unas dentro de otras hasta que ya no resulta posible separarlas del todo. Esa es su delicadeza: no resuelven esa incertidumbre. Son “canciones de duda”, se podría decir, como si la poesía consistiera precisamente en sostener ese mundo demasiado endeble, cuyas fronteras no terminan nunca de fijarse.
La palabra ocupa en estos poemas una posición extremadamente frágil. Es, al mismo tiempo, el recuerdo de un mundo que desaparece y el anuncio fantasmático de otro que todavía no llega. No pertenece del todo a ninguno de los dos. Como los hijos, parece vivir suspendida entre lo que abandona y lo que apenas comienza, como si la maternidad fuera eso, un pliegue. Nada contra la corriente, intentando ir hacia atrás, hacia la oscuridad: “Vamos, muéstrame en tus párpados / lo que hay de oscuro aquí afuera”.
Si los hijos son “la medida del azar” (una expresión irónica que recoge sin duda innumerables escenas en que la improvisación es la regla), el poema es el lugar donde la medida y el azar se encuentran. Es la diferencia entre el título del libro y la metáfora de los hijos. La diferencia es sutil pero importante. En el poema, medida y azar se tantean, prueban posiciones y circunstancias, vínculos, empujándonos siempre más allá de una identificación temprana –incluso cuando todos parecen gritar lo mismo, incluso cuando hay voces que gritan lo que hay que hacer con altoparlantes– porque a eso se aferra con fuerza la palabra: no a narrar los efectos de la relación entre una madre y un hijo sino a sondear ese pliegue entre lo no nacido y lo por nacer.
Nada termina de asentarse del todo, como si permaneciera un instante en el aire, decidiendo, como las nubes, la forma que tomarán.
todo cuanto una palabra imaginamos
tememos añoramos cuando
todavía hay cosas sólidas
como una mano dada
un cascabel de piedra una nuez
si acaso un día del pasado o del futuro
abriéndose
como las puertas de un camión de leche
una caricia, un leve mechón de pelo cayendo
sobre tu cara dormida
Esta dicción mutilada deja ver otra vez una potencia –“todo cuando una palabra” qué, nos preguntamos– escondida en lo que no vemos ni escuchamos. Es la imagen de esas puertas del camión de leche abriéndose como un derramamiento que nos devuelve a esa infancia que puede seguir siendo la vida. Dar a ver esa ausencia –pero sin marcarla como falta–, me parece conmovedor. Es una experiencia que brota de un amor en el límite de la propia fragilidad. Como libro dedicado por una madre a sus hijos, hace un gesto delicado y enorme a la vez: hacer del nacimiento y de la proveniencia no algo situado en alguien, sino en un gesto inaugural en el que podemos seguir encontrándonos.
Por Christian Anwandter
Fotografía de August Sander
Sobre

La medida y el azar
Macarena García Moggia
Provincianos Editores
2026




