Desde el llano

 “Algunos pueden asomarse al vacío. A otros les da vértigo”

Los llanos (2020), Federico Falco.

Cualquiera que haya atravesado una separación, sabe que la desolación y el vacío es el paisaje habitual del duelo. Una intemperie que es preciso afrontar para poder empezar de nuevo, para afianzar otra vez la vida, para volver a sembrar. En “Los llanos” (2020), de Federico Falco, ese paisaje inhóspito se llama Zapiola: “Un grupito de construcciones solitarias en medio del campo, al rayo del sol. Un pueblo apaisado y amplio, un tanto inverosímil, más baldíos que casas, más vacío que pueblo”.

Fede, el protagonista, alquila una casa cerca de este pueblo de la provincia de Buenos Aires. Es pleno enero. El sol devora el campo, la tierra se agrieta, el aire quema todo lo que toca: “En estos días, Zapiola no es un lugar que contenga, que nutra. Zapiola se ha vuelto lo áspero, lo exigente. El campo no cede, tortura”.

Leer / escribir / leer

Un hombre solo, en una casa sola, en mitad del campo, se cuenta historias que lo acompañan, recuerda anécdotas de su infancia, fragmentos de su vida, lee, escribe. Toda la novela está surcada por estos relatos y por sus lecturas. Desde Alicia Genovese, hasta Margaret Atwood; desde Virginia Woolf, hasta pasajes del éxodo de la biblia: “Los llanos” está poblada de citas, de subrayados propios, de apuntes de lecturas que relampaguean cada tanto en medio de la noche que atraviesa el protagonista. El paisaje es otra textualidad:

Era un espacio donde me podía encontrar a mí mismo.

Era un espacio donde podía leerme.

El inicio de una conversación con el paisaje

El trabajo con la escritura se hace árido, tortuoso. Se tematizan los procesos de creación literaria, los problemas estéticos, las vacilaciones, el apego a la trama… No se narra la historia de una ruptura, se narra lo roto y las fisuras, las grietas que se abren sobre la tierra, sobre el relato de su vida. Como todo, el oficio de escribir también está sometido a revisión: “Antes era escritor”, le dice a la moza que lo encuentra escribiendo en un bar, poco después de separarse, cuando todavía vivía en un departamento que le habían prestado unos amigos. Hay que pasar en limpio, tener paciencia, releer, esperar el momento propicio, “No pedirle a la escritura lo que la escritura no puede dar”. ¿Y qué puede dar la escritura? Una posible continuidad e integración de las lecturas de tres textualidades: los relatos de su infancia, las anécdotas, los recuerdos recientes; las notas / apuntes / citas de unos cuantos libros; el paisaje.

El campo como origen y destino

Aquí, el campo representa un origen y se presenta como un destino. La novela alterna fragmentos de una infancia ligada al campo, en Cabrera (Córdoba), con pasajes de su vida con Ciro, en la ciudad de Buenos Aires. Cabrera es campo, es origen, es la tierra en la que se afirmaron sus ancestros, inmigrantes italianos, son los recuerdos de sus abuelos, historias que el protagonista se cuenta a sí mismo y que a veces son el único amparo que encuentra en la llanura solitaria. Atrás quedó la ciudad, las calles del barrio, la casa que construyeron con Ciro, los siete años de esa vida compartida en la que hubo proyectos, deseos, momentos difíciles, esperanzas y desengaños. Cuando Fede decide alejarse definitivamente de todo eso para volver a rearmar su vida, después de pasar un tiempo en el departamento de sus amigos, el campo se le presenta como un destino que coincide con sus orígenes: hay que volver a la raíz, sumergirse en la oscuridad de la tierra y brotar desde allí, ganar altura de a poco, crecer, aprender.

Una huerta, un ritmo

Esa inmensa extensión de tierra que es Zapiola implica resistencia, esfuerzo, constancia, pero permite un nuevo comienzo o, al menos, la posibilidad de un comienzo: “Era un espacio donde me podía encontrar a mí mismo”. Fede trabaja en su huerta, se aferra a ese rectángulo de tierra que delimita con cuidado y cultiva una y otra vez, incansable. La novela está repleta de una gran variedad de lechugas, acelga, kale, tomates, remolacha, pimientos, zanahorias, berenjenas. La cosecha que se obtiene cada día depende del clima, de la voracidad de bichos y pájaros. Federico Falco lleva muy bien el ritmo de la narración, que está marcado por los períodos de siembra y de cosecha, por la sequía, las heladas, las lluvias. “Cada mañana, algo parecido a la desesperación. Me repito una y otra vez que hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo para la siembra. Un tiempo para la cosecha. Un tiempo para la llovizna. Un tiempo para la sequía. Un tiempo para aprender a esperar el paso del tiempo”.

* * *

En “Los llanos” hay una conversación íntima entre la hostilidad de la tierra y la desolación del protagonista que, a sus cuarenta y dos años, se encuentra haciendo un balance de su vida que le lleva tanto esfuerzo y dedicación como la huerta. Sobre esa conversación, a veces sutil o exasperada, se escribe esta novela en clave de diario. Al final, las cosechas mejoran un poco, se recupera la templanza y todo hace pensar que lo más duro ya ha pasado. Quizá, lo más difícil de terminar una relación, no es separarse del otro, sino de uno mismo, de quien ha sido uno con ese otro. Por eso el vacío, la tierra hostil. Por eso la vastedad de la llanura tiene la extensión del duelo y guarda en su profunda oscuridad la semilla.

Por Hernán Diez

 

Sobre Federico Falco:

Federico Falco nació en 1977 en General Cabrera, provincia de Córdoba, Argentina. Ha publicado las novelas Cielos de Córdoba (2011) y Los llanos (2020), que resultó finalista del premio Herralde de Novela. Además, publicó los libros de cuentos 222 patitos (2004), 00 (2004), La hora de los monos (2006) y Un cementerio perfecto (2016). Varios de sus cuentos han sido incluídos en diferentes antologías; entre ellas, La joven guardia (2005). Su poesía fue publicada en Aeropuertos, aviones y Made in china. Obtuvo numerosos reconocimientos por su obra y, en 2005, accedió a una beca del Fondo Nacional de las Artes. En 2012, participó del reconocido International Writing Program de la Universidad de Iowa.

Los llanos
Federico Falco
2020
Barcelona: Anagrama.
135 pp.

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