De todos los ladrones de Europa, probablemente el más difícil de capturar era Hercule Flambeau. Acrobático, ingenioso y dueño de una fuerza colosal, este artista del robo dejó en ridículo una y otra vez a las autoridades de su época. Cuentan incluso que, en una ocasión, lo vieron corriendo por la calle Rívoli con un policía bajo cada brazo. Se diría que Flambeau no robaba por ambición, sino por deporte, y lo hacía con un profundo sentido de lo teatral. Hasta que una noche, tras efectuar su más grande golpe, el robo de los diamantes conocidos como “las estrellas errantes”, abandonó sus correrías criminales para siempre.
Al otro lado del océano, dos ladrones bastante menos célebres que Flambeau correrán la misma suerte. Morán, un oscuro funcionario de una pequeña sucursal bancaria en Buenos Aires, cometerá el primer y último robo de su vida: la suma de dinero equivalente a todos sus sueldos desde ese momento hasta su jubilación. James Blaine Mooney, padre de familia y proyecto frustrado de arquitecto, se verá forzado a abandonar su vocación como ladrón de arte tras el único robo exitoso de su carrera: la billetera de una desprevenida y frágil anciana a quien asalta en un callejón.
Los delincuentes (2023) de Rodrigo Moreno y The Mastermind (2025) de Kelly Reichardt constituyen interesantes reinvenciones del subgénero “película de robo” (heist movie). Ambas se desmarcan de un ilustre linaje de planes criminales perpetrados en pantalla: desde joyas del cine negro como The asphalt jungle (1950) y The Killing (1956), íconos noventeros como Reservoir Dogs (1992), Heat (1995) y The Usual Suspects (1995) hasta ejercicios más recientes como Baby Driver (2017) y la serie Lupin (2021), pasando por clásicos como Ocean’s 11 (1960), The Thomas Crown Affair (1968), Italian Job (1969) y sus respectivos remakes de los 2000.
Dentro de esa familia de películas, las propuestas de Reichardt y Moreno se comportan de forma bastante peculiar. A su manera, adoptan algunas convenciones del género “heist”. Entre ellas, se encuentra el típico ensamble de profesionales –en sí mismo una metáfora del trabajo colaborativo del cine–, un equipo altamente calificado compuesto por un experto en explosivos, un hacker, un conductor, un maestro del disfraz y un cerebro detrás de la operación. The Mastermind juega con esta convención desde su título. Mooney, la “mente maestra”, y su equipo sorprenden por su incompetencia, falta de profesionalismo y cobardía en la ejecución de un robo (cuatro pinturas de un museo local) relativamente sencillo.
Los delincuentes nos presenta otra modalidad clásica: la dupla de ladrones. Sin embargo, Morán y Román, no evocan, ni remotamente, a otras parejas criminales como Warren Beaty y Faye Dunaway en Bonnie and Clyde (1967), Paul Newman y Robert Redford en The Sting (1973). Tampoco se asemejan a sus referentes más cercanos, los porteños Marcos y Juan en Nueve reinas (2000). La asociación entre Morán y Román es azarosa, desfasada y representativa de un juego de duplicidades que recorre toda la narración. Se diría que responde más a un capricho inescrutable, objeto de psicoanálisis, que a la química y carisma buscadas por Hollywood o a las exigencias prácticas de una empresa criminal.
Mooney, Morán y Román: tres ladrones fugitivos que se escapan de las redes del género. ¿Hacia dónde van? El primer tramo de su periplo es bastante obvio: la galería del museo y la bóveda del banco. Desde ahí el rastro se irá desvaneciendo. Una vez que salen con las pinturas y el dinero, sus trayectorias se vuelven erráticas e impredecibles. Es como si los confines de la película heist fueran traspasados espacialmente dentro de la misma pantalla y ellos, dejando ese mundo atrás, incursionaran en otros, hacia horizontes de aventura, romance e introspección.
Intuyo que la única manera de seguirlos es la misma que se empleó para detener en su época al imparable Hercule Flambeau: con el hilo adecuado. Chesterton describió la captura así:
Lo pesqué con un anzuelo y un hilo invisible, lo suficientemente largo como para dejarlo errar hasta los confines del mundo, y aún así traerlo de vuelta con un ligero tirón de cuerda.
Me parece que ahí se encuentra una clave para entender el movimiento errante en Los delincuentes y The Mastermind. El hilo de Mooney está enhebrado de todo lo que el personaje evita: los problemas de la sociedad y sus obligaciones familiares. Él intenta escurrirse de todo eso. El mundo político –los conflictos armados, las protestas civiles– resuenan en el fondo como en la radio de Fallen Leaves de Kaurismaki. Pero Mooney no escucha, no quiere saber nada de eso. Otras personas luchan y trabajan por objetivos muy claros, mientras él en cambio tiene una voluntad flotante, no anclada a su familia o a un proyecto definido. A diferencia de películas como Dog day afternoon (1975) o Inside Man (2005) la motivación detrás del robo es completamente vaga. Mooney no roba por amor o por justicia. Parecería que roba –y luego le pide dinero a su madre y a su esposa– para seguir adelante, pero ¿hacia dónde? Camina por las calles y estaciones, sin retroceder, con el hilo invisible amarrado a su cuerpo, escapando no sólo de la justicia, sino de las exigencias políticas de vivir en sociedad.
El hilo de Morán-Román está hecho con un material similar: el peso de trabajar con un horario ineludible, una jefatura estricta y en un espacio cerrado. Condenado a vivir cada día del mismo modo que el anterior, como el Sísifo de Camus o los poetas en el anteinfierno de Dante. Morán, sin embargo, presenta una determinación mucho más evidente que Mooney. Hizo un cálculo. Si roba el monto X de la bóveda y lo reparte a medias con su cómplice Román, ambos podrán pasar el resto de sus vidas sin trabajar. De lo que se trata es de escapar a la alienación laboral y recobrar el tiempo libre.
Sabemos que Mooney no logra escapar. Al igual que Flambeau, fue capturado con un certero tirón de hilo. La providencia divina es inescapable, como también la dimensión política de la existencia humana que, tarde o temprano, termina cobrando su precio. Mooney siempre se sintió ajeno a esa dimensión, y acabó encerrado en un retén policial junto a otras personas que sí lucharon por sus derechos. Morán y Román no ignoraron las presiones del sistema, sino que ofrecieron una singular resistencia y lograron deshacerse de sus ataduras alienantes. Me gusta imaginarlos así, fuera del banco, de los horarios y del umbral de la película, adentrándose en la sierra. Desde la lejanía de sus derivas parece como si nos animaran a seguirlos. ¿Cómo hacerlo? Todavía no estoy seguro, pero sospecho que la respuesta se encuentra en la poesía y en los vastos llanos del tiempo.
Por Alejandro González











