La vida salvaje

I

No voy a hablar de las flores. Pero en Brasil las orquídeas crecen salvajes. Mientras me pierdo por las calles de Río de Janeiro, alucinada por el tamaño y la arquitectura de unos árboles que desafían la arrogancia edilicia, la contundencia del plan humano que escenifican los centros urbanos, me sorprenden las orquídeas colgando entre la maraña de cables, solas y orgullosas. Las vi en otras ciudades, pero nunca me sorprendieron como en Río. Cualquier persona entregada al delirio de los viveros, sabe que las orquídeas son, además de costosas, delicadísimas, la asunción de un destino maternal funesto. En nuestras latitudes, el cuidado de una orquídea requiere de no se sabe qué milagros. En mi imaginación, el calor y la soledad propician lo salvaje.  

II

En una conversación radial de 2007, Enrique Symns se refiere a sus amigos de los ‘70 y los ‘80 como “las mejores almas” de aquella época. Enrique Symns, “oráculo de alcantarilla” como le ponen ahí junto con no sé cuántos otros epítetos, dice “alma”, “espíritu”, “misterio”, “mística”, “reencantar el mundo”. Mientras lo escucho veo un montón de ángeles caídos, la vida como riesgo. Alguien me enumera los desatinos de Symns, sus canalladas; “pero tenía gracia”, digo, qué me importa si era un mentiroso o un ladrón. Mi apreciación es caprichosa, y es a través del capricho que miramos el mundo. La gracia es un don divino y el estado de gracia una forma de suspensión. No se trata de una cuestión de alturas, sino de percepción del mundo. El estado de gracia es también una forma del arrebato. Clarice Lispector escribe sobre el estado de gracia, también sobre dios, el espíritu, los enigmas de la muerte.

Clarice Lispector es una de las escritoras más libres que conozco. Se decía de una timidez osada, y hacía de su acercamiento humilde una verdad. Parecía tomarse demasiado en serio la tarea de alcanzar a través de la escritura una lengua transparente, borrar el hiato ya no entre las palabras y las cosas, sino aún más allá, entre las palabras y la sensación de las cosas: para Clarice Lispector existía un pensamiento sin palabras. Hacer una lengua del fluir de la experiencia, no pensar sino sentir. Hacía de cualquier asunto su tema, sin temor a la confesión, o temiéndole pero no queriendo hacer otra cosa. Disuelta en la deriva, se libraba de modos preestablecidos del decir, para representar de nuevo, para hacer lo nuevo, una lengua viva, una entidad verbal. Imagino que esta condición era el resultado de una disposición vital: la de despojarse de máscara, la de no despegarse un milímetro de sí misma como modo de desaparición, de apertura hacia el mundo, eso de que cuanto unx más se confiesa más cerca está de hacer la confesión de Dios. Esto que implicaría un esfuerzo inaudito, sino una actitud imposible, se me aparece en su escritura como modo espontáneo, natural, de expresión del ser. Como si fuera necesario creer en unx mismx, en la propia pequeñez, arbitrariedad, estupidez, para vivir una vida salvaje, real.

En una de las pocas entrevistas dadas por Lispector para la televisión brasileña, algunos meses antes de su muerte, en 1977, dice que ese día está triste porque está cansada. ¿Qué necesidad tiene de confesar su tristeza? ¿Por qué dice que lo que tienen que hacer los escritores es guardar silencio? ¿Por qué se niega a considerarse escritora? ¿Por qué dice que está muerta, que en ese momento está hablando desde su tumba? Siendo una persona pública, Clarice Lispector se niega a sostener una máscara para el mundo, a hacer de sí misma un maniquí. Rechazar las etiquetas, rechazar incluso que haya un nombre para las cosas, poner por delante la sensibilidad, la vida como experimentación, tal vez sea la mejor manera de no ofrecerse como mercancía. No hay que ser nada, sólo estar siendo.

Cuando Clarice Lispector escribe o habla sobre Dios, no lo hace desde el lugar del dogma, menos aún desde el lugar de quien cree, de quien resolvió un acertijo, sino de quien se permite explorar una idea que se le ofrece porque existe en el mundo que habita. Entonces juega con seriedad a rezar, pide no tener pensamientos que la empequeñezcan, que la pongan por debajo o por detrás de su fuerza, que habita todo lo que está vivo y por eso quiere vivir. La necesidad como fuerza, el compromiso con lo que arrastra, amplifica, destruye, sea el éxtasis, el amor, la locura o entidades divinas. También ahí se expresa su libertad, en mostrarse sin tapujos vulnerable, angustiada a veces, eufórica e incompleta. Como en el epígrafe de Joyce que da título a su primera novela: “estaba solo, abandonado, feliz, cerca del corazón salvaje de la vida”. Esa desproporción, esa discontinuidad entre los estados de una persona, son los intersticios de silencio que componen una vida.

¿Cuándo dejamos de hablar del espíritu, del alma, de dios? ¿Cuándo apartamos de las cosas de todos los días la dimensión trascendente? ¿Será una impostura, una deshonestidad? 

Enrique Symns estaba en comunión con su propia creación. Esa singularidad hace que palabras como “alma” o “espíritu”, salidas de su boca lejos de sonarnos a pacatería cristiana, nos suenen distinto. Se trata de una dirección como condición, algo que supone una voluntad consciente pero que adivino resultado de una rendición, algo parecido a la idea de destino. Nos rendimos ante aquello que nos arrastra una y otra vez a los mismos fantásticos tropezones, accidentes que nos descuajeringan, nos rompen los huesos y también nos salvan. Esto sería conocerse. Tal vez haga falta elegir de qué morir para vivir en paz con quienes somos. No podemos estar salvándonos siempre.

Al final de la entrevista que mencionaba al comienzo, Symns dice algo hermoso: que en la cárcel hay dos tipos de prisioneros, el que está pensando siempre en fugarse y el que se adapta, y que para fugarse hay que hacer un motín, pero que el motín siempre se hace en conjunto, en grupo, y que él se siente solo.

¿Qué es una familia? Un grupo imaginario. Pese a mi amor por los libros, quisiera creer menos en las palabras que en los cuerpos, en la carne, menos en las ideas que en la materia. Para fugarse y fundar una república loca es necesario que lxs amigxs sean una mano que tocar, un olor compartido.

III

Encuentro en la “negatividad” de escritorxs catalogadxs de hurañxs, renegadxs (que cada quien haga su lista), más afirmación, más vitalidad, más ímpetu que en cualquiera de las posiciones alegres, desentendidas que pululan repartiendo frases motivacionales, eslogan intelectuales, o dormidos lugares comunes. ¿Es que nadie está enojadx con el presente? Y ojo, podemos dedicarnos a florear nuestros enojos para beneplácito del mundo, podemos hacer de la queja otra forma de adaptación. Nos peleamos con el presente no por la exigencia de unos ideales inalcanzables, o por cortedad de miras, sino porque exigimos del presente una irradiación que más que contenernos nos proyecte hacia el futuro. ¿Dónde está nuestra voluntad de ruptura?

Lxs buscadorxs de intensidades exigen de la vida maravilla, y en eso son personalísimxs. Me refiero a la fidelidad con lo que sentimos, a nuestro derecho a vivir como queremos, a salir de la vidriera que hace de toda intención un producto de consumo, una fuerza artificial. Sabemos que la vida (“existir”, diría Syms) puede ser algo mejor que el atolladero de automatismos programados no se sabe por quién. A veces siento que lo que le falta a nuestro tiempo es alma, espontaneidad y locura, algo genuino que no sea el mismo signo repetido hasta el infinito, un poco de dios, desear el riesgo en vez de la seguridad, porque es ahí donde crece lo mejor de nosotrxs como humanidad. ¿Pertenecer a dónde, para qué? Si el loco sufre por causa de ese mundo que es una sociedad, de su código cerrado, pobre del cuerdo que vive para sostener la máscara, su pose de parado. Quien no asume riesgos, se degrada.   

IV

Los diarios son la contraseña de los solitarios, dice Alberto Giordiano citando a Andrés Trapielo. También dice que escribir un diario es una forma de resistir al poder, a los estereotipos que el poder establece. Frente a las etiquetas que clausuran la vida, el diario reconstruye pacientemente un flujo, la fuga del tiempo mientras estamos siendo. El diario íntimo se escribe en contra del quién soy y a favor de la práctica que es solamente existir. Como ejercicio invita al aislamiento, a la inutilidad total: ese otro ante quien nos confesamos es puro imaginario, la reflexividad de la propia lengua, toda finalidad se pierde en la corriente de la escritura. Escribir un diario implica siempre reasumir una intimidad.

Los diarios íntimos caen en un pozo negro y sin fondo. No se sabe a dónde van, qué ruido hacen al caer, si se van a encontrar con otros textos, si se los va a comer una rata o si alguien los va atajar en el aire de la caída para guardarlos como un tesoro. No se sabe y tampoco importa. Como escritura no pretenden producir un eco, exiliados más allá del espacio, no persiguen transformar la vida de nadie, ni mover nada, como si se escribiera en el sueño. Quien escribe un diario asume estos principios, aunque más no sea como formalidad, porque son la condición de su libertad.

Hace un tiempo sentí curiosidad por el motivo que nos lleva a leer diarios publicados. ¿Por qué de pronto se convirtió en un género de cierta popularidad? ¿Qué placer encontramos lxs lectorxs en seguir los movimientos cotidianos de una vida, sus pensamientos, las emociones de quien decide dejar registro de sus días?

Tengo la impresión de que leemos diarios íntimos porque ahí se juega la ficción de la desnudez: los diarios son ajenos al dress code, proponen hacer lo que se les canta. A esa ficción nos entregamos en clavado mortal. También nos invitan a la ilusión de un acercamiento: a la vez que reconstruyen un campo de intimidad ajeno, nos devuelven a la nuestra propia. Un diario íntimo hace del cotidiano una aventura, nos acompaña en la enumeración de los días, para sentir la existencia del tiempo, el tránsito y la permanencia del instante. También produce la ficción de la honestidad: nadie nos quiere vender nada, ni convencer de nada. No se trata de espiar, aunque también pueda ser un atractivo. O en todo caso, nos invita a espiar más allá de lo espíable. No es la publicación de una propiedad para la construcción de una figura pública (no se proclama una “identidad”), sino aquello en lo cual lo público sería un efecto residual. Imagino que en tiempos de redes sociales, los diarios nos devuelven a la idea de que lo que existe no puede ser encapsulado en una foto ni en una frase ingeniosa. No hay astucia, no debe haberla en los diarios. Un diario es también una pérdida de tiempo, leer un diario es asumir esa pérdida como placer. No hay vida salvaje sin intimidad. Leemos diarios íntimos para respirar.

V

En la ciudad de La Plata existe hace casi dos décadas una cueva de Altamira para trasnochadxs de toda índole. Se llama “Pura vida”, y el nombre le cabe como un zoquete divino. Es la pura vida del todo vale mientras tenga nervio, sangre y calor. En pura vida se cruzan borrachxs, locxs, entusiastas, punks, rockerxs, metalerxs, raperxs, tanguerxs, cumbierxs y toda la música que cabe en la curva vertiginosa de las edades despiertas. En pura vida hay pogos tímidos y desaforados, bailongos amables y transpirados. Las caras se mezclan como cartas entre el humo que exhalan bocas anónimas. La pura vida es una misa nocturna para sorprendidxs, la hostia del presente. Adentro nos aturdimos y en la vereda charlamos desordenadxs. Es un local chiquito, desprolijo y cómodo. El único lujo es la onda del lugar, la energía que nos amontona frente al escenario Federico Moura. En la vereda de enfrente hay una plazoleta que es su extensión al aire: zapadas improvisadas con vino de cartón y perros callejeros durante toda la noche. La plazoleta se llama “La noche de los lápices”, en homenaje a una rebeldía histórica. La pura vida no tiene propuesta, ni plan, ni manifiesto, se hace sola y sin careta, sin máscara. En pura vida aparece Dios todas las noches, porque es esa su casa, lejos de los ministerios, las universidades y las modas. De tanto quererla le decimos “Pura”, “la neta”, como dicen en México. Cuando me amargo voy a ver qué hay en Pura, y vuelvo siempre con la esperanza humilde pero revoltosa en un vaso de plástico: que en la música todavía existe lo salvaje, ese ímpetu que regalaba Charly García (y antes Billy Bond) cuando gritaba en medio de un recital “rompan todo”.

Por Tamara Rutinelli

Fotografía de Ugo Mulas