Crítica Il Siciliano

“Los chilenos vivimos en una situación muy trágica. Necesitamos parecernos a alguien para existir. Es decir, la construcción de nuestra identidad está determinada por la posibilidad de parecernos a alguien, a ser como si fuéramos otros. Cada uno intenta cumplir un rol más que vivir, experienciar un rol más que su propia y escurridiza naturaleza” Carlos Flores

Si alguna persona hubiese anunciado que la dupla Adriazola-Sepúlveda ambientaría su nuevo largometraje en la comuna de Providencia, pocos hubiesen sido los escépticos; puesto que la dupla ha trabajado en sus corto y largometrajes con el paisaje de la periferia sur de Santiago, donde además viven y participan de la Escuela Popular de Cine y FECISO. Los análisis de la filmografía de la dupla en cuestión se han centrado enquistadamente en adjetivar a toda costa su propuesta estética, tildando sus obras como marginales, incluso en la actualidad[1]. Endosar el adjetivo “marginal” a la obra de esta dupla no es solo algo que ellos mismos han intentado abolir, sino que es también intentar encasillar dentro de un rango limitado de posibilidades a dos cineastas que a lo largo de su filmografía han demostrado con creces su versatilidad. En este sentido Il Siciliano afianza el camino inaugurado por Crónica de un Comité (2013) para la dupla -hoy transformada en trío con la inclusión de Claudio Pizarro-, donde el “derecho a encuadre” promulgado por los autores llega al punto de traspasar la cámara a los mismos protagonistas para que ellos decidan qué, cuándo y cómo filmar.[2]

En un principio Il Siciliano buscaba ser una película de ficción, donde Juan Carlos Avatte, dueño del histórico negocio de Pelucas Avatte, iba a ser protagonista, al igual que algunas de las personas que transitan frecuentemente por su casa. El caso fue que otro de los actores que iba a participar de la película no pudo continuar en el proyecto, obligando a los realizadores a tomar otro rumbo, uno mucho más incierto y desafiante: filmar un retrato intimista y crudo de una persona que no necesitaba la ficción para convertirse en personaje.

Al igual que su largometraje predecesor, Il Siciliano está encerrado la mayoría del tiempo en un mismo escenario, la casa de Avatte, lo que obliga un tratamiento audiovisual en que predomina el primer plano, así como también la cámara en movimiento, menos pronunciada en este caso que en sus largometrajes anteriores. Este tipo de tratamiento, a estas alturas característico de la dupla Adriazola-Sepúlveda, logra que el acercamiento del dispositivo audiovisual a sus personajes tenga un cariz desprejuiciado, otorgando plena libertad de expresión al otro, no imponiendo premeditadamente guion o dirección. La simpleza que transmite la fotografía de la película es nuevamente una opción política, la de no intentar edulcorar la imagen como si eso consistiera en la búsqueda de lo bello, sino que coherentemente responde a la idea de que la misma realidad cotidiana esconde lo poético de la imagen, no al revés; en Il Siciliano la gama de diversos colores de la casa de Avatte es tan importante para entenderlos como sus palabras, alterar artificiosamente esto habría sido renunciar a capturar genuinamente el entorno. También significa una opción política en cuanto al rodaje, no es lo mismo filmar con seis personas al mismo tiempo en una pieza junto al protagonista, además de las luces y parafernalias; que dos o tres personas con cámara y micrófono.

Pelucas, máscaras, dobles

¿De qué trata Il Siciliano además de un personaje que pretende ser una especie de mafioso, con sicarios, armas, debilidad por las strippers y un ejército de imitadores? De la misma pretensión, de la necesidad de mantener la apariencia como un velo espectral, como bálsamo social permanente. Avatte hace del personaje un exvoto de sí mismo, un terreno en disputa. La ascendencia italiana, su pseudo harén y el séquito de dobles (Julio Iglesias, Sandro, Camilo Sesto, Tom Jones etc.) configuran el mejor postizo posible para un personaje insaciablemente expresivo, pues cada uno de ellos, una vez que entra a la casa de Avatte, se convierte en lo que socialmente se requiere de ellos: los dobles permanecen en su personaje no solo en su show, sino que hasta en la cocina, las mujeres en búsqueda del padrinazgo de Avatte bailan el caño y se calzan rascacielos. Todos parecen ser parte de una pantomima, un juego de sombras que no cesa.

Pero la realidad siempre encuentra la manera de manifestarse, ahí está la mujer que trabaja de empleada doméstica, intentando que la casa no se inunde con materia fecal mientras todo el resto de la casa consume alcohol y mantiene su perfomance: algo huele mal en la casa de Avatte. Su muerte, ensalzada por su fiel ejército de dobles, su dedicación por las pelucas y su desnudo frontal postcoital, quizás sean esos retazos de realidad que todo realizador anhela una vez que comienza a filmar, esas partículas de lo real que se asoman por la mirilla de un lugar sofocado por lo aparente

En definitiva, Adriazola, Sepúlveda y Pizarro logran nuevamente realizar el cine que se encomendaron, un camino iniciado hace alrededor de 13 años y que los posiciona (sin que ese sea su anhelo) como la propuesta cinematográfica más audaz en un panorama de cine chileno ahogado por el humo proveniente de Los Ángeles.

[1] El pasado lunes 30 de julio, el Cine Arte Alameda organizó un conversatorio con los autores posterior a la exhibición de El Pejesapo (2007), en dicha ocasión el presentador tildó la película como “sumamente marginal” intentando con ello celebrarla.

[2] En un conversatorio en la UDP, Sepúlveda aseguró que este dispositivo no fue premeditado, sino que surgió como una solución a no poder estar todo el tiempo filmando, y a la expectativa de que apareciese el entonces ministro del interior Rodrigo Hinzpeter en la casa del asesinado por carabineros Manuel Gutiérrez.

Por Miguel Gutiérrez

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