“Dejar de ser hombre me hizo tan feliz como convertirme en mujer”
Lucy Sante
Escuchó por primera vez a los Sex Pistols gracias a Lux Interior (vocalista de The Cramps), que estaba como seguridad en la librería de usados Strand, donde Luc trabajaba. Entre esos mismos libros habían pasado Richard Hell (líder de The Voidoids) y Tom Verlaine (de Television). Durante ese verano de 1977, el coro de “No Future” se repetía en loop, como una sentencia. Le recordaba que no había conseguido obtener la “calificación de ser humano” y, sin entender del todo por qué, ese pensamiento lo llevó a romper de una piña la puerta de vidrio de su habitación, cortándose la muñeca. Los co-inquilinos y amigos de Luc en Nueva York, George (Winslow, actor) y Jim (Jarmusch, el cineasta independiente), lo llevaron de urgencia a la guardia. Durante todo el camino, e incluso ya estando en la enfermería, lo único que le importaba era que le creyeran: no había querido cortarse las venas, no se quería suicidar, era rabia. El loquero era peor que la muerte.
Dentro de la cabeza de Lucy, durante las primeras semanas de la transición, otra canción inició a repetirse en loop, pero esta vez era una suya, escrita en 1978, cuyo texto fue grabado por Del-Byzanteens (una banda formada por Jim Jarmusch, Philippe Bordaz y Jamie Nares), que se tituló Easy Touch (aunque en la versión registrada se llamó Girls Imagination y fue posteriormente utilizada en Der Stand der Dinge, un film de Wim Wenders de 1982). La canción habla sobre cómo las chicas activan la imaginación, pero, también, sobre cómo se puede transicionar. Ya en aquella época, dice Lucy: “mi subconsciente estaba en sintonía con mi ser y mis deseos de un modo que mi conciencia no podía permitirse”. El título del álbum también salía de otro de sus textos: “Lies to live by: if I only have one life, let me live it as a lie” (que sería algo como: “mentiras para vivir: si solo tengo una vida, déjenme vivirla como una mentira”).
Termino el último libro de Lucy Sante (72), I Heard Her Call My Name. Lo leo en italiano, en una traducción de Anna Mioni. El título de esta edición es Io sono lei. Storia della mia transizione (2025). Lucy narra a través de su propia experiencia aquello que la ciencia dio en llamar “disforia de género” (con las comillas no quiero decir que la disforia no exista. Todo lo contrario. El problema aparece cuando es patologizada). Este libro, entonces, no es el relato biográfico de una transición de género. Es, sobre todo, el testimonio de una persona que convivió con la disforia de género durante toda su vida y que a los 66 años, en plena pandemia del COVID-19, decidió llamarse Lucy y ser reconocida socialmente como la escritora que siempre fue. Y, en ese sentido, la versión italiana del título (aunque adecuada para lectores italianos) nos queda corta.
En las páginas encontramos a Luc habitando la disforia pero, sobre todo, acompañando el proceso de escucha hacia esa voz que la llamaba por su verdadero nombre: Lucy. También, la dificultad de conciliar la identidad de género con la atracción hacia las mujeres y con su transfobia internalizada: “sentía atracción por ellas, a nivel platónico y a nivel sexual, y para la sociedad en la que vivimos eso me hacía un hombre. (…) Puedo establecer cuánto de la disforia de género ocupaba mis pensamientos a partir de la cantidad de fantasías que archivé en lo profundo del hipocampo”.
Su primer nacimiento ocurre en Bélgica después de que a su madre le recomendaran no intentarlo más: sus embarazos anteriores habían terminado en abortos espontáneos y con un bebé nacido muerto. Después de la guerra, cuando su padre perdió el trabajo, la familia siguió el camino de una amiga de la infancia de su padre, casada con un soldado americano. La promesa de un trabajo digno y una vida mejor, sin embargo, se desintegró rápidamente. Volvieron a Bélgica, pero pocos meses después estaban otra vez en Nueva York. “Esa tendencia de ir y venir entre dos países nunca se terminó del todo”.
Luc empezó la escuela sin saber una palabra de inglés. Era el único niño inmigrante de su clase y llevaba consigo una cantidad de preguntas que no podía hacerle a nadie. No confiaba en los adultos y, en buena medida, estaba solo casi todo el tiempo. En su casa tampoco encontraba demasiado espacio: su madre buscaba cualquier excusa para revisar sus papeles y leía todo lo que escribía. Estaba constantemente encima suyo. En la escuela, mientras tanto, los demás chicos no soportaban que Luc leyera libros por placer: “había cierta correspondencia entre la transición de género y el tipo de transición que debía atravesar cada día como niño inmigrante (…) había nuevos límites sociales que respetar”. Por otro lado, la religión ocupaba un lugar central en la familia. Cada vez que iba a confesarse, Luc decidía hablar sobre dos cosas en particular: la mentira y la desobediencia. Todo lo relacionado con el sexo, en cambio, era algo que evitaba. “Creo que tenía miedo de mi propio cuerpo”, recuerda. La educación familiar había instalado en él un fuerte mecanismo de autorrepresión: negar constantemente y, para conseguirlo, mentirse a sí mismo.
Todo implicaba un constante autoconocimiento. Vivió su juventud en la Nueva York de los 70, esa del arte, del under, de las drogas a la vuelta de la esquina; y la de los 80, con la expansión del VIH. Cada parte de su existencia venía puesta en discusión y se ampliaba a través de sus vastas lecturas. En su biografía cita innumerables libros, obras cinematográficas y expresiones artísticas en general: desde la pionera del estudio sobre la disforia de género de Magnus Hirschfeld, Die Transvestiten (1910), hasta John O’Hara, Faulkner, Boris Vian, Freud, Joyce, Marx, Foucault, Virginia Woolf, Philippe d’Orléans, Derrida, Lacan, Proust, Miller, Rimbaud, Apollinaire, Desnos, Blake, entre otros. Incluso la primera novela trans que leyó durante sus primeros momentos de transición, I Want What I Want, de Geoff Brown, publicada en 1966: “Me exaltaba la escritura y todas las posibilidades que la prosa y los géneros ofrecían”.
Lucy Sante es escritora, siempre escribió. Es ensayista, crítica literaria, profesora, traductora. Ha publicado libros que inspiraron a autores como Martin Scorsese a tenerla como consultora para rodar, por ejemplo, Gangs of New York. También es collagista analógica, de la vieja guardia. Y, entre otras cosas, fue discípula de Barbara Epstein: “me dio el regalo más importante que recibí: la capacidad de asumir la autoridad para hablar”. Leer a Lucy es como estar tomando unos mates en la cocina con una vieja amiga mientras te cuenta las anécdotas más espectaculares de su vida: su amistad con Nan Goldin cuando la fotógrafa era barista en el Tin Pan Alley; el encuentro con Leor, su mamá trava (“todas las chicas trans tienen una”); las noches drag del Club 82; cuando conoció a Warhol que trabajaba en el bar de la Second Avenue vestido de mujer; hasta su primer concierto de Patti Smith, encuentro que modificó algo en su interior: “era como si mi fantasía viniera manifestada en una versión mucho mejor que la mía. Me fui a casa entusiasmado y, sin pensarlo, me rasuré los bigotes”.
Durante la juventud tuvo constantes fantasías de iniciación: se imaginaba como una chica en la escuela o fantaseaba con “conocer a una mujer que la entendiera enseguida, que le pidiera ser su novia y con quien pudiera salir a los bares lésbicos de Nueva York”. Soñaba con los ojos abiertos a toda hora. “Para quienes no lo han vivido, la disforia de género es difícil de imaginar”. La pregunta por la identidad se vuelve una constante: “No sé cuánto me permitía ser consciente de que mi dualismo de nacionalidad y cultura reflejaba otro dualismo interno, pero estoy segura que nunca imaginé que viviría esa metamorfosis más de una vez (…) cuando decidí hacer la transición, tuve la sensación de haber pasado un portal (…) pero al final me di cuenta de que el portal no eran los géneros. Era el ojo de la aguja cognitiva por el que debía pasar para escapar de la prisión de la represión”.
Las manifestaciones artísticas estaban constantemente presentes en esa NY en ruinas, tuguriosa, pero tan, tan viva y llena de templos, como el Mudd Club, Tin Pan Alley o el Slugger Ann’s. Así, su juventud se construyó entre caminos sinuosos, entre NY y San Francisco. Hay pasajes en donde, por ejemplo, harto de esconderse, Luc se desliga de todos sus libros o publicaciones que tengan que ver con el género y los tira al tacho de basura junto a su remera de flores, su favorita. No sabía cómo manejar la vergüenza, y cuenta que su paranoia se extendía hasta quienes revisaban la basura. Así abandonó tomos de poesía y otros libros punk: “no existía un escondite lo bastante profundo para satisfacerme”. Pero, en paralelo a ese malestar, no había un momento de su existencia “que no estuviera atrapada bajo los reflectores de la autoconciencia”.
Además de llevar una vida en apariencia hetero-cis, casarse, tener hijos, ser un profesional de renombre, Lucy siempre frecuentó el ambiente queer de Estados Unidos. Cuando se publicó el primer artículo del New York Times sobre el VIH en 1981, recuerda que no pasó más de un año y medio hasta que dos personas de su edificio murieron (el cantante y manager de los Stimulators y Klaus Nomi), y decenas se fueron en los años sucesivos: “he pasado una parte de ese tiempo leyendo libros a quienes estaban obligados a estar en cama”. Pero también la droga mataba y, a un cierto punto de los años 80, más de la tercera parte de la gente que conocía Lucy “estaba en una clínica o se estaba desintoxicando”. El panorama era desolador.
En su biografía, Lucy Sante relata el alivio enorme que da abrir la puerta para “liberar todos los fantasmas”, dejar de tener secretos y conquistar, al fin, una voz más honesta; va entrelazando la historia biográfica desde el primer nacimiento (en la Bélgica de 1954), pasando por el segundo (cuando migró de Bélgica a Estados Unidos) hasta el tercero: el de Lucy. “Soy demasiado vieja para ser genderfluid y, dada mi edad, me viene instintivo ser dual, quizás equivocándome”. Poco tiempo después de enviar una carta por correo electrónico a algunas personas de su círculo más íntimo contando sobre su transición a Lucy, se unió a un grupo de autoayuda para personas trans vía Zoom. Gozó de los privilegios masculinos por casi 67 años y, por este motivo, al inicio de su transición creyó no merecer entrar en la categoría de “mujer”. Sin embargo, los problemas de las mujeres pasaron a ser sus problemas de un modo que antes no podía vivenciar y, en este sentido, esta autobiografía nos pasea por Nueva York, pero también nos ofrece otra perspectiva, la de una mujer trans que es también un adulto mayor: “Siempre había paseado de noche. Pero ahora no podía hacerlo. Mi invisibilidad de mujer anciana no se extendía a ciertas zonas después del tramonto. Debía estar atenta a dónde iba, cuándo y cómo. (…) No represento una amenaza: soy vieja, blanca y bastante privilegiada.”
*Todas las citas son de traducción propia del italiano al español.
Por Carla Duimovich




