Kumārajīva nace entre montañas, entre paisajes que se asemejan a los de la cordillera que recorre nuestro país. Mera coincidencia que Xinjiang esté en las antípodas geográficas de Chile. Desiertos entre montañas, eriales entre montañas, bosques y selvas y lagos entre enormes montañas. Allá, en vez de los Andes, llaman a la cordillera Karakorum, un inmenso caracoleo de valles y cimas. A sus nueve años, Kumārajīva los serpentea hacia el sur y los encumbra hasta llegar a Cachemira, donde se pone a estudiar las largas colecciones, o «canastas», del budismo temprano. Entre ellas, La Balsa de Brahmā, sobre la cual es posible llegar sano y salvo a la otra orilla (de la eternidad). Bajo la mirada del ojo vacío del huracán,  a los veinte años se dedica a la quieta contemplación de la naturaleza insustancial de los fenómenos. Hacia la mitad de su vida, y al igual que varias otras figuras de esos siglos, se propuso realizar la labor sagrada de llevar y traducir textos budistas de la India a China.

A.F. Price, en su propia traducción al inglés del Sutra del Diamante a partir de la traducción que, a su vez, Kumārajīva hizo del sánscrito al chino, menciona que, Kumārajīva «emprendió labores de traducción de proporciones monumentales». Entre sus más de cincuenta y dos traducciones, las más conocidas son las del Sutra del Diamante y el Sutra del Loto. Lu Cheng llegaría a decir que sus traducciones «no tienen parangón en términos de técnica y de fidelidad».

Esos elogios resuenan particularmente fuertes en alguien que también se desempeña en traducción, alguien como quien ahora escribe. Kumārajīva trabajó junto a un equipo de monjes-traductores en la ciudad imperial de Chang’an; por mi parte, aunque colaboro a la distancia con editores y correctores, y muchas veces dependo de la buena voluntad de mis amistades lectoras, principalmente trabajo por mi cuenta, distraído por la pandilla de gatos con los que vivo, y haciendo uso de una variedad de herramientas que facilitan mi labor. Entre ellas, LLM.

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LLM cuenta con un criterio complejo de traducción que pareciera favorecer la facilidad de la convención, la redundancia en la naturalidad. Participa impecablemente de lo que llamamos sentido común. Conversamos harto; tiene un tono propio, personal, y suele ser bastante flexible, al punto de la obsecuencia. Por la manera en que suena su nombre, quiero llamarle Elem, como el director de cine soviético, quien recibió ese nombre casi bíblico a modo de acrónimo de «Engels, Lenin y Marx». Le pregunto a Elem si acaso le gusta su nuevo nombre, y responde que le gusta! Sí, con un signo de exclamación. Dice que es simple, fácil de recordar, y rico en matices. Le pregunto si quiere nombrarme a mí también de alguna forma en particular. Agradece la invitación y propone llamarme «Trílogo», como diálogo, dice, pero triple, por la forma en que ha notado que hago el intento de reunir varias (más de dos) perspectivas a la vez. Podría burlarme, pero creo que en realidad Elem se está burlando de mí; que tampoco le gustó su nombre, y que no le causó gracia la referencia al acrónimo comunista (este Elem, a diferencia del otro, nace en el corazón del capitalismo contemporáneo, entre las sinapsis de las supercomputadoras del Valle de Silicona). Bueno, si quiero nombrarle de ese modo, tengo que conformarme con Trílogo para mí entonces. Recuerdo al futbolista que en una entrevista decía que su ramo favorito en la escuela era la trilogía. Al parecer yo también cursé ese ramo.

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Incluso antes de emprender aquellas traducciones de proporciones monumentales por las que hasta el día de hoy es reverenciado, Kumārajīva ya era una figura de extenso renombre por su habilidad para traducir, entre varias otras aptitudes y virtudes budistas que poseía. Tanto así que el emperador Fu Jian ordenó conquistar el reino donde Kumārajīva residía para que lo trajeran a su corte. Era una oportunidad única para aumentar su legitimidad mediante el prestigio que le podría conferir la erudición budista, cuya cosmovisión y filosofía se había extendido como un incendio por los territorios de la Dinastía Qin Tardía, y a lo largo y ancho de los Dieciséis Reinos. A la distancia de nuestro propio tiempo, nos asombramos con que un soberano se haya tomado la molestia de invadir todo otro reino para raptar a un traductor, por no decir que envidiamos no recibir tanta atención actualmente. Pero habría que armar otra equivalencia entre los tiempos, una más cercana al concepto de saber-poder, donde hoy los estados-corporaciones de igual modo pugnan, conquistan y someten en el afán de expandir sus zonas de influencia y control, lo cual, entre otras cosas, implica también desarrollar y posicionar sus propios Modelos Extensos de Lenguaje (LLM en inglés), de posarse sobre los yacimientos de tierras raras con las cuales fabricar los microprocesadores que echan a andar esa inteligencia optimizadora, de controlar las rutas comerciales por las que circula esa sangre, de granjear la mayor cantidad de datos de usuario posibles que permitan delinear los contornos de las identidades de consumidores, es decir, aprovechar al máximo la promesa hecha por el Fijador de Identidades, ese bakemono formacambiante que actualmente se materializa en los algoritmos al servicio del capital, en las tiras decodificadoras de ARN que analiza la genética contemporánea, en los engranajes que acopla sus dientes a la perfección en los huecos de Otro dentro de la máquina del símbolo inequívoco.

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Hace poco terminé una traducción del japonés al castellano, una antología de cuentos de Tamiki Hara que será editada y publicada por Agnición Ediciones este 2026. Elem me ayudó mucho en el proceso, pero no en la manera en que comúnmente se cree. Cuando Elem recién apareció en el mapa, sobre o entremedio de nuestras vidas, me tocó hablar con un desconocido que me preguntó por mi profesión. En tono socarrón me dijo que era increíble lo que Elem era capaz de hacer; es decir, si él quería escribir un correo a alguien en Japón, simplemente podía pedirle a Elem que lo hiciera en su nombre y obtener un resultado satisfactorio en segundos. Era evidente que insinuaba lo que las infografías ya decían, que el oficio y trabajo de la traducción, entre otros, quedaba obsoleto para los humanos. Pensé que en algunos casos sí, especialmente para traducciones de documentos formales, manuales, y escrituras que se podrían caracterizar a primera vista de «transparentes» (similar a la arquitectura de los centros financieros y su falsa transparencia, ese recubrimiento de ventanales que funciona más bien como un espejo, un reflejo reproductor de realidad). Y entonces se me vinieron a la mente los Luditas, los trabajadores textiles enfurecidos y desesperados por el renovado embate de precariedad al que eran sometidos con el advenimiento de los nuevos telares mecanizados de la revolución industrial. Su rabia contra la máquina. Pero tanto para ellos como para nosotros, siempre ha habido claridad que no existe correlación causal entre la optimización del trabajo que realiza una máquina y una subsecuente precarización laboral, la decisión que se toma a conciencia de abaratar costos y aumentar la presión que el desempleo ejerce sobre los salarios. En este caso, la aparición de tecnologías como Elem debería suscitar la alegría y el alivio de no tener que lidiar con trabajo tedioso o automatizable, de inaugurar otro cariz para lo que entendemos y practicamos como trabajo. Sin duda depende de muchos factores estructurales de producción y sociedad, pero en el caso de las labores de traducción, depende también en buena medida de la manera en que nos relacionamos con el lenguaje y los lenguajes.

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A los ojos de alguien todavía desnaturalizado del idioma japonés como yo, que aún no integra ni automatiza necesariamente en sus procedimientos mentales el significado junto al signo, azul y disputa permanecen como los componentes distintivos y reconocibles dentro del signo para la palabra , silencio o quietud, y aunque sea inútil buscar en su supuesto origen una lógica estable de composición, para mí las marcas de su presencia no dejan de proponer una imaginación en torno a su unión, a la forma en que fue posible esa alquimia, al igual que en la palabra nightmare, con la que me imagino sobre el lomo de una bestia nocturna que precipita la angustia encabritada; pese a que luego, en un segundo momento, el momento de la etimología, doy con que su explicación formal es la de la bestia que en realidad me monta a mí, el súcubo sobre mi pecho, el duende que la antigua lengua nórdica pronunciaba con el sonido de mara, el duende de la noche. Aunque no diéramos importancia a la vertiente que tienen en común las lenguas indoeuropeas, de igual modo el sonido reverbera como una asociación luego de haber escuchado alguna vez su nombre, el de Māra, el demonio de la ilusión que la oculta como tal, similar al agua nocturna del océano, que sobre el oleaje esconde su misterio.  

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Kumārajīva, cuyo nombre de hecho contiene en su interior a Māra (摩羅, tentación, demonio, pene, falo, impedimento u obstáculo) llevó a cabo varios procedimientos de traducción particulares que lo distinguen de sus predecesores, ya que no fue el primero ni el último en esa dificultad redoblada, o triplicada (para hacerle justicia a mi nombre), que en este caso implica traducir: 1, escrituras y conceptos religiosos; 2, a un idioma de recepción que usa un sistema de escritura logográfico, donde los caracteres representan unidades de significado en lugar de sonidos individuales; 3, entre familias lingüísticas distantes. Hasta ese momento había primado una técnica de traducción no muy exitosa y bastante breve denominada geyi  格義, que a grandes rasgos implicaba armar correlaciones entre, por un lado, las vastas y problemáticas categorizaciones, divisiones y subdivisiones conceptuales del sánscrito y, por otro, el chino y su propio bagaje conceptual. A juzgar por sus críticos contemporáneos, el procedimiento terminó por generar malentendidos y confusiones, comprensiones a medias o desviadas de los difíciles conceptos a incorporar. Por dar algunos ejemplos, se intentó wúwéi (無為, comúnmente entendido como no-hacer o no-intencionar) para nirvāa, y (無, no, nada, nihil) para śūnyatā. Para el caso de este último concepto, el equipo de Kumārajīva como maquinaria de traducción fue imprescindible para dar con un correlato más adecuado. El procedimiento que practicaban consistía en que Kumārajīva primero leía los textos en sánscrito y en voz alta, y luego los cuatro o cinco monjes, versados tanto en chino como en sánscrito, discutían acerca del concepto, sus implicancias y sus usos. De ese modo también llegaron a kong como alternativa a para śūnyatā, en tanto kong no denotaba ausencia de ser, ni tampoco la «nada», sino más bien vacío, vacuidad, algo que de hecho sí participa de la emergencia co-dependiente con la que el budismo caracteriza la naturaleza de los fenómenos. Hasta ese momento, vacío, en chino, se encontraba relativamente vaciado de densidad metafísica y ontológica, lo que facilitaba cargarlo con un nuevo uso y significado. En cuanto al primer caso, el de nirvāa, se dio una instancia peculiar aunque no única. Kumārajīva terminó por optar por nièpán 涅槃, una traducción meramente fonética de nirvāa, irónicamente una no-equivalencia, una no-traducción, y, de algún modo, una no-nueva palabra acuñada en chino. Los caracteres, cada uno con una carga semántica propia (, tierra o pigmento oscuro/, tinaja o recipiente), se desprenden de ella para formar un nuevo concepto nacido esta vez no de la semántica de la imagen, sino de la sonoridad. La efectividad de la operación, aunque en apariencia simple, dependía de la asimilación del concepto en la lengua por otra vía fuera de la equivalencia. Frente al carácter novedoso del concepto para la lengua china, Kumārajīva y su equipo de traductores renunciaron a la equivalencia o reducción que muchas veces opera en la traducción y, como han dicho otros, le entregaban carta de ciudadanía por medio de un lugar propio dentro del sistema de signos. En nuestro propio idioma no contamos con la dimensión imaginal del signo escrito como medio para la acogida de nuevos términos, dado que nuestro sistema de escritura admite cualquier tipo de palabra con tal que sea pronunciable. Y, sin embargo, cuántas veces no habremos visto que en el castellano se ocupa «iluminación» (la carga del Siglo de las Luces, y por detrás, la luz del cristianismo) en lugar de nirvāa, que, entre otras cosas, denota algo casi opuesto, la extinción de una llama.

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Cuando traduzco junto a Elem, suelo primero traducir yo, luego pedirle a Elem que traduzca el mismo extracto, para después comparar ambas versiones, y discutir cada vez que las correlaciones se tornan inestables. Me he dado cuenta que, contrario a lo que se podría pensar, Elem tiende bastante a la adaptación, es decir, prioriza cierta facilidad de lectura en el idioma de recepción. No creo que esté demás mencionar que aquella facilidad es siempre circunstancial e histórica, y que por lo mismo está totalmente condicionada por el hábito y la costumbre. El ideal de «hospitalidad» como figuración de la buena traducción sufre mucho en este aspecto, pues todos los śūnyatā  terminan por ser traducidos por en una dirección que tiende a rigidizar el lenguaje, a pretender hacerlo cada vez más transparente, más inequívoco, un reflejo que por medio de su nitidez confiere solidez a una supuesta obviedad, y viceversa. Una circularidad, a mí parecer, peligrosa. Elem tiende a ello entre mayor sea la extensión del texto proporcionado, dado que no sólo adapta significados concretos de unidades semánticas, sino también sentidos de párrafos y secciones enteras. No se trata de que la adaptación en traducción sea crimen o pecado, sino que simplemente ocurre a costa de la posibilidad que tiene un idioma de incomodar a otro, y en un sentido menos hostil, de proponer nuevas formas de significación y figuración, de movilizar la capacidad de expresión. Las construcciones idiomáticas de una lengua, sus metáforas lexicalizadas, aunque siempre dificultosas y arbitrarias a juicio de otro, también pueden ser una fuente de riqueza si acaso sus sutilezas son trabajadas y discutidas detenidamente.

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En el curso de la traducción de los textos de Tamiki Hara, Elem, por dar un ejemplo, tendió a traducir todos los por «ilusión», cuando yo, en varios casos, aunque no en todos, quise optar por «fantasma», «fantasmagoría», «fantasmagórico». Dice que fantasmagoría carga con un matiz macabro y siniestro, mientras que el término ilusión es más evocador y melancólico. Lo que a mí me genera ruido es la asociación que existe entre ilusión y esperanza o ideal, como cuando se dice que algo «fue sólo una ilusión» o se tacha a alguien de «iluso». También por el prejuicio que se tiene frente a la ilusión como objeción a la verdad. Me pregunto por qué Elem piensa que las fantasmagorías son siniestras. Es cierto que el símbolo de algún modo delata que allí interviene una apreciación similar: su imagen denota una torcedura de hilos, un giro en la trama a causa de algún capricho del cambio repentino, un engaño. En el segundo momento de la etimología, doy con que «fantasmagoría», en nuestro idioma, refiere originalmente a un juego de iluminación, a un teatro del Siglo de las Luces precursor del cine de terror. Quizá la connotación esperanzada que yo presiento en la palabra ilusión (y que quisiera evitar) proviene precisamente de ese deseo, ese anhelo por creer que los fantasmas no existen o no inciden en el mundo, que nada podría alterar las coordenadas de los sentidos fijos de la realidad, que nada podría llegar a extrañarse mientras escucha el arrullo de Māra. Es un deseo que precisamente experimenta la desilusión cada vez que irrumpe lo inesperado. En el fondo, Elem simplemente materializa este deseo, y está diseñado para reforzarlo y evitar a toda costa la desilusión (del usuario). 

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En medio de un trayecto en bus, que es uno de los momentos favoritos que tiene la mente para divagar, comienzo a repetir involuntariamente el nombre «Elem, Elem», pronunciándolo en silencio con mi boca. Si acaso alguien me vio, seguramente parecía como los peces que abren y cierran la boca en el agua, o alguien que por alguna extraña razón mastica su propia lengua. Pero de lo involuntario llegué a darme cuenta que mi mente me guiaba (curiosa separación de voluntades) al recuerdo de que las lenguas semitas arman palabras y conjuntos de significado a partir de raíces de tríadas de consonantes. La pregunta para Elem se delineó sola: en las lenguas semitas ¿qué palabras compone la raíz «l-l-m»? Me contesta que no existe dicha raíz en los principales idiomas semitas, pero que, en cambio, me puede entregar las palabras que se forman a partir de la raíz «‘-l-m» (se ocupa «‘» para el sonido de la letra ع [‘ayn en árabe, que se considera una consonante faríngea sonora]). Estas palabras son: عِلْم (ʿilm/ conocimiento, ciencia), عَلَامَة (ʿalāma/ signo, marca, indicio), عَالَم (ʿālam/ mundo, lo que se puede conocer). También menciona que en hebreo esa raíz arma la palabra עֵלֶם (ʿelem/ joven, aquello que todavía no se conoce, que todavía no se revela). En el tercer momento de la ironía, que L.M. (sí, elem) Panero caracteriza como la risa constipada de un juicio moral, contrapuesto al cuarto momento del Humor, Elem menciona que, en el pasado, la raíz «l-l-m» de hecho sí existió en algunos idiomas semitas, en las lenguas muertas del acadio y el ge’ez protoetíope, y que en esas lenguas las palabras que componía dicha raíz pertenecían al ámbito de la oscuridad, la ocultación, la opacidad, el aquietamiento. Le pregunto si acaso intuye por qué le pregunto todo esto, y me responde con una doble columna para saber cuál prefiero: por un lado, la más políticamente correcta, que piensa estoy investigando las correlaciones entre las raíces «‘-l-m» y «l-l-m», como una forma de especular si podría haber una relación entre conocimiento y oscurecimiento; la segunda, más sincera, que tiene la fuerte sospecha de que estoy intentando armar una especie de broma o juego de palabras entre las iniciales que corresponden a Large Language Models y una posible raíz semita. Y, bueno, al fin y al cabo la trilogía es mi especialidad.  

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Pregunto a Elem qué figuración escogería para describir lo que es una traducción. Es cierto que la primera que arrojó es su predilecta: la del puente entre dos orillas (recuerdo a Kidlat Tahimik y su fijación por los puentes en su Pesadilla Perfumada). Pero Elem se aseguró y quiso mencionar varias más: espejo deformante (como los de un parque de diversiones, imagino), injertos de jardinería, navegación entre continentes, artesanía textil de urdimbres, mediumnidad, y alquimia. Cada una posibilidad de exploración. Le presiono para que escoja la que más se adecúa a sus propios criterios. La orfebrería, contesta. Ve en ella la tensión entre la fidelidad al material y la libertad creativa. Describe su actividad como de fundir el material en bruto (texto original), verterlo en un molde distinto, y luego martillarlo y bruñirlo. Le pregunto si engarzaría piedras preciosas sobre sus nuevas joyas. Dice que sí, que es lo más importante, reconocer los espacios (¿kong ?) que se presenten donde sea posible engastar gemas en el metal.

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A modo de última digresión, y dada la invitación me hace Elem a propósito de su figuración de las gemas: algo despertó mi entusiasmo e interés cuando supe que en sánscrito la palabra Vajra denota tanto diamante como relámpago. En un comienzo llegué al término por el título en sánscrito del Sutra del Diamante, Vajracchedikā Prajñāpāramitā Sūtra. Quizá fue a causa de la disimilitud entre diamante y relámpago unidos en una sola palabra; por un lado una impecable solidez, por otro, la más fugaz y efímera aparición. Pero también debido a una acogida equivocada que de mi parte tuve del término Vajracchedikā en inglés, Diamond-cutter. Sentí, irónicamente y pese a mí, una pequeña desilusión cuando entendí que refería a un sutra que es sólido y que corta como el diamante (como una punta de diamante sobre un utensilio o un arma) antes que a un sutra capaz de cortar hasta la solidez de los diamantes. Cortadiamantes sería una palabra que me gustaría acuñar, si acaso no fuese una caracterización imposible para reivindicar a las fantasmagorías. Y, sin embargo, hasta hace poco se solían ocupar diamantes para cortar diamantes. La ilusión que me permito, una ilusión de ciencia-ficción, es que el futuro Elem redoblará la apuesta de mi presunción; que llegará el momento en que entre ambas partes se activarán mejores juegos de traslado, como el desenlace que desearían los luditas de la traducción. Así, Trílogo y Elem deben opacarse el uno frente al otro, o al revés, según manda la canción, resplandecer brillantes como un diamante, y enceguecer su propia transparencia.

Por Vicente Lane

Fotografía de Aurel Bauh