De la Eduvigis sus cinco hermanas casi casi no hablan y, aun así, aunque muy poco, sabemos suficiente, lo necesario para entender que, a diferencia del resto, no debió haberle quedado deseo alguno por cumplir. Según la Luzmira, estará “tostándose en los santos infiernos” y a la Bertina, hoy, ese precio o penitencia le parece hasta razonable si total, haya sido o no verdad lo del casao, la Eduvigis, se dice, se fue “cantando’e felicidá”. 

No más conocemos a cinco de las seis hermanas González. A Luzmira, Floridema, Zelmira, Orfilia y Bertina. A las que después de muertas se quedaron penando la casa familiar y confirmándonos la veracidad de la premisa que sostiene la obra: no han de partir las almas de los muertos que no cumplieron en vida sus deseos. Y en eso están, repitiendo a diario quién sabe qué rutina y sosteniendo, vayamos a saber nosotros, qué discusiones que muy seguramente se sabrán de memoria, si vivieron juntas tantos años y tantos años juntas llevan, también, muertas. O en eso estaban hasta que desde San Bernardo y porfiando al primo llega el Eulogio a Talagante a comprar la quinta en la que está la casa de las González, a revolverles la pena (el acto y el sentir). 

El Colectivo CTM (léase: Cuerpo, Texto, Multimedia) toma Ánimas de día claro (Alejandro Sieveking, 1961) y la mantiene íntegra para hacerla, al mismo tiempo, completamente suya. La didascalia inicial es honrada con el cuidado de un trabajo escenográfico que ofrece al público la “casa de campo abandonada” y la proyección digital del “sendero que conduce al camino” por el que van a saber irse las hermanas de a una y a destiempo. Custodian también los CTM la música, el trabajo que el primer director de la obra proporcionara hace ya más de sesenta años –arreglos y grabaciones mediante– a las funciones que dirigió. La cueca que se canta y que se baila (“El beso, el beso de la soltera, / ay, ay, ay no es como / no es como el de la casada…”), la canción de las despedidas (“Adiós hermanas queridas. / Me voy pa tierras extrañas…”) y los guitarreos que anuncian las partidas trabajan la memoria: no hemos de olvidar, los nuevos espectadores del teatro chileno, al teatrista a cargo del primer estreno de esta obra en la década de los 60. 

El respeto estoico por el texto como por el trabajo de Víctor Jara son también pero no únicamente la propuesta del Colectivo. De esta labor es consciente el público riéndose de los chistes inteligentemente entregados, emocionándose con cada una de las partidas, coordinando sus reacciones de cara a la sincronía de los movimientos corporales del elenco, y sorprendiéndose de las caracterizaciones de los jóvenes actores y actrices que representan a las hermanas, apostando sobre seguro que incluso si no contaran con máscaras cubriéndoles la mitad del rostro, sabrían triunfar en la trabajosa representación escénica de unas viejas curcunchas, mañosas y picaronas. 

Pero volvamos a la Eduvigis, fantasma acaso de las fantasmas, y especulemos un poco más. Si el beso que Eulogio da a Bertina actualiza ya en el primer acto el deseo que la mantenía ánima para evitar que parta hasta que lo haga él, ¿cómo leer, desde su venida a Talagante, el cumplimiento de los deseos de las demás? Después de la propuesta del Colectivo CTM alcanzo a ver lo que en el texto yo no había leído: sugiero a la sexta hermana. Un traguito de mistela, un hallazgo renunciado hacía tiempo, la dicha de la otra y una revancha parecieran recordar a las González que podría perfectamente pertenecerles a ellas también el derecho del que alguna vez fue la Eduvigis titular.  

Quiero decir, avanza la obra y parecieran las hermanas sospechar, quizás demasiado tarde, que tal vez habrían podido también ellas escoger distinto. Como Orfilia, que despidiéndose de Bertina musita que “cuando una es ánima, piensa que una es ánima por algo más importante, como lo suyo. Pero nu’es na así”. Y a mí el recuerdo se me dispara y me trae de vuelta la vergüenza del día de la función a la que asistí y la conversación que sostuve, contra mi voluntad, horas antes. Una que yo habría ignorado, haciéndome –y cómo no iban a saberlo las hermanas– indefinidamente el loco. Pero no se pudo y además a la función me siguieron y persiguieron, recién entiendo, espectadores espectrales que apenas si distinguí entre las butacas de una sala a oscuras y que, ahora recuerdo, se parecían un poco a las disculpas que yo juraba que me debían a mí. O no. Ya sé. A las que yo no he pedido todavía.

Por Emilio Mocarquer Olivares

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Ficha técnica: 

Dramaturgo: Alejandro Sieveking

Directora: María José Pizarro

Compañía: Colectivo CTM

Elenco: Martina Ruiz, Santiago Macchi, Franco Falcón, Leonardo Segura, Cristóbal Muñoz, Cristóbal Bravo, Valentina Escobar, Sofía Rodríguez, Fernando Yamal e Ignacio Tolorza.

Asistencia de dirección: Daniela Espinoza

Diseño: Gabriela Torrejón

Diseño de iluminación y sonoro: María José Pizarro

Mapping: Ignacio Tolorza

Producción: Pamela Jaque y Cizarro producciones. 

* Las citas al texto fueron tomadas del siguiente enlace correspondiente a la versión disponible en el sitio www.memoriachilena.gob.cl.