Frontera Sur III – Histoire de la Révolution

A propósito de Histoire de la révolution.

Un palabreo.

¿Cómo sería experimentar el fuera de campo? -N

Tengo una intuición al respecto. Y es que Histoire de la révolution no tiene nada que ver con la “Revolución”. Quizás es una especie de despedida, porque podemos hacer Historia -con mayúscula- solo de aquello que ya ocurrió. O quizás quiere marcar una diferenciación con respecto a la Revolución entendida en clave Moderna -con mayúscula-, con sus utopías, sus biblias y su “universalidad”. Releo las palabras del Bifo, unos apuntes que tomé de algo que él dijo: “Salir de los grandes términos de la política moderna significa volver a las regiones formativas de la experiencia, esa que nadie puede representarnos”. Es decir, que nadie puede venir a cuentiarnos. Porque precisamente se trata de armarnos los cuentos, las narraciones, nosotrxs mismos. Se trata más bien de un proceso, de una estrategia más que llevar del mundo de las “Ideas” al mundo terrenal el paraíso en la tierra. Marx ya advertía de esta crisis de cierta crítica. Porque ese “más allá” de todo acontecimiento nunca nos es dado: la espera está vacía de todo porvenir. ¡La espera es pura pera! Y esa extrañeza, esa intuición, ese presentimiento de esos otros mundos posibles, y que a ratos se pone medio ominoso; eso está más acá: ciertos arrebatos, cierta interrupción de todas las concesiones que hacemos con esta realidad tan charcha, ciertos malestares, ciertas sensaciones… Aquello que no sabemos, aquello que no hemos visto, son las continuidades intuitivas que nos narramos. Y que se dan como flashazos, fogonazos, como escaramuzas imprevistas: “alguien” -o más bien, cualquiera– que vio algo; “alguien” -o más bien, cualquiera– que cachó que por ahí era la mano. Y caminó, partió. Habría entonces, una especie de repartición de singularidades -luces o imágenes fragmentadas, voces en off, ruidos- que van componiéndose en un campo de vectores que sería nuestro relato-arma. Sin embargo, en todo momento se rehuiría de totalizar, clausurar, meter todo dentro de un mismo saco que volvería imposible cualquier diferenciación: sin ninguna conducción central, sin un relato unificador, Histoire de la révolution se narraría, se escribiría en minúscula, haciendo estallar todo universal, reventando el relato Moderno de la revolución. Lo más importante, lo más interesante ocurre por fuera: el fuera de campo, lo no visto, palabra no vista -oída pero no vista-, lo cualquiera: aquello que tenemos que narrarnos a nosotrxs mismos. Recuerdo a Isabelle Stengers que decía que necesitamos desesperadamente “otras historias”, historias que den cuenta de otros mundos posibles y de cómo podemos transformar esas situaciones que se padecen y se piensan en común: no historias morales -del tipo “¿Qué?”, “¿Quién?”-, sino historias técnicas“¿Cómo?”-. Te dejo una cita de otro gran amor: “La palabra cuenta una historia que no se ve y la imagen visual deja ver lugares que no tienen o que ya no tienen historia. Es decir, lugares vacíos de historia. Y de este verdadero cortocircuito entre esa historia que no se ve y ese visto que no tiene historia, ese visto vacío, va a surgir una especie de emoción y de creación muy sorprendente” (Deleuze)

 

¿Los adoquines nos esperan? -D

Desde que leí el título sentí molestia por el atrevido gesto de enunciar un cortometraje con la diada  Historia y Revolución. Mientras escribo, abrumada por las posibilidades de pensarlo, de su abordaje, aparece, como latencia, el vertiginoso plano sobre la plaza La Bastille, de “Demasiado pronto, demasiado tarde” de Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, usado o apropiado en este corto de Martinot. A diferencia de ti, no diría que mi experiencia de visionado fue amorosa, aunque sí se hizo presente un estremecimiento, el de molestia. Me queda, en lo siguiente, desentrañar por dónde pasa esa molestia particular. Lo primero que aparece de este malestar es un rostro de impotencia ante la siempre desajustada relación temporal entre lo que acontece y la pantalla. Lo advertíamos en Octubre pasado ante los numerosos registros de la revuelta y lo hacemos ante las imágenes montadas por Martinot, aparece una confirmación sobre lo fantasmal de algo así como un cine urgente. El único plano que reclama urgencia será el registro de una cámara de vigilancia que es acechada y destruida por dos individuos. Esta afirmación sólo tiene como fundamento una emoción -quizás esa misma de la que habla Deleuze-, nada más que la colisión que sentí en ese momento, que la hace, para mí, una imagen sísmica. Ahora bien, ¿Qué hay en ella distinta a, por ejemplo, las imágenes que muestran el registro de la policía francesa contra los chalecos amarillos?

 

Pienso en las historias que tantas veces hemos escuchado sobre la toma del poder, el quiebre de la historia en dos, la hazaña heroica. Hay en el imaginario de la Revolución -así como del movimiento circular que se dirige al punto de partida-, cuerpos que toman el lugar de la acción, están en acto. Retomo esto: tanto las imágenes de la cámara de vigilancia que es destruida, como las que se originan en la cámara que porta la policía en sus cascos acondicionados para la vigilancia -para su propia seguridad-, son imágenes de cuerpos en acto, de contra violencia y violencia respectivamente. Ambas hacen aparecer cuerpos implicados en una respuesta. Sin embargo, en unas y otras veo una diferencia que responde a la pregunta que hace poco leímos de Didi-Huberman, ¿La imagen que vemos y que recibimos termina siendo nuestra, tanto del que transmite como mía espectadora, tuya y de todxs lxs otrxs que la pueden difundir, como un bien común? o ¿Cuáles son las imágenes que se nos deben y/o debemos salir a recuperar? Pienso esas preguntas también desde tu alusión a contarnos cuentos, y la reformulo, ¿Qué imágenes nos permitirían contarnos nuestros propios cuentos?

¿Y si hablamos de nuestros amores? -N

Histoire de la révolution es de esos aparatos que se recuerdan con cariño, con afecto porque de cierta manera “estremecen”; de esas fuerzas que nos potencian anímicamente y que siguen ocurriendo más allá de su acontecer situado, específico. Una especie de amor. Y digo aparato, fuerza o acontecimiento porque no sabría decir bien si es una película, un corto, si quiere ser una instalación audiovisual, medio que experimental o no… en fin. Digamos que es un relato que nos provoca cierta extrañeza. Digamos que es un arma, en la medida que potencia anímicamente, afectivamente. Abría como dos amplias “capas” en nuestro visionado, en nuestra arma: lo visual, que se sucede por imágenes fragmentadas; lo sonoro que se presenta por medio de una voz en off que -lo sabremos hacia el final con los créditos- nos va leyendo, nos va contando pedazos de textos, libros de otros amores, etc. Y eso está bueno porque por una parte nos afecta de manera tal que tenemos que movilizarnos hacia aquello que vemos y escuchamos -y que precisamente nos moviliza desde ahí mismo. Y por otro, porque es como si no lográsemos hacer encajar lo visual en lo sonoro, y viceversa. Felizmente parecido a otros relatos-arma que llevan la firma de Tiqqun“Y la guerra apenas ha comenzado”-, o del Colectivo Vitrina Dystópica“Espacio Absoluto”-, creo que importan más por lo que habilitan, por aquello que hacen pasar, por aquello que nos invita a continuar narrando; que por lo que nos hacen ver. Importan más por lo que pasa por fuera. Como cuando nos quedamos conversando, mirando pal techo, con el computador ya apagado, fabulando, narrando, “cuentiando”.

Una aventura lumínica -D

Una de las primeros recortes que se muestran en Histoire de la révolution perteneció a “Leading light” de John Smith. Se trata de una habitación, un living, un espacio común, a la vez que íntimo, que es actor y escenario de una aventura, la de averiguar cuántas formas del mismo espacio se pueden crear con las variables de la luz y la cámara. Situadas en el montaje que propone Martinot, a diferencia de su lugar de procedencia, estas imágenes están acompañadas de gritos de calle, de calles en fuego. Justo allí me parece que la relación entre imagen y sonido, a pesar de ser contradictoria en su forma, es sincrónica en tanto que gesto. Una sincronía que, no sé si recuerdas, no quería dejar de mirar. Es convulsión. La aventura de crear cajas lumínicas otras, a partir de una misma sala, se hermana con la de eso que hemos de llamar revuelta. Se hermana, a su vez, con los segundos en los que se extiende esta reapropiación, -no la de Smith por Martinot,  sino la del sonido melódico y difuso del corto de 1975 por el incendio del presente-, que en definitiva siempre se trata de una traición. Se traiciona el motivo estético para hacer surcos por donde pasen otras potencias. Y vuelvo a la palabras de Deleuze, que son las tuyas, donde aparecen juntas emoción y creación.  Sin embargo no parece ser este el motivo general de Histoire de la révolution. El plano circular perteneciente al film de Straub y Huillet al que aludí antes, es usado como puntapié de una verborreica enumeración de hechos que conformarían un ensayo posible de una “Historia de la Revolución” para el Estado francés. Ahí, la concatenación de datos, lugares, nombres y fechas aparece ordenada y marcada por la inscripción de la tragedia y la farsa que Marx hizo sobre Napoleón. Un sencillo entramado que cristaliza el movimiento circular por donde pasa, una y otra vez, una revolución. Entonces, si repetir la aventura -esa intensidad exploratoria de luces e incendios- se trata de evadir la fijación de la forma, empiezo a dar palabras a mi molestia inicial. Me da la impresión que para Martinot la revolución se inscribe como mapa, hoja de ruta, letra muerta de una revolución posible. Mi problema es la metonimia.

Intuición de pasaje -N

Creo, intuyo más bien, que confirmamos la necesidad de dejar todas esas representaciones de la “revolución” que ya no nos sirven. Y recojo tus palabras, porque a la vez que la revolución ya no va más y podemos hacer su Historia, nos queda la revuelta. Tú bien lo dijiste. Y ahí los chalecos amarillos operan un pasaje, que no necesariamente se inscribe al Estado francés. Habría un giro de las imágenes de la “revolución” -que ya fue- hacia las de la revuelta, y que son más espasmódicas, más arrebatadas y recorren el mundo entero. Si tenemos una urgente necesidad de nuevas narraciones, tenemos también necesidad de nuevas imágenes: las viejas representaciones de la revolución ya no sirven. La revuelta fuga y recorre París, Minneapolis o Santiago y adquiere en cada territorio una especificidad en esta “modalidad otra” del conflicto político actual. Habría que encontrar los puntos en donde se tocan las diferentes revueltas -en plural- y que no se fijan en ninguna hoja de ruta. E insisto con aquello del fuera de campo, porque si bien la revuelta puede ser registrada, no puede ser controlada ni ser inscrita, ni fijarse en un punto desde el cual poder recoger cierto método de qué o cómo hacer, y que sería reproducible. Necesitamos romper con este mundo. Partir agarrando a piedrazos una cámara de vigilancia puede ser un buen comienzo.

Por Daniela Barriga y Nicolás González

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