1.
“Felicitaciones, su relato ha quedado seleccionado entre los ganadores del concurso. La ceremonia se realizará…” Me llegó este correo. Nunca espero ganar nada, pero a veces la suerte toca la puerta. Llamé a mi padre.
– Viejo, ¿te acuerdas del concurso que te había hablado?
– ¿El de la tercera edad?
– Si
– ¿Qué pasó?
– Ganamos
– Mierda, qué vamos a hacer
– Nada, la ceremonia es la próxima semana. Vas, tomas el premio, agradeces, y listo
– ¿Pero y si se enteran de que yo no soy el autor del relato?
– No lo van a saber. Nos llamamos igual.
– No sé si es una buena idea…
– Son 600.000$ para el ganador del primer lugar
– Bueno, voy. Dime qué decir y qué hacer.
– Perfecto.
Colgamos. Había ganado un concurso de cuentos para la tercera edad con el nombre de mi padre. Ya soñaba con el premio de 600.000$. ¿En qué los gastaría? No sabía tener dinero en el bolsillo. Me lo gastaba impulsivamente. Pero ahora quería invertir parte del dinero en crear una librería en mi casa, junto con mi polola. Le pagaría a un amigo arquitecto para que me diseñara algunas estanterías barrocas y con lo otro compraría libros usados. Broken Books.
También le compraría algún juguete a mi gato. Algún árbol grande para que juegue mientras yo no estoy. Quizás una gatita inflable. Llamé a Tania.
– Cariño, me acaban de avisar que gané el concurso
– ¡Qué bien! ¡Te felicito!
– Muchas gracias, cariño, pero ahora tengo un problema
– ¿Qué cosa?
– El premio son 600.000$ al primer lugar, y creo que lo voy a ganar
– ¿Y cuál es el problema?
– Que no sé manejar mi dinero
– Ya
– Y quiero que me lo guardes tú
– ¿Estás seguro?
– Si
– Bueno amor, yo te lo guardo
Habíamos comenzado a salir hace 5 meses. Estaba enamorado hasta las patas. Era una buena chica. Una buena candidata a esposa. Cuando iba a mi casa llegaba siempre con comida. Me lavaba la loza, me cocinaba y hasta limpiaba mi departamento y le traía regalos a mi gato. Teníamos un sexo increíble. Me daba todo lo que cualquier hombre querría tener. Era, en otras palabras, la mujer perfecta. Al menos para mí.
Ya era el día de la premiación. Fue mi padre con mi cuñada. Ella era poeta y sabía manejar estas situaciones. Ya había publicado dos libros, iba por el tercero, y había ganado un par de concursos. Era el lazarillo del bueno de mi padre.
Me comenzaron a enviar fotografías del evento. Unas 150 personas, me dijeron. Todos formales y de cabeza cana. Un jurado de 4 personas, una de ellas era Carla Guelfenbein. La conocía de nombre. Según mi cuñada era una escritora cuica famosa. También estaba Javier Edwards. No lo conocía, pero supongo que era importante. Un crítico literario o algo así.
Estaba en el trabajo y movía las piernas con ansiedad y nerviosismo. No me podía concentrar. ¿Qué haría con esas 600.000$? invitaría a mi padre a comer, de eso seguro, o le pagaría un masaje tailandés, o ambos. Comenzaron a pasar adelante los premiados. Iban por el primer lugar. Comenzó la ceremonia.
– No ganaste el primer lugar- me dijo mi cuñada
– Puta mierda- dije yo- no valió la pena
– Pero espera, van pasando, quizás ganaste en otra categoría.
Y así fue. Una mísera mención honrosa, pero dentro de 300 relatos, de 300 abuelitos. No sabía si sentirme bien o mal. Había dejado a algún abuelito sin la posibilidad de ganar. El premio para la mención honrosa eran 150.000$ que no me venían nada de mal, además de 2 noches en un hotel 5 estrellas de Santiago para dos personas. Estábamos a mitad de mes y no me quedaba dinero. Le había pedido prestado a mi hermana. Ella era una especie de referente moral para mí, un tipo con poca moral.
– Hermana, gané mención honrosa, me dieron un dinero, pero ¿no habrá sido robarle a un pobre abuelito la posibilidad de ganar?
– Hermano, piensa que esos “abuelitos” son gente cuica de Vitacura que no deben tener ningún apuro económico. Además, son cuicos. Qué te importa. Son lo peor de esta sociedad.
Asi que me relajé. En la noche vinieron a comer mi padre, mi hermana, su esposa y Tania.
– La alcaldesa -comenzó a hablar mi padre- una mujer con poco criterio, dijo en la premiación que el primer lugar lo había ganado un tipo que escribió un relato sobre un hombre al que le había fallado la próstata y había quedado con problemas de erección. En otras palabras -subrayó- que ya no se le paraba el mango.
Al parecer el público no supo cómo reaccionar, gente respetable de la clase alta, y causó algo de vergüenza, probablemente porque habría un porcentaje no menor de problemas de próstata dentro del público. Me dijo que subió a la tarima a recibir el premio y la alcaldesa se le acercó para tomar la fotografía de rigor.
– Me dijo al oído -sigue mi padre- “espero que tú no hayas sido el del cuento de la próstata, porque no serviría de mucho el premio del hotel para dos personas”.
Así eran y así son los jurados y los funcionarios públicos del barrio alto.
El problema que venía ahora no era solamente la decepción de una mera mención honrosa de un chico de 31 que se cree escritor dentro de 300 abuelitos a los que probablemente les tirita la mano. El problema ahora era esa sensación de no sentirme merecedor del premio. Y no hablo del dinero, eso les sobraba, hablo del hotel 5 estrellas. Sentía que no pertenecía al tipo de personas que van a alojarse a un hotel de lujo. ¿Qué clase de adulto era? ¿Uno que va a un hotel 5 estrellas? Pero, al final, yo mismo me prejuiciaba. Siempre he sido mi peor enemigo. Siempre, en mi ficción, me he imaginado en cuartos precarizados por el romanticismo de la austeridad y la pobreza y la decadencia. Como si habitara en una película de Aki Kaurismäki. Pero no por eso iba a dejar pasar esta oportunidad de performarme como un ricachón que va a un hotel en su propia ciudad y aprovechar, de paso, de hacer una crónica del tipo Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer.
2.
Hoy me he despertado ligeramente melancólico, probablemente por una resaca en día laboral. Pero tengo ganas de escribir porque no escribo hace un rato. Esperaba que se publicara mi primera novela para retomar la escritura. Pero se me olvidaba que la escritura llega sola, como una urgencia, como una necesidad fisiológica, como unas ganas de mear incontrolables. A pesar de mi humor, me he hecho las ganas para performarme, como habíamos quedado con Tania.
Luego de trabajar me fui a mi casa y elegí una ropa ad hoc para el hotel. Me sentía como un poeta, un corresponsal de guerra, un novelista al estilo Paul Bowles en Tánger. Una mezcla de cosas que se sintetizaron en un vestón gris (el que usé el día del matrimonio de mi hermana) y un pantalón negro que usaba a veces para trabajar. También tenía que estar acorde con el clima de hoy. Nubes, humedad, nada de viento, algo de calor, pero perfecto para usar una chaqueta que conformara un traje sin corbata. Armé una mochila pequeña con cosas para dos noches fuera de casa. Mi computador, para escribir esta crónica. Y algo de marihuana. Son las 4.00 de la tarde. Tengo que asistir a mi cita con mi analista y luego me encontraré con Tania en el metro para caminar al hotel. Transporte público y hotel 5 estrellas puede parecer contradictorio. Pero pueden coexistir, sobre todo en una mente contradictoria y en un bolsillo precario. Aun así, sigo sintiendo que no lo merezco, que no pertenezco a ese lugar. Espero no ponerme paranoico en el hotel, pensando que están hablando (mal) de mí. Nada que una ebriedad de dos días no aplaque. Pero de repente me asaltó un aire de superioridad. Era una estrella de rock. Un escritor famoso. Una leyenda. Por suerte tomo estabilizadores del ánimo, porque la hipomanía estaba a la vuelta de la esquina. De alguna manera mi sesión con mi analista había surtido efecto apenas salí de la consulta. “Tu culpa viene aparejada con tu egocentrismo. Nadie piensa en ti. A nadie le importas. Y eso está bien”. Me hizo sentido. En realidad, no le importaba a nadie y mientras menos importancia me daba, mejor me sentía. Tomé el metro y me sentí libre, ya no perseguido por las miradas y las conversaciones que, minutos antes, pensaba que tenían que ver conmigo, con mi forma de vestir, con mi forma de pararme, con mi forma de ser. “No, no estás psicótico- me dijo una vez mi psiquiatra- solo eres un neurótico con rasgos paranoides. Más ligado a la ansiedad que a la psicosis”. Eso, supongo, terminó por tranquilizarme. Lo único que quería ahora era llegar al hotel, hacer el check-in, dejar mi mochila y bajar al bar a tomarme un Martini con mi chica, al mejor estilo de Lost in translation. Siempre quise ser Bill Murray y supongo que a Tania no le iba a molestar ser Scarlett Johanson por un día. Ojalá dos. Pero antes tenía que pasar a comprarme un traje de baño, para utilizar la piscina, y unos calcetines negros, aprovechando el impulso, ya que llevaba al menos dos años usando los mismos calcetines de siempre, llenos de hoyos y con nada de glamur. También queríamos abastecernos de alcohol y algo para picar. Es algo realmente absurdo venir dos noches a un hotel que está en tu misma ciudad, a un cuarto de hora de tu casa, pensaba en el camino.
Llegamos al hotel con una bolsa de cartón llena de papas fritas, chocolates, maní con miel, queso camembert, mermelada de pimentones, aceitunas rellenas de anchoas y jamón serrano. En la cartera, Tania llevaba un six pack de cerveza. También había traído un vino. Nos abrieron la puerta de la entrada. “Buenas tardes”, nos dijo el tipo de la puerta. Probablemente era el gesto más cariñoso que habíamos recibido en años de parte de un desconocido. Y es que el hotel tenía eso, eso extraño, difícil de describir. Algo que se nota apenas entras. El aire cambia, es más ligero y fresco. Hay una leve fragancia aromatizadora que te relaja las sienes y el entrecejo. Suena un jazz suave en el lobby, y alcanzo a identificar los labios de Paul Desmond sobre la boquilla del saxofón alto. El lugar, sin duda, tiene clase. Es como un motel nos decimos con Tania al oído- pero elegante. Nos ofrecen dos fríos vasos de agua con un toque de limón.
– Buenas tardes, tenemos una reserva para dos a nombre de Alberto Walpurgis
– Buenas tardes. Okey, ahora reviso.
La chica se pone a teclear cosas en el monitor mientras miro a Tania. Está hermosa. Se puso un vestido largo que le llega hasta un poco más arriba de los talones y se acaba de retocar el pelo con tintura naranja. Es la pura expresión del verano. Me da sed verla. Estoy caliente desde que me la encontré en el hotel. Iba todo el trayecto imaginándomela en esa amplia, tersa, suave y blanca cama Super King.
– Su habitación es la 1001, piso 10. En el piso 15 está la piscina, una temperada y la otra a temperatura ambiente. Tienen toallas y batas en su closet. El desayuno comienza a las 9.00. Tienen dos cafés de cortesía en la habitación. El check-out es el domingo a las 12. Que disfruten su estadía.
Subimos al piso 10. Tania me miró y yo miré a Tania. Estábamos entusiasmados. Habíamos dejado Santiago atrás, con todo lo que eso conllevaba, y no nos habíamos movido más que unos pocos kilómetros de nuestras casas. Ahora lograba entender un poco más a las personas que se alojan por unas noches en un hotel de su misma ciudad. No me quejaría si lo hiciera de vez en cuando. Ella estaba emocionada, lo veía en sus ojos. Era una especie de luna de miel. Me abrazó y me dio un beso. Llegamos al piso 10.
Lo primero que vimos cuando entramos fue un gran ventanal que daba directo hacia la cordillera. La mitad del cordón montañoso frente a nuestros ojos. Quería decirle lo linda que se veía a Tania, pero cuando me di vuelta para hablarle ya se había adelantado algunos pasos. Estaba desnuda sobre la cama. Tenía un leve bronceado en el cuerpo que la hacía contrastar con el blanco de las sábanas.
– Cierra las cortinas- me dijo, casi como una orden.
Yo cerré las cortinas y me acerqué a ella.
– Bájate los pantalones
Yo obedecí. Comenzaba bien la tarde.
Prendí la tele y puse en Youtube el disco homónimo de Cachaito López que había descubierto ese mismo día. Latín jazz. Cuban jazz. Jazz. Jazz. Jazz. Tania sacaba las cosas de la bolsa y las iba poniendo sobre el escritorio incrustado en la pared. También habíamos traído algunos libros: Fiesta, de Hemingway, Diario de una persona inventada de Cecilia Pavón y una biografía de Teresa Wilms Montt. He estado intentando leer a Hemingway hace tiempo, pero todavía no logra engancharme. Debo admitir que en un comienzo me llamó más la atención su vida que su obra, lo cual es algo que me suele pasar. El mito de Hem era, para mí, más fuerte que su literatura. Me había leído Paris era una fiesta cuando vivía en Barcelona y me había gustado. Luego intenté con los cuentos, pero no pude seguir. Lo sentía muy seco y poco confesional, poco autobiográfico. Y es que cuando abro un libro lo que quiero es abrir una vida. Quiero sentir el corazón latiendo, la sangre fluyendo a borbotones. Quiero tocar los tendones y los músculos y sentir el olor a grasa quemada. Quiero ver cómo se mueven los ojos, los dedos, como gorgotean los genitales. Y me costaba encontrar eso.
– Sácame una foto- le dije a Tania, desnudo sobre un sofá en la esquina de la habitación
Y así comenzamos como dos niños a los que los dejan solos en un hotel en otro país sin supervisión adulta. Tomamos cerveza y bailamos y vimos cómo el sol se iba poniendo al son del contrabajo de Candelario Orlando Lópes Vergara, alias “Cachaito”.
Eran cerca de las 9 cuando vimos que la cerveza se nos había acabado. Ya estábamos un poco ebrios y más que felices. Teníamos una fiesta dentro de la habitación.
– A las 10 cierran la piscina. ¿Vamos? – me preguntó Tania, bailando sobre sus dos pies hermosos
– Vamos, pero antes fumémonos un pito. Bajemos y luego nos vamos directo a la piscina
– Perderemos mucho tiempo. Fumemos aquí.
– ¿Cómo aquí?, no se puede fumar, tienen detectores de humo, nos podrían echar del hotel
– Tranquilo, no va a pasar nada. Fumamos asomados a la ventana
– Cariño, mira el tamaño de esa ventana, apenas caben cuatro dedos
Tania se acercó a la ventana y sacó su cabeza.
– Mira, ¿ves que si se puede?
Me pareció una pésima idea, así que decidimos hacerlo. Armé el pito y fuimos por turnos fumando con la cabeza 10 pisos sobre el nivel de la calle. Prendimos el aire acondicionado por las dudas.
– Estoy voladísimo- le dije
– Yo también.
– Vamos.
Nos pusimos nuestras batas y salimos en dirección al piso 15. Cuando llegamos había una pareja dentro del agua. Dos argentinos. De San Luis, sabríamos después. Pero duraron poco con nosotros. Se salieron poco después de que entráramos. Quizás les habíamos interrumpido su “momento-pareja”. Eran simpáticos, sin embargo. Hablamos un poco. Ella se dedicaba a hacer análisis de ADN para el gobierno. Odiaba a Milei. Decía que estaba loco. Le pregunté si había visto la serie “Dexter” y me dijo que no. Y que tampoco había visto “CSI”. El tipo, un hombre gordo y masculino, dijo ser agrónomo, pero no especificó nada más allá del trabajo con plantas ornamentales. No me supo decir de qué tipo de plantas hablaba. Algo me olía raro. Probablemente eran agentes secretos enviados por el gobierno de Milei a sabotear las elecciones presidenciales en contra de Janet Jara. No me imaginaba a ningún votante de izquierda en este hotel. Aparte de nosotros, dos polizones a lo Gonzo.
Cuando se fueron de la piscina quedamos solos con Tania. Tania me miró. Era un animal hambriento, esta mujer. Se me acercó poco a poco nadando en el agua. Estaba tan drogado que me costaba respirar, porque sentía el peso del agua sobre mi pecho y los latidos de mi corazón bombeando por toda la piscina. Intenté escapar de Tania, pero no podía hacerlo muy rápido, por el roce con el agua. Un cocodrilo me perseguía. Yo flotaba en líquido amniótico. Luchaba por mi vida. No quería ser sacado a la luz, estaba bien en mi ambiente uterino. Buscaba mi cordón umbilical para, por último, ahorcarme si era necesario, en protesta contra una vida que no fuera la vida que estaba viviendo en ese momento. El agua estaba caliente y mi cuerpo también.
– Nos quedamos sin alcohol- le dije
– Te invito un trago en el bar.
Bajamos y el bar ya estaba cerrado. Buscamos algún otro cerca de donde estábamos. Quedaba a un par de cuadras más abajo.
– A esta misma hora, en cualquier otro lugar, nos estarían robando. Pero mira aquí, están todos felices y caminan como si nada. Es como estar en Miami
– ¿Miami es seguro?
– No tengo idea, pero es como estar en Miami.
– ¿Has ido a Miami?
– No, ¿tú?
– No. ¿Y cómo sabes que es seguro?
– Me lo imagino
– ¿Has visto Scarface?
– No, pero podríamos verla en la noche
– Quería proponerte ver Miedo y asco en Las Vegas
– No la conozco, pero veámosla.
Llegamos al bar. Estaba lleno. Lleno de zorrones. Era increíble. Nunca había visto un lugar tan lleno de zorrones.
-Están todos vestidos igual- dijo Tania
Ella pidió un Gin Tonic y yo un Espresso Martini. Bebimos y nos reímos de la gente que estaba a nuestro alrededor. Y probablemente la gente que estaba a nuestro alrededor se reía de nosotros.
– Probablemente todos estos voten por Kast mañana- dijo Tania
– Sin dudas. Putos fachos de mierda.
Nos pedimos un último trago para compartir. Lee Morgan´s algo, se llamaba. Delicioso.
Nos devolvimos dando tumbos. Estaba completamente ciego. Entre el cloro de la piscina, las cervezas, el vino, los dos tragos y la marihuana, ya apenas podía ver. Tania me llevó afirmado del brazo. No sé cómo entramos al hotel, pero de repente me veo follando con Tania y al otro segundo viendo la película. Creo que Tania vio los primeros cinco minutos y luego se quedó dormida. Yo vi un poco más y apagué todo. Al día siguiente Tania me contó que me descubrió a las 5 de la mañana parado frente al ventanal quejándome de algo que no lograba entender. Al parecer estaba sonámbulo. Me dijo, “vuelve a la cama”, y como si hubieran sido un par de palabras mágicas yo reaccioné y volví al saco. Esa fue nuestra primera noche en el hotel.
3.
Nos levantamos a las 10 para alcanzar a tomar el desayuno. Tenía una resaca terrible.
– Necesito una cerveza- le dije a Tania, aún sin poder articular bien las palabras.
– Tienes que darte un descanso, cariño, en algún momento, no ahora, porque eres joven todavía, pero en algún momento tu hígado se va a pudrir y se te va a salir por el culo como una pasa.
Tania solía ser bastante gráfica cuando se lo proponía.
Beber alcohol era una de las cosas que más me gustaba hacer, pero era, a la vez, lo que me hacía más mal. La depresión me duraba dos días, a veces tres, y tenía que volver a emborracharme para ver la vida con mejores ojos. Era un círculo del infierno, pero no estaba preparado para afrontar este tipo de problema. No me imaginaba una vida sin alcohol. ¿Qué hace la gente que no bebe? No lo sabía. En fin. Bajamos al primer piso.
El desayuno era del tipo “continental”. Creo que nunca había comido tanto en un desayuno. Apenas podía caminar, luego de comer. Volvimos a la habitación y follamos. Otra de las cosas que más me gusta hacer, aparte de beber, es follar después de alguna gran comida. Por alguna razón que desconozco, me ponía caliente después de comer. Era el mejor postre. Nos quedamos un par de horas tirados en la cama, ordenando un poco el desastre de la noche anterior. Pusimos Scarface en la tele y Tania volvió a quedarse dormida. Yo llegué hasta la parte donde Tony visita a Sosa en Bolivia y matan a la mano derecha del jefe. Tania despertó y salimos a buscar algo para comer. Nos sentamos en el pasto del parque que teníamos cerca y comimos una pizza y tomamos un litro de bebida. Por lo general no comía basura, pero cuando tenía resaca me daba ciertas licencias. Era como si el cuerpo pidiera a gritos grasa saturada. Volvimos al hotel y en el camino me escribió un amigo. Quedamos en que iría al hotel. Me dejaban invitar a una persona hasta las 10 de la noche. Cuando llegó nos encontró viendo la película. Nos dijo que más tarde tenía una cita, y acto seguido sacó dos botellas de rosé, una para compartir con nosotros y una para compartir con su chica. Bebimos y fumamos y bailamos. Comencé a ponerme paranoico, me pasaba seguido cuando fumaba mucha hierba.
Les dije que bajáramos al lobby a respirar un poco de ese aire purificado de los hoteles. Bajamos, con los ojos inyectados en un rojo intenso. Tomamos el ascensor y no me van a creer, pero ahí estaba Pedro Juan Gutiérrez. ¡Pedro Juan Gutiérrez! A qué piso van, nos preguntó con amabilidad y olor a ron. Al primero, le dije.
– ¿Tú eres Pedro Juan?
– Si- me dijo- ¿por qué?
– Me acabo de terminar un libro tuyo
– Ah, ¿sí?, ¿Cuál?
– Sabor a mi
– Es el que menos me gusta, pero está bien
– Si, me gustó más Animal tropical
– Ese es bueno, lo escribí completamente ebrio
– Yo también escribo ebrio- le dije, en un tono entre orgullo y vergüenza. Tania y H me miraron juzgándome un poco.
– Recomiendo escribir borracho y editar sobrio
– Eso lo dijo Bukowski- le dije, pillándolo
– Jajajajaja, sí, es verdad. A veces se me confunden las ideas.
Llegamos al primer piso.
– ¿Qué van a hacer ahora, muchachos? – Nos preguntó. La lengua se le trababa un poco, y tenía ese acento cubano que bailaba dentro de su olorosa boca, mezcla de puros habaneros y ron made in Cuba.
– No tenemos nada planeado, salimos a tomar aire, la pieza estaba viciada
– Huelen a hierba- nos dijo riéndose- ¿no tienen más?
Atravesamos el pasillo del comedor y nos fuimos a la terraza. No había nadie. Tania y H se fueron a conseguir unos cafés en la entrada, donde estaba la mesa de las cortesías.
– ¿Y qué haces aquí, Pedro Juan?
– Vine a dar una conferencia
– Mira, interesante
– No tanto, en general hablo lo mismo que escribo en mis libros. No hay gran novedad
– Supongo que ese es el precio que hay que pagar por escribir autoficción, ¿no?
– Supongo
– Y dónde es la conferencia
– Aquí mismo, en el -1
– Pero escuché que hay un encuentro de astrónomos. ¿Tu conferencia es hoy?
– Si
– Debe haber algún error
Pedro Juan me miró con cara de, qué mierda
Llegaron Tania y H con los cafés.
-Chicos- nos dijo Pedro Juan- ¿no le interesaría ir a un encuentro de astrónomos donde hablaré de realismo sucio?
Nos miramos. Buscamos qué relación tendríamos con los astrónomos. A los tres nos gustaban las estrellas. Supongo que eso era suficiente.
– Vamos- dijimos los tres, probablemente sin saber en qué nos estábamos metiendo. Pero no teníamos mucho que hacer. Así que sí.
Fuimos al bar del hotel y nos pedimos 4 cuba libres. Pedro Juan se lo tomó de un trago y luego pidió otro. Y luego otro. Y luego otro. Hasta que los 4 estuvimos en el mismo tono.
Se hizo de noche.
– ¿Bajamos? – preguntó Pedro Juan
Caminamos ebrios por el pasillo hasta el ascensor. Adentro había 3 tipos con acreditaciones astronómicas colgándoles del cuello. Dejamos una nube densa de ron y cigarros. Los tipos nos miraron con desconfianza.
Salimos y escuchamos ruido en la sala de conferencias. Había un catering lleno de comida y bebidas y jugos naturales. Los cuatro nos acercamos con un bajón del infierno y nos comimos la mitad de la mesa. Los tipos nos miraban con cara de asco. Probablemente olíamos mal. Todavía no empezaban a dar rienda suelta a la cháchara del universo. Me di cuenta de que Pedro Juan no estaba. Lo busqué con la mirada y lo vi meando en una esquina de la sala. H estaba durmiendo en una silla, cerca de la tarima. Y Tania me tomaba de la mano, con los ojos flotando en alcohol. Vi a Pedro Juan cruzar por entremedio del grupo de nerds del espacio. Se plantó en el podio y tomó el micrófono. Comenzó:
– Sois todos unos imbéciles de la ostia.
No entendía por qué hablaba en un español de España. Supuse que era porque la mayoría de sus libros estaban publicados por Anagrama. Continuó:
– Fijaos en las estrellas y en sus caras de culo mirando hacia nosotros, pobres diablos insignificantes.
Los astrónomos se miraban confundidos. ¿Quién era este tipo y qué hacía hablando estupideces?, ¿Cuál era el aporte de Pedro Juan para la ciencia?
– Iros a lamer las huevas al lobby, infelices. Yo escupiré sobre vuestras tumbas.
Comenzaron a abuchearlo y se le abalanzaron. Uno de los ñoños le pegó un combo en la mandíbula y Pedro Juan cayó al suelo. Fuimos con Tania a recogerlo y al levantarse se vomitó la guayabera. Alguno de los comensales debió haber llamado a los guardias, porque bajaron tres rápidamente y nos echaron a patadas. Lo raro de todo esto es que solo expulsaron a Pedro Juan del hotel. Me despedí de él como pude, mientras se lo llevaban a la policía, que esperaban en la entrada. Nunca pensé que iría a conocer a Pedro Juan.
4.
Eran las 9.30 y Tania dijo que iría a la piscina temperada, que estaba abierta hasta las 10. Nos quedamos con H un rato más, bebiendo y fumando y bailando en la habitación y luego se fue y yo subí a la piscina. Estaba mareado. Con cierta ayuda divina logré ponerme el traje de baño. Una vez arriba me encontré a Tania en una esquina. Había dos parejas muy juntas la una de la otra. Cuchicheaban y se besaban y Tania me miró con cara de “por favor, sálvame”. La escena tenía algo de siniestra. Algo se cocía en esa piscina. Probablemente se estaban metiendo los dedos ahí debajo del agua. De repente vi un chorro de semen flotando en el agua y supe que era momento de salir. Por suerte entró un tipo, parte del staff del hotel, a “ECHARNOS AMABLEMENTE”. Nos secamos y subimos. Follamos. Me dolía el pene de tanto follar. En un momento se me cruzó por la cabeza la idea de que quizás se me podía caer. Pero luego recordé que estaba ebrio y que no era una idea muy razonable. Aun así, sentí terror. Nos secamos y bajamos al bar. Estaba vacío. Tania se pidió un mojito en honor a Hem. Yo me pedí un Amaretto sour en honor a nadie. Luego se pidió un Tom Collins y yo un Bloody Mary. El camarero se nos acercó y nos dijo que ya iban a cerrar. Pedimos un cuba libre para compartir, en honor a Pedro Juan. Cuando nos llegó el vaso nos sorprendió ver que el 90 por ciento era ron. Pero a esa altura de la noche el alcohol ya no sabía a nada. La cuenta salió 35 mil pesos. Intenté pagar, pero me había quedado sin fondos. Tania tenía que transferirse dinero de una cuenta a otra y por primera vez en el viaje sentí vergüenza de no tener cómo pagar. Estaba vestido de traje, elegante, glamoroso, al mejor estilo del Gran Gatsby, pero no tenía como pagar nuestras bebidas. Tania lo logró. Subimos como pudimos y nos acostamos. Esa fue nuestra última noche. Y ya no hay mucho más que contar. Cuando le leí a Tania y a mi amigo el avance de esta crónica ambos me preguntaron cuál era la trama. No hay trama, les dije. Nunca hay trama. Las cosas simplemente se suceden. Es un largo presente continuo. Se miraron un momento en silencio. Quizás no era un muy buen escrito, pero era algo. Tenía que comenzar nuevamente a soltar los dedos si quería ponerme en campaña para escribir una segunda novela.
Por Rodrigo Ponce











