La ética de Pablo admite un día bueno cada dos malos. Las fórmulas de su pasión, por eso, serán las de la paciencia, la vicaría y el recuerdo. Es una ética sin ganancia, como la de Ariosto, que ve en ese saber perder las normas del refinamiento y la elegancia.
La rueda de los días de Pablo -voz, personaje y autor de este libro- ha fijado esta dieta: haciendo cierta la espera y cierto el optimismo, avanzando el calendario como en las mayúsculas del pastillero donde se divide la semana. Pablo espera ese día bueno, lo vive y lo deja atrás, para volver a esperarlo. “La próxima vez que te duela algo/ ‘algo’/ practícalo/ y te dolerá dos veces”, dice en un poema que abstrae la fórmula. El tiempo es tutelar en este libro y me interesa esa soberbia; esa madura neutralidad con que transcurre en los poemas. Anafórico, enumerativo, mentalizado, Pablo, construye sobre arena el delicado castillo de esta “vida” que pasa, queda, cambia, etc.
Se me ocurren algunos ejemplos, acaso, genealógicos del Pablo al que Pablo Urzúa nos introduce: sus antepasados místicos. Primero, pienso en un Christofer Robin adulto, al que se le ha perdido su Winnie de Pooh, como en esa película de Ewan Mcgregor.
Luego pienso en Omar Jayyam, quien se aísla del ruido de guerra en esa Persia del siglo XI, mientras los que fueron sus amigos ascienden por la cadena militar hasta matarse. Ahí, en una cabaña, habla con Dios y entiende que no importa la medida del tiempo sino el afán de llenarlo, de perderlo, de ocuparlo: para el expansivo y el borracho Omar, no hay diferencia entre viernes y lunes.
Acá Pablo -ocupando sus trajes isabelinos, su disfraz de Napoleón, de Bonvallet- le habla a su retórico Winnie de Pooh, como el joven príncipe de Dinamarca a la calavera del payaso. En este libro, le muestra con intensidad y nitidez, y descosidamente ante todos, correos privados con exes, fechas de difícil sentido, donde cierto fetiche se cumplió; se recuerda con sus padres de 5, 6, 13, 15, 21 años; recuerda la tele donde se manifestaba su abuelo como Samara, mientras su mamá jugaba compulsivamente al Mario Bros.
El libro funciona como una desordenada baraja de días, de misceláneas australes, donde se intercalan amnesias y recuerdos hiper-específicos: como Parra en ese poema donde dice haberlo perdido todo y, sin embargo, no puede quitarse de la cabeza la imagen de “un trozo de cebolla visto durante la cena”, donde cree cifrar ese “abismo que nos separa de los otros abismos”.
“Un día a la vez”, es la sentencia que emparenta el programa de la rehabilitación y el guión de una ruptura amorosa, dos fuerzas éticas y temporales que empujan a Pablo, que hacen de La vida de Pablo también el derrotero de quien intenta volver a la vida, porque la ama y la odia; y la entiende y la desconoce por partes iguales.
El topos de Pablo es inestable y rotativo, pero siempre metropolitano, santiaguino; se ve un departamento, un gato, una bomba de bencina cercana; las luces dulces de los autos estacionados. La moral de Pablo, en cambio, es una de dietas irónicas y cenicientas rutinas de ejercicio, donde el gesto fantasmal del consumo se articula en las claves de la vigorexia, de la obsesión por una vida sana, postergada. Pablo -radicalmente horizontal- pasa a ser el DT que dirige como valkiria las carrozas de un desastre que nunca se formula en el libro, del que no sabemos si escapó, si está recuperándose, o si aún está por venir.
Sus aprendizajes contienen una nitidez alucinada: “cuando deje la droga, voy a fumar mariguana”, adagios simples, como los mensajes en las galletas de la fortuna, a los que las malas traducciones y la intención cosmopolita hacen tan extraños, que nos revelan algo, aunque no los entendamos.
Y ahí está, en la portada: Pablo ahora y Pablo de niño, y entre ellos: la vida de Pablo. El problema con el género de las “vitas” (las Vidas Paralelas, Vidas Imaginarias; las vidas de santo como la Vida de San Pablo, Santa Teresa de Ávila, San Jerónimo, etc.) es nunca contar con los recursos necesarios para hacer el cálculo de cuánto tienen de verdad y cuánto de mentira. En La vida de Pablo, la autoridad autobiográfica sobrepasa en bien de acotar la plasticidad y la ambivalencia del género poético. El estilo de Pablo Urzúa -el autor- se hace cargo de lleno de este problema, resolviendo esta representación a su favor.
En El show debe continuar, última sección del libro: Pablo ya pelea con Pablo; lo desacredita, lo encomia, lo hace ser un actor de sí mismo, interpretando ese papel ante nadie y para nada. En el poema “verdad”, el estado de estas cuestiones se abisma: entre los once enunciados que Pablo da, solo uno es mentira. Ese es el espejo de mejor medida o bien la máquina de mundo -como diría Vasco de Gama- con que guiarse por este libro tan sorprendente como mimético, tan mundano e inventivo.
Y allá van todos los Pablos de este libro, dispersándose desde ese tiempo de amor y error que describe el primer monólogo del libro. Y los vemos recuperar la imaginación y el sentido que ha pretendido perderse, como el Winnie de Pooh, para el Cristofer Robin adulto. Ahí el libro -el poema- es un soporte que inquiere sobre sí mismo, que dilata las intenciones de Pablo de ser otro y el mismo, de moverse hacia la alegría sin renunciar a la inmovilidad, al recato, a repetir en su mente aquello que lo avergüenza.
Pablo Urzúa lleva a cabo del todo esta idea tan moderna -ese querer y no querer- logrando en cada poema la sensación de parte y mundo, de ir y quedarse, de sí y no. Y celebro este libro con él, a quien agradezco la posibilidad de leer un diario sin duda tramposo, emotivo y sincero, que alarga y manipula la humanidad de su autor más allá de sí mismo.
Por Manuel Boher
Fotografía de Alex Webb

Sobre
La vida de Pablo
Pablo Urzúa
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2026




