Presentar “Si esto fuera una película” exige una pequeña renuncia previa: la renuncia a hablar de esta obra como se habla de un libro obediente. Porque este no lo es. No viene a quedarse quieto sobre la mesa, aunque nazca precisamente ahí, en el entintado y los rodillos serigráficos; en ese espacio doméstico y material donde la palabra del poema se junta con las tijeras, los borrones y los tachados, como si la imaginación no fuera una facultad sublime sino un oficio manual, una faena de mesa larga, de manchas largas, de paciencia y de cisuras. El libro se presenta como “Cuaderno de Poemas Gráficos” y esa definición no es una atalaya, es una provocación, porque el poema no ilustra nada, sino que toca, fricciona, hiere y arrastra. 

Es que hay libros que quieren ser leídos. Este, además, quiere ser mirado, y no de cualquier manera. Quiere ser mirado como se mira una escena después de que sucedió, aunque no sepamos todavía qué. De ahí pareciera provenir el título, que es un acertijo, porque opera como una promesa siendo una trampa: “Si esto fuera una película” no afirma, especula con el que visiona y con el que lee. No entrega un mundo terminado, abre un régimen de percepción. Nos dice, en el fondo, que todo esto (caras, recortes, manchas, mapas, cuerpos, espectros, papeles arrancados a mano, en fin, el gran tejido, textura y textualidad de su ready made) pide montaje, no conclusión. Pide secuencia. Pide tiempo y, sobre todo, pide sospecha, porque lo que se muestra siempre son pruebas parciales, evidencias rotas, memorias que no terminan de aceptar su condición de fragmento.

El libro nos susurra que nace de una escena primordial (una niña haciendo por primera vez la pinza con los dedos, trazando letras y dibujos mientras, en otro rincón, el autor dispone papeles y libretas) para decirnos que después todo serán restos que pedirán otra forma, a contrapelo de la higiene, de la superficie tersa, y que terminarán anudados a una poética del residuo como verdad de la experiencia. Y acaso por eso uno siente, al avanzar por sus páginas, que el verdadero protagonista del libro-filme no es una idea ni una figura, ni siquiera un tema, sino una operación: la de sacar algo a la luz sin limpiarlo demasiado. Un libro así entiende que el exceso de asepsia también es una forma de censura. Por ello, la imagen-poema o, mejor, el fotograma, no se acicala ni se pule, se frota.

Al seguir explorándolo -porque aquí uno es un espeleólogo- nos damos cuenta de que el pensamiento también tiene dedos y la irrupción e iteración de subtitulados en algunas escenas resultan decisivas precisamente para que no lo olvidemos: “¿Cuál es tu nombre? / ¿Quién habla por ti? / ¿De dónde viene esa voz?”. Son preguntas que cavilan antes de escribirse. En realidad, son preguntas terribles, porque cada vez que alguien pregunta quién habla por ti, lo que está preguntando es quién te presta lenguaje, quién te lo quita, quién te lo administra. De ahí que este libro no sea, en ningún caso, un mero cruce entre poesía y artes visuales, esa fórmula tan cómoda que a veces sirve para no decir nada. No. Aquí hay algo más incómodo. Hay una disputa por la aparición. Veámoslo en otra de las preguntas clave que parpadean en el libro: “¿Qué es lo que descubre el dibujo? / ¿Qué comienza a aparecer en uno?”. Es que palabra e imagen se fabrican al mismo tiempo; es que el dibujo descubre algo, sí, pero mientras descubre el mundo también descubre una zona del que mira, del que traza, del que recuerda, del que pega, del que tensa la malla, del que emulsiona y del que hiere la madera con la gubia. Una densidad escasa en tiempos en que la imagen circula sin haber nacido de ninguna fricción. Porque aquí todo raspa, todo deja astilla. El libro sabe (y esa es una de sus virtudes mayores) que no hay trabajo estético sin la violencia del procedimiento y Jorge devuelve a la imagen su tiempo de fabricación, su respiración trabajosa, como recordándonos que la imagen no aparece por iluminación; aparece por herida. 

Sería un error leer este libro-filme sólo como una celebración del mestizaje poético-visual. También hay aquí una sensibilidad histórica, incluso cuando no se organiza en forma de relato. Por sus páginas cruzan rostros, multitudes, retratos, huellas de archivo, escenas donde la memoria privada y la memoria social se contaminan mutuamente. Y de pronto irrumpen, como golpes secos, núcleos verbales: “Odio y violencia”, “Prohibido decir”, “Fuerzas especiales” y el milagroso escrito “Sal descalza al jardín”. Esos no son accidentes visuales; son, en tantos poemas, zonas de condensación. Son, si se quiere, las palabras que devuelven el libro a un afuera conflictivo, a un país y a una historia donde el lenguaje ha sido regulado, el cuerpo hostigado y la imagen usada tanto para testimoniar como para encubrir. Y en esa mezcla de intimidad y catástrofe, de infancia y archivo, el libro encuentra una de sus formas más singulares de emoción. Digo emoción y no emotividad, porque son cosas distintas. La emotividad suele pedirle al lector que sienta algo prefabricado; la emoción verdadera, en cambio, aparece cuando una forma logra poner en relación elementos que no sabíamos que podían tocarse. Aquí se tocan, por ejemplo, la carta y la mancha, el poema y la trama, la niña y el espectro, la página y el patio, la casa y la intemperie y uno entiende, entonces, que el libro entero trabaja sobre una botánica de los restos personales y colectivos.

Ahora bien, quisiera apuntar algo más. A mí me gusta mucho que este libro contenga en su subtítulo la palabra “cuaderno”. Porque el cuaderno es una forma modestísima y, sin embargo, feroz. No tiene la solemnidad marmórea del gran volumen ni la pulcritud empresarial del objeto de diseño que hoy tantos confunden con obra. El cuaderno admite la prueba, la vacilación, el hallazgo lateral, el error que no se borra del todo. Justamente por eso puede volverse una forma de pensamiento de las más honestas. Y aquí, en esta obra de Jorge, el cuaderno no es un género menor, es una afirmación de soberanía. Permite que convivan la serie y el fragmento, la insistencia y la deriva, el poema breve y la imagen obstinada, el gesto infantil y la violencia histórica. Permite, de hecho, que ni el libro ni el filme cierren donde los libros y los filmes suelen cerrar. Uno termina de pasar las páginas y lo que queda no es una conclusión sino una reverberación, como si las imágenes siguieran imprimiéndose por debajo de los párpados. Y eso, por cierto, transforma el “si esto fuera” condicional del título en la verdadera película. Pero no la película proyectada, sino la película residual que el ojo se lleva a casa.

Valdivia, abril de 2026.

Por Yanko González

Todas las imágenes presentes pertenecen al libro.

Si esto fuera una película
Jorge Polanco
Kultrún
2026