El habitante

1

El rostro de un Habitante proyectado en un muro.

En cualquier ciudad del mundo un muro y un Habitante.

 

2

Café negro, ceniza de cigarro en el suelo.

El oficial tiene la boca vaporosa y con espuma.

Existe expectación en el entorno.

Ya no importa la “L” en los pasaportes,

tampoco las listas con nombres prohibidos.

 

Son tiempos de retornos, de regresos voluntarios,

de treguas. El oficial respira hondo y deja escapar

una sonrisa. El oficial da la bienvenida y luego

se retira apresurado, junto a su escolta espumosa.

 

Los últimos en descender del avión son Ana y el Habitante,

Caminan por la loza, es primera vez que se ven,

el trecho para llegar donde se encuentra la multitud

se hace extenso. Sus maletas son livianas,

vienen casi vacías, como el día de su partida.

 

Al llegar al acceso de salida y entrada del aeropuerto

no queda nadie, solo el tráfico habitual

de unos pocos pasajeros y los taxis negros con techo amarillo,

esperando a los últimos retornados de la jornada.

 

Dejan sus maletas en el suelo, se miran y proceden a recibirse

estrechando sus manos, a saludarse con un abrazo

y sellar el encuentro con un beso, simulando todos esos años

sin vernos”.

 

Por lo pronto hay que ordenar la casa

y conocer a los nuevos integrantes de la familia.

 

Ana abre las ventanas,

sacude los muebles y pone a tostar un poco de pan

para terminar el desayuno pendiente.

 

El Habitante enrola un cigarrillo,

se sienta a contemplar los cuadros y las fotografías

que cuelgan de uno de los muros de la casa.

 

3

El Habitante sale a la ciudad con una libreta donde escribió algunas direcciones que recordaba. Es irreconocible el paisaje, el río sigue su curso, sus aguas son pesadas y oscuras. Hay memorias inexistentes en el mapa. No encontró a nadie, ni siquiera algún vestigio.

Se sienta frente al museo, está algo agobiado, tiene sed y poco dinero. Toma agua de la que sería el último bebedero del parque. Al país donde regreso, todo se vende y se compra.

Pasan patrullas con sus sirenas encendidas, la película es en blanco y negro. Se ve mucho movimiento, autos sin placa que suben hacia el oriente. El despliegue es impresionante.

El Habitante entra a un negocio; mientras compra cigarrillos, por la televisión se informa del asesinato de un senador de la república. El locatario aplaude, una mujer que se encuentra haciendo un pan con mortadela lo increpa – ¡son los terroristas!- El habitante sale del negocio dejando atrás la discusión, las sirenas están por todos lados, le tiemblan las piernas, le sudan las manos, piensa en voz alta – no he llegado a buen lugar, necesito un trago-.

El Habitante entra a una fuente de soda en calle Bandera. Ahí se cobija y pide una malta con cacao. Se mira en el extenso espejo que se encuentra en la barra, ve pasar su vida cansada; no hay nada más que hacer por el momento, solo esperar que baje la conmoción en la ciudad por la muerte del senador y la fuga masiva de la cárcel pública. La libertad tiene un costo y el Habitante lo sabe muy bien.

Pide otra malta, se la bebe en un par de sorbos, se acomoda el jopo y su polera marinera, se arremanga los jeans y limpia sus bototos. Sale de la fuente de soda y prosigue su recorrido hacia el poniente.

El Habitante es hijo legítimo de una generación impertinente, sabio pasajero de clase incómoda, que cuando estalla en melancolía camina en busca de un recital punk en algún lugar de la vieja ciudad.

 

 

DE-CLARO 4

Rezagado de los ochentas, con bototos, jeans arremangados, poleras marineras. Pelo corte garzón más jopo y delgadez sofisticada. Recorría la ciudad entre el garaje y la nona jazz. El taller urbano y las acciones de arte sobre la calle del barrio viejo.

La otra cara de Santiago, el film del cotidiano íntimo, los Opalas, las micros antes de ser  amarillas, la intercomunal, Cumming con Alameda, las lacrimógenas, los perdigones, las juventudes agitadas por la Alameda. Una bomba en Villa Portales, Quinteros, camino al aeropuerto, Bulnes y el desquicio de los criminales en el poder. Corren los últimos días de la desesperación.

Aún tiene el mismo taller, a veces pinta, pone música en clubes, sigue con sus lecturas de Lihn, Lira y los poetas outsaider del siglo XXI. Es el ícono de la resistencia cultural, un rezagado digno y legítimo de la década. Algo barrigón por el whisky y la cerveza. Amigo del librero, del cantinero, del partner hoy convertido en delincuente de estado, de los cultos e intelectuales amnésicos, del dealer de la plaza, del peluquero y del vagabundo de zapatos pulcros y bigote amarillo por el alquitrán. Hijo legítimo de una generación impertinente, sabio pasajero de clase incómoda, que cuando estalla en melancolía busca el pantalón aflautado, el mismo que vistió para el primer recital punk en Plaza Brasil.

 

 

Por Rodrigo Peralta

Foto de Dylan del Valle (@dylaaanalogo)

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