Un ensayo escrito en verso. Una película de papel. Un libro impreso en hojas negras donde lo único que brilla son las letras y algunos fotogramas tomados en el contrabando de la experiencia. Un testimonio. Muchos testimonios. Una película filmada con poetas. Un poema que quiere ser la película de una época demasiado luminosa. Una época cuya banda sonora es el ruido blanco de la estática televisiva, que se parece mucho al siseo de los cables de alta tensión o al zumbido del aire acondicionado que mantiene frescos y aislados los espacios de todas las metrópolis del mundo, mientras el resto queda aplastado bajo el sol abrasador del siglo veintiuno. La película insomne de Jaime Pinos puede ser todas esas cosas al mismo tiempo. Quisiera leerlo también como una invitación a pensar el obrar del artista —para usar un término más amplio que poeta o escritor— desde un lugar mucho más inespecífico y abierto. Acá, por ejemplo, ingresa Nicolás Sagredo como parte de la producción visual. Pinos y Sagredo piensan juntos el objeto-libro. Buscan la manera de hacer que las imágenes rimen, que encuentren esa relación secreta o inesperada. Porque al poeta, parece decirnos Jaime, le toca la innecesaria tarea de encontrar esas relaciones ocultas. Lo decía también Foucault, si me perdonan el exceso, en Las palabras y las cosas: el poeta encuentra las similitudes dispersas. Con esa premisa podemos leer este libro como un mitin donde comparecen en minúsculas los nombres e ideas de Jean Luc-Godard, Chris Marker, Denise Levertov, Anne Carson, Nicanor Parra, Muriel Rukayser y otros. Ese elenco aparece hacia el final de La película… Jaime lo consigna porque acá no hay truco ni cita velada. Él mismo lo apunta como sigue: “usar citas / acumular citas / hasta que florezcan // usar citas / frotarlas entre sí / hasta hacerlas resplandecer // eso hace / el ensayo film”. El obrar entonces como un trabajo de ensamblaje y la puesta en escena del método ensayístico en sentido lato. Porque ensayar es justamente eso: probar una serie de elementos en distintas disposiciones, hacerlos variar o iterar y ver —o escuchar— lo que ocurre en ese ensayo. Ensayan las bandas, ensayan los pintores, ensayan los poetas: operación habitual entre quienes quieren poner en el mundo un algo absolutamente gratuito e inesperado que sin embargo nos conmueve o moviliza.
Un niño encuentra una caja llena de revistas. Mira las tipografías y fotos impresas en esos pliegos. Esa escena me recuerda a otra que quisiera traer acá. La narra Leonardo Sanhueza en La edad del perro. El narrador de esa novela, como la voz de este ensayo film, encuentra una maleta. Si la memoria no me traiciona, esa maleta está en un cuarto de cachivaches de la casa donde el narrador de la novela pasa su infancia. En esa maleta el narrador encuentra varios ejemplares de la colección popular de la editorial Quimantú. Parte de esos ejemplares están carcomidos por las ratas. Es más: la madre rata hizo entre esas hojas un nido para sus crías. El narrador intuye que esos libros están ahí por una razón que en ese momento no dilucida de inmediato. Pienso en cómo esos encuentros materiales, por ponerle un nombre al paso, definieron la experiencia de esos niños o niñas que más tarde verían su nombre en otros libros, en otras películas, y así. En cómo el obrar ocurre no solo por la transmisión de un determinado contenido —la idea quijotesca de la locura inducida por las novelas de caballeros— sino por el sencillo encuentro con el papel o la imagen proyectada en una sala oscura o en un televisor ubicado en el living de la casa. Hacemos cosas con otros, pero también con las cosas que están en el mundo. Pensé eso mientras avanzaba en los fotogramas impresos de La película…En cómo Jaime parece recapitular su propia experiencia entre los horrores del siglo veinte con los horrores por venir del siglo veintiuno. En cómo amplía el gesto que asoma con más evidencia en Documental, pero cuyas huellas están, por supuesto, en sus otros libros de poesía y también los textos reunidos en Los libros ajenos. En la coherencia expansiva de su gesto. Así las cosas, a la figura benjamiana del poeta como trapero habría que sumar la del poeta como acumulador de periódicos y revistas, el poeta como organizador de diagramas opacos que intentan encontrar relaciones posibles entre, por ejemplo, una serie de portadas de la revista Hechos Mundiales y un titular que coloca en una misma línea a Gonzalo Rojas y un programa de películas de acción, violencia y karate
Si tuviera que pedirle algo que el libro no ofrece, preguntaría a Jaime por la ausencia de La Lira Popular, nuestro antecedente más preclaro en lo que respecta a los cruces entre cultura impresa, escritura poética y trabajo gráfico. Otros se han dedicado a profundizar ese legado en términos académicos, así que no les daré la lata acá. Pero en esos pliegos que irrumpían en el espacio público uno podría encontrar justamente todo lo que La película insomne y su poética proponen: una escritura que incluso en su apego a “los porfiados hechos”, como reza cierta jerga de analista político, encuentra giros estéticos interesantes. Lo real del mundo popular chileno de comienzos del siglo pasado puesto en décimas, circulando como circulan los periódicos, el dinero y las mercancías. Asuntos, por cierto, nada lejanos al quehacer de un Nicanor Parra que más que un genio caído del cielo, como postula cierta oficialidad cultural, era un coleccionista empedernido de citas y refranes. Traigo a Parra, por cierto, porque es una clave de lectura en el trabajo de Pinos. Pueden encontrar por ahí un texto donde justamente lo ubica como un pionero de la poesía documental. Jaime lo incluye además en este ensayo-film: vemos la portada del diario donde se consigna la aparición de los Quebrantahuesos en el espacio público; una portada curiosa, si me lo permiten, pues involuntariamente hace una puesta en abismo: es la noticia sobre un collage hecho de restos de otras noticias. Desde ese espacio de lectura, pienso, aquello que podemos llamar “palabra poética” funciona con plena consciencia de su absoluta mundaneidad, para acogerme a un término del crítico Edward Said. Pero esa mundaenidad incluso se radicaliza porque el texto poético ocupa un lugar nada glamoroso, pero tampoco apolillado: es reciclado colectivamente, puede ser un afiche o una cita en la canción de la banda indie que causa sensación entre los millenials y así. La escritura poética, pienso chamuyeramente, como el germen para encuentros posibles. Porque a diferencia de cierta prosa que necesita contar que la Marquesa salió a las cinco, el poema no tiene absolutamente ninguna obligación de aferrarse a una lógica causal —y el mundo de la física cuántica quizá tenga mucho más que decirnos respecto al extrañísimo comportamiento de la materia bajo ciertas condiciones.
Como ese niño que encuentra una caja de revistas llenas de noticias, quizá recordaremos La película insomne no solo como un ensayo film dirigido por Jaime Pinos y producido por Nicolás Sagredo, sino también como el encuentro con ese libro negro que nos habló del desierto blanco de nuestro tiempo; un libro negro que nos habló del insomnio y las pesadillas, de la luz de los focos y las estrellas que las futuras generaciones quizás no puedan ver. Un rectángulo que sostuvimos entre las manos como una piedra negra. Una piedra oscura. Refractaria a esa luz incandescente.
Por Jonnathan Opazo
Últimos días en Las Ánimas / Enero 2026
Fotografía de Maurice Tabard
Sobre

La película insomne
Jaime Pinos
Aparte
2025











