Poder popular y futuros posibles. Apuntes en torno a Gobernar la utopía de Martín Arboleda – Por Nicolás González

Texto leído en la presentación del libro Gobernar la utopía (Caja Negra Editora) de Martín Arboleda, el día jueves 1 de diciembre en Alma Negra Librería.

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“Ninguna afirmación comunista ha sido violenta y continuamente impugnada, abolida y mistificada por la tradición y la ideología socialista como la del rechazo del trabajo. ¡Si quieres que un socialista se enfurezca, o si quieres poner en evidencia su demagogia, provócalo hablándole del rechazo del trabajo!” Toni Negri

Debo admitir que la lectura del libro de Martín produjo en mí cierta emoción indescifrable. Por una parte, propone premisas prometeicas -ese mismo ethos que invita a cierta izquierda a retomar- para levantar un programa de planificación económica, en el marco de una transición democrática al socialismo, que en su apuesta es un tremendo aporte y desafío para el panorama político actual; al tiempo que me ponía en guardia ante nociones que iban apareciendo a medida que avanzaba en el libro. Si bien tuve la posibilidad de haber leído el libro con anterioridad; quisiera evitar caer en un karaoke monótono, mostrando los aciertos y/o errores de las premisas contenidas en el libro -quién mejor que Martín mismo aquí presente para aquello- y no caer en algo así como un arboledasplaining. Entonces, intentar hacer algo distinto a lo que se suele hacer en situaciones como esta y proponer extraviar a Martín Arboleda y usar su libro como excusa para abrirse hacia otros derroteros; evitándome al mismo tiempo hacer el ridículo, restando así posibles lectores muchísimo más lúcidos.

Quisiera partir con una pregunta: ¿Cuál es el lugar del Estado en la configuración de las relaciones sociales? En tanto que organización política, es el Estado el que condensa las contradicciones de clase del conjunto de la sociedad, configurando así la relación de fuerzas entre trabajo y capital. A su vez, los modos de producción solamente existen en el entramado complejo de estructuras y de relaciones sociales que caracteriza a una formación social históricamente determinada. Si seguimos a Poulantzas -autor que aparece en el libro de Martín-, un modo de producción es un “objeto abstracto-formal” que no existe en realidad, puesto que “sólo existe de hecho una formación social históricamente determinada, es decir, un todo social en un momento de su existencia histórica”. La existencia histórica del Estado bajo el actual modo de producción, es un Estado de tipo capitalista que en su matriz contiene además -de manera estructural- una racionalidad colonial. Si los Estados encarnan procesos y estructuras que interiorizan el mandato globalitario del capital -puesto que si bien la acumulación es transnacional, su legitimación sigue siendo nacional-, la planificación económica se vuelve una herramienta que al interior del Estado las masas pueden agitar. Ya que -en palabras de Martín- “uno de los elementos cardinales de la planificación es el despliegue de los instrumentos técnicos del aparato Estatal -leyes, estatutos, planos, dispositivos regulatorios, censos, etc.-”. Se vuelve así, indispensable disputar el terreno del Estado como uno de los lugares estratégicos desde el cual instaurar una planificación económica. Para Martín, no bastan las calles y las urnas para confrontar el establishment: es necesario, a su vez, disputar el terreno del Estado e intentar romper -en palabras de Martín- con “el conseso que rechaza de plano las instituciones y entiende a los movimientos sociales, por sí mismos, como el único sujeto de cambio”. Ahora bien, dicho consenso no es tanto por una postura ideológica o una cierta desidia: es más bien una legítima desconfianza, una sospecha completamente válida que los pueblos y los mismos movimientos sociales tienen, por justas razones. Para Martín, “si una planificación postcapitalista fuese el producto de un esquema de democracia directa, no queda claro de qué manera el Estado liberal-representativo se transformaría (o desmantelaría) para darle paso a una nueva constelación de instituciones de base. Por otro lado, si una planificación de esta índole se desarrolla bajo el sistema de democracia representativa, la arquitectura del aparato de Estado tendría que sufrir transformaciones de orden estructural, las cuales aún no son siquiera discutidas por gran parte de la literatura existente”. Cuando en el libro aparece el problema de la libertad en relación a una forma Estado que, bajo un marco de planificación democrática, se transformaría en “un entramado institucional con tal capacidad de vigilancia que debería causarnos alarma”, el Estado actual, la Democracia actual así tal y como están, presentan problemas para disputar intereses económico-políticos entre los propietarios y las clases sublaternas. Puesto que, el problema que a mí entender puede resultar de todo esto, quizás emana de una concepción acotada de lo que logramos entender cuando decimos “Capitalismo” y los posibles límites que intentamos ponerle. Y es que el capitalismo no es tan sólo un “modo de producción” o una relación social -como lo fue para Marx y cierta tradición ortodoxa-, sino que más bien, ha representado ser un conjunto de enfrentamientos estratégicos que rebasa la lucha de clases (en singular) entre proletarios y burgueses; para desperdigarse en una multiplicidad de luchas de clases (en plural); esto es, una fractalidad de guerras (de clase, de raza, de sexo) que se introducen en la población y que tienden a indistinguirse de lo que llaman “paz social”; una máquinaria que articula capital y Estado, economía y política, producción y guerra. Si para Martín “una transición postcapitalista involucraría la exacerbación de los antagonismos de clase y el desacuerdo entre distintos grupos sociales”, me parece que esa exacerbación del conflicto no afectaría a todos por igual, entendiendo que la exposición a la violencia de la maquinaria capital/Estado no es la misma para todos. La conflictivad en alza que, para Martín, “sería un signo de que la comunidad política por fin se empieza a hacer protagonista de su propio drama vital”, traerá sin duda persecusión, prisión y muerte, porque creo que los patrones no estarán dispuestos a soltar tan fácilmente sus intereses, ni menos que les digamos qué, cómo y cuándo queremos producir para una mejor distribución de las riquezas.

Ahora bien, esto no significa asumir “la ilusión estatista” -como diría Jacinta Gorriti, leyendo también a Poulantzas- que encuentra en él la solución a todos los problemas de la sociedad. Y es que para Martín, es necesario tener un anclaje territorial y anímico, que confronte los nichos identitario-morales acomodados en la lógica individualista neoliberal: una cierta micropolítica que no tiene ninguna relación con lo chiquitito -como mal se piensa- sino que con la activación de una dimensión libidinal que la planificación posibilita, y que en ningún caso dice relación con lecturas de tipo “cómo tiene que vivir la gente”; sino más bien con una ampliación del campo de toma de decisiones. Ahora bien, retorna insistentemente en todo el libro la pregunta por una cierta “transición democrática al socialismo”. Y es interesante que para Martin la apuesta no es tanto por una “profundización de la Democracia” -esa con MAYÚSCULAS de la que tanto habla el progresismo bienpensante-; sino más bien por una “profundización de procesos democráticos”, en una apuesta económica y política que desafía el actual modelo neoliberal. Y aquí son claves tanto los ejemplos de municipalismo que da en el libro, como la configuración de un cierto poder popular. En relación a lo último, como dice Martín -siguiendo a Dussel en esto- si “el poder popular solamente deviene real cuando coagula en formas institucionales y órdenes estatuidos, tanto estatales como extraestatales”; nos cabe entonces la pregunta por qué instituciones debemos elaborar. Un desafío político e imaginario que nos obliga a repensar esa difícil articulación entre las organizaciones, movimientos y pueblos con las instituciones. Si el pasaje a la institución de una u orta manera es ineludible, ¿Cómo hacer para demorar ese pasaje? ¿Cómo hacer para que la geografía territorial y micropolítica, persista incluso más allá de su articulación con el Estado? Insistamos en algo más, porque Democracia y poder popular no son necesariamente lo mismo: mientras la Democracia -esa con mayúsculas- se ha transformado en la alternancia entre gobiernos de una misma élite; el poder popular dice relación con procesos de democratización de la toma de decisiones, que se dan así mismas las clases populares y no necesariamente dentro de los marcos de la arquitectura jurídico-institucional.

Si la posibilidad del despliegue libidinal -que se realiza siempre a través de agenciamientos anclados a los territorios y su organización- y la autonomía que la planificación habilita, ¿Cómo pensar un poder popular sin centralizar los medios de producción en el Estado? ¿Cómo evitar con esto último, la emergencia de la clase de “los gestores” -esos que sin ser propietarios de los medios de producción, los gestionan, en palabras de Joao Bernardo- y que siempre va de la mano con gobiernos progresistas? Aparece entonces otro obstáculo para la planificación; a saber, el progresismo en tanto subjetividad política del neoliberalismo. Entonces, ¿Qué puede una planificación democrática para transitar al socialismo, ante la planificación internacional del mercado -favorecida por los gobiernos progresistas, democráticamente electos-? Como dice Martín, “hay algo en la figura de la planificación que es subversivo, precisamente porque le imprime una historicidad densa a un momento en el que los excesos del posmodernismo y de la ideología neoliberal clausuran la posibilidad de pensar históricamente; (…) En otras palabras, la planificación no solo da forma al futuro-como-ruptura; por su naturaleza eminentemente prefigurativa, conjura mundos alternativos y por tanto es una forma mediada o modo de existencia del futuro”. Ahora bien, no sé si otros mundos son posibles, o si hay futuros posibles. Cuesta decir “futuro”, “imaginación” o “esfuerzo prometeico” cuando es precisamente el futuro aquello que se viene obturando, ya desde 1979, fecha de publicación del informe Charney -informe que alertaba de las consecuencias del incremento de dióxido de carbono en la atmósfera-. Si en palabras de Martín “los instrumentos técnicos de la planificación se pueden entender como una expresión mediada y cosificada de las visiones del futuro que emergen del poder popular constituyente”; y nuestro pesimismo no nos enceguese, creo que la apuesta podría ser ya no por “otros mundos posibles”, “otros futuros posibles”; sino que más bien por otros usos posibles de este mundo, en disputa continua con SU mundo: a saber, el mundo del capitalismo. Esto introduciría la cuestión por la necesidad de elaborar insumos técnicos e infraestructuras que permitan el depliegue libidinal y una cierta autodefensa de la planificación, “ya que una planificación económica socialista debe partir por reapropiarse los medios de producción, comunicación, logísticos y, -como dice Martín-, bases de datos, algoritmos y modelos de aprendizaje maquínico, en tanto que potencial táctico-estratégico, para redireccionarlos hacia una vocación de transformación histórica; a la vez que intenta conjugar los tiempos y problemas del fin de mes, con los tiempos largos y lentos de la planificación.

En palabras de Martín, “la consolidación de una nueva política de masas, ofrece entonces una potente infraestructura social y organizativa sobre la cual se pueda cimentar una planificación cuyo objetivo primigenio sea la incidencia en política pública y la circulación de protocolos de intervención”. El desafío de la planificación es tremendo y su reverso a un nivel político/estratégico -a mí entender- es la articulación de esas “densas tramas que combinan alcaldías, organizaciones de base, centros de pensamiento e infraestructuras de comunicación”; y la elaboración de espacios intersticiales entre todos esos elementos, dispuestos a desentumecer el pensamiento emancipatorio y lograr salir del impasse del sonambulismo político actual que, a nuestro entender, representa la peor de las catástrofes.

Bibliografía citada

Arboleda, Martín. Gobernar la utopía. Caja Negra Editora, 2021

Bernardo, Joao. Democracia Totalitaria. Editorial Marat, 2020

Gorriti, Jacinta. Nicos Poulantzas. Una teoría materialista del Estado. Doble Ciencia Editorial, 2020

 
Lazzarato, Maurizio; Alliez, Eric. Guerras y capital. Tinta Limón, 2021

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