Durante gran parte del siglo XX, la imaginación distópica se articuló en torno a la figura de un individuo enfrentado a un sistema experimentado como ajeno, vigilante y opresor, sin rostro. La máquina era una amenaza tangible frente a la cual cabía la conspiración o la huida. De un tiempo a esta parte, ciertas narrativas contemporáneas sugieren un desplazamiento: la distopía ya no se impone por la fuerza ni mediante una catástrofe fundacional, sino que se presenta como una promesa de alivio frente al dolor, el conflicto y la ambigüedad. En series como Pluribus y Severance no asistimos a la sustitución del ser humano por la tecnología, sino a un proceso en el que el ser humano elige homologarse a la máquina. Se prefigura así una sociedad de trabajo sin trabajadores (como diría Hannah Arendt), donde la productividad se mantiene a costa de suspender la experiencia vital y el conflicto.

Esta mutación de lo distópico no se funda en la coerción, sino en una forma de rendición elegida. A diferencia de las grandes maquinarias burocráticas del siglo pasado, nos encontramos ante una fantasía biopolítica en la que el sujeto asimila íntimamente la lógica del capital, como ya intuían algunos pensadores. En Pluribus, solo un pequeño puñado de la humanidad se mantiene fuera de un fenómeno que implica que todas las conciencias devengan una sola conciencia. El Gran Hermano ya no se encuentra al frente del partido porque ya no es necesario: todos lo encarnamos.

Para David Foster Wallace, la sociedad contemporánea occidental —articulada hoy a través de plataformas y algoritmos— no opera mediante una dominación visible, sino que a través de mecanismos anestésicos. Mientras las distopías del siglo pasado, como las de Pynchon o Dick, mostraban el absurdo de un mundo hostil, las actuales se viven como un alivio aparente. El peligro ya no es la mentira sistémica, sino la incapacidad de sentir algo frente a la verdad, disolviendo el conflicto en un mar de entretenimiento, consumo y autorreferencialidad.

Vale la pena señalar, a este respecto, que toda arquitectura cultural es también un instrumento de dominación. Las narrativas dominantes definen modelos de comportamiento, horizontes normativos y deseos. No es novedad destacar aquí el rol de las redes sociales y los medios de comunicación de masas en esta transformación: lo social está en todas partes, no hay escapatoria. 

Este escenario de pesadilla higiénica invierte la promesa moderna del progreso: aquello que debía liberarnos termina por vaciarnos. Lo que el fascismo soñó no necesitó de totalitarismos para materializarse; las democracias liberales bastaron para facilitar el triunfo de la homogeneización a través del consumo masificado y, por cierto, de las narrativas que lo sostienen.

Al pretender eliminar las fricciones y el sufrimiento, se produce una desaparición de lo político en el sentido arendtiano. Para Arendt, la modernidad se define por la expansión de lo social —la administración de la vida u oikos— en detrimento de la política como espacio de disputa y acción. Retomando la distinción de la Grecia clásica, Arendt muestra que lo social y lo político son dos formas distintas de configuración de las relaciones humanas. Lo social es la esfera de la ampliación de lo que antes era propio del espacio privado. Aquello que era exclusivo del oikos en las Ciudades-Estado —la economía, como disciplina orientada a asegurar la subsistencia— hoy domina nuestras relaciones. La estadística y la economía política (un oxímoron para los griegos) son las disciplinas propias de lo social: los grandes números son la regla y las anomalías quedan reducidas a meros outliers

En los mundos de Pluribus y Severance, lo político se vuelve innecesario porque el sistema ya no requiere del conflicto para funcionar. La existencia se gestiona mediante la rendición elegida, anulando la contingencia propia de la acción humana. No es de extrañar que los líderes que dominan el mundo actual parezcan más malos padres que actores políticos: de ideología clara, pero de moral difusa. Hoy es más útil gobernar un país siendo un patriarca autoritario que un político (en el sentido arendtiano o weberiano). Lo que demandamos los ciudadanos-consumidores es alguien que sepa administrar una billetera y mantener el orden para que podamos consumir y producir en paz.  

La consecuencia última de este proceso es una homogeneización social que, como intuyó Pier Paolo Pasolini, no requiere de regímenes autoritarios sobre los cuerpos, pues el consumo y el capital bastan para anular al individuo y a la tradición. En estas nuevas distopías, los sujetos pierden su capacidad de desear y de gozar, habitando cuerpos dóciles en oficinas pulcras donde el silencio no duele lo suficiente como para motivar una huida. El precio de esta calma es la pérdida del deseo de ejercer la libertad, ya que las sombras y los fantasmas necesarios para la convivencia han sido redefinidos como problemas de los cuales conviene desprenderse. Esta es la gran fantasía de Severance.

A pesar de este cierre aparente, tanto Pluribus como Severance sugieren que la resistencia persiste de forma tenue y fragmentaria. No se manifiesta a través de revoluciones épicas, sino mediante gestos mínimos, torpes y accidentales: una incomodidad que insiste, una pregunta mal formulada, una grieta en la superficie del mundo. Es en esta resistencia frágil donde reside la esperanza de que el dolor y la ambigüedad, elementos constitutivos de lo humano, no hayan sido erradicados por completo de nuestra experiencia. 

Por Jota Fernández de Rota G.