Los poemas de este libro, Diario de ida, son sin título. Aparentemente sin título. La autora prefirió que el primer verso de sus poemas fuera el modo de llamarlos en el índice. Tal vez no desea entregar más pistas que aquellas que van encadenándose verso a verso en nosotros, sus lectores, a medida que nos habituamos lentamente a su voz, delicada y aguda, que en un momento avanzado del libro me levanta del asiento cuando la escucho decir:

 

                                          que me sirva este dolor

                                          labrado de nieve

                                          para escalar las montañas más altas

                                          antes de todo

                                          derrumbe

Los libros de poesía que me interesa habitar no se acaban nunca. Diario de ida es uno de ellos. La gracia de los poemas es que podemos volver a leerlos una y otra vez, y mañana y después, para mantener viva esta conversación.

La poeta Wislawa Szymborska escribió un poema precioso que se llama “Puede ser sin título”. Y mientras leía Diario de ida pensé en ese poema y en tus poemas, Camila. Fue una asociación libre pero genuina. 

Cuando fue a recibir el Premio Nobel en 1996, Wislawa hizo un discurso bellísimo en donde celebró el valor y la fuerza de la poesía. “En el lenguaje de la poesía”, dijo, “donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo”.  

Leer Diario de ida, de Camila Roth, es una experiencia de encuentro con una voz que desea tanto ser habitada por nosotros, sus lectores, como nosotros habitados por ella. 

En Diario de ida hay una voz que balbucea, que duda, que interroga, que anhela, que lamenta, que desea, que se ahoga, que emplaza.

En Diario de ida hay un padre que se asoma
O se esconde
No sé

El crítico y poeta W.H. Auden nos regala una frase perfecta para decir el valor del disfrute en la lectura: “El disfrute no es, en ningún caso, una orientación crítica infalible, pero es la que yerra menos”. 

Disfruto tu libro, Camila, no porque embellezca artificialmente nuestra existencia, sino precisamente porque sabe mirar a los ojos al dolor sin soltar el lápiz. 

Regreso a Wislawa para hablar de Camila. 

“A algunos les gusta la poesía.

A algunos, es decir, no a todos.

Ni siquiera a los más, sino a los menos.

Sin contar las escuelas, donde es obligatorio,

ni a los mismos poetas, 

serán dos de cada mil personas.

Les gusta,

como también les gusta la sopa de fideos,

como les gustan los cumplidos y el color azul, 

como les gusta la vieja bufanda,

como les gusta salirse con la suya,

como les gusta acariciar al perro.

La poesía, 

pero qué es la poesía.

Más de una insegura respuesta

se ha dado a esta pregunta.

Y yo no sé, sigo sin saber, y a esto me aferro

como a un oportuno pasamanos”.

 

No saber. No saber, como un oportuno pasamanos, es un gran disparador en literatura.

Diario de ida.

Página 12: 

¿y si te quedas? 

Página 17:

que fuera o no fuera posible
echo de menos
tanto extraño
que aunque no

alguna tarde
o madrugada
disfrazados de tal vez

Más adelante:

Hacer como que
Como si aquí
Como los patos quisiera
Cielo hacia el sur

niebla 

bosque

camelias, jazmines, jacarandás

o rosas de octubre

o aromos de abril

Recuerdo la primera vez que leí la novela Stoner. Estaba en medio de ella cuando mi viejo me preguntó qué estaba leyendo. Le dije: Stoner, una novela de un escritor estadounidense llamado John Williams. ¿Stoner? Una amiga me la había recomendado enviándome por correo electrónico un párrafo del libro que describía el entierro de un viejo profesor universitario, el profesor Sloane, que había marcado al protagonista, William Stoner, y había sido decisivo en su formación: 

“Sloane no tenía familia, solo sus colegas y unas pocas personas de la ciudad se congregaron alrededor del angosto hoyo, y escucharon con admiración, congoja y respeto lo que iba diciendo el cura. Y porque no tenía familia ni seres queridos para llorar su muerte, fue Stoner quien lloró cuando bajaban el ataúd, como si el llanto atenuara la soledad de aquel último descenso. No sabía si lloraba por él, por la parte de su historia y juventud que se sepultaba en la tierra, o si lo hacía por la pobre figura delgada que una vez contuvo al hombre que había querido”. 

Compré la novela, me puse a leer y a poco andar encontré un fragmento que jamás olvidaré, y al que a veces regreso cuando quiero explicar con literatura lo que me pasa con la literatura que me afecta, que es a fin de cuentas la que más me interesa.  

William Stoner asistía a un curso de literatura inglesa y el profesor Sloane lo interroga sobre un soneto de Shakespeare. Un soneto que el profesor recita dos veces frente a todos los alumnos, y que termina así: “Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte / amar bien aquello que debes abandonar pronto”. Stoner no sabe qué decir. Sloane vuelve sobre su alumno: “El señor Shakespeare le habla a través de trescientos años, señor Stoner, ¿le escucha?”. Stoner no es capaz de terminar la frase: “Quiere decir… quiere decir…”. Y entonces Sloane da por terminada la clase. Stoner nunca olvidaría ese momento, ni su dificultad para explicar la belleza y dramatismo contenidos en el soneto de Shakespeare, y no mucho después supo que dedicaría buena parte de su vida a ser profesor de literatura: “Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona”. William Stoner estuvo lejos de llevar una vida dulce y plácida. Sin embargo, en algún momento pudo vislumbrar que el amor, más que un fin, era un modo de conocer. Y que eso valía para las pocas mujeres que hubo en su vida, además de su hija, sus padres, sus escasos amigos y, por supuesto, la literatura. 

Diario de ida le abre las puertas de par en par al Infierno, y asoman el dolor y el miedo y una voz que no deja de preguntar:

El cielo para qué
el aire
las flores deslumbradas

para qué el sol se pasea
cada día
tan burlón

Una voz a la que le escuchamos decir, hacia el final de su Diario de ida:

es de tarde y ya no sé
si vengo escapo o vuelvo

Cierto día leí un párrafo de un escritor español a propósito del intercambio de cartas y pinturas entre John Berger y Marisa Camino. Me pareció estar leyendo lo que cualquier autor o autora espera cuando decide no ya escribirlo, sino publicar un libro: “No hay autoría que defender, sino un río en el que meterse y no salir intactos. Aunque eso parezca solo literatura. Pero para eso quisiéramos que sirvieran las palabras puestas a secar junto a estos manteles, estas cartas de andar por el mundo, estos mapas de situación del alma, estos periscopios de tinta china, estos bocetos a lápiz de un tesoro que no se ha de guardar en una cámara acorazada, porque necesitan que les dé el aire de la mirada”.

Claude Roy, de quien vamos a simular por esta vez que lleva tu sangre y en verdad se llama Claude Roth, escribió un ensayo breve llamado El amante de las librerías en donde dice, a propósito de los libros: 

“Nunca he podido decidirme a conceder a los libros la cláusula de nación más favorecida, ni a considerarlos tampoco como una especie de carne seca, apergaminada, o como las flores marchitas de un herbario muy antiguo, demasiado tiempo prensado y olvidado, que vive una vida de segunda calidad. No mezclo a los seres y los libros, porque intento tratar a los libros como ellos me tratan a mí. Los libros son personas, o no son nada”. 

 

Por Francisco Mouat

 

 

Sobre:

 

 

 

 

 

Diario de ida
Camila Roth
Provincianos Editores
2024