“¿No será que escudarnos en la infancia nos hace cómplices?”

(Lina Meruane, Señales de Nosotros)

Hace un tiempo, estando la radio de mi cocina encendida, mi hijo escuchó la cifra de niñas y niños muertos hasta ese momento en el genocidio del pueblo palestino. ¡Niños!, exclamó abriendo muy grande sus ojos. ¿En la guerra están muriendo niños, mamá?, preguntó. Sabía del genocidio, bastante más de lo que yo pensaba, pero nada -insisto- nada le causó más impacto e indignación que saber que estaban muriendo niños, como si su propio narcisismo o su mundo más próximo se hubiera visto amenazado. Algo le tocó el cuerpo. 

Me senté, le dije que a mí también me causaba inmenso dolor y que había mucha gente intentando detener la violencia. Lo que no le dije fue que hace solo unos días había escuchado la declaración de un experto de la ONU señalando que, en el campo de la guerra, no sólo no hay especial compasión por los niños, sino que niños y niñas son en realidad los blancos principales. Tampoco mencioné que en Gaza hace tiempo, mucho antes de que la furia genocida estallara y fuera exhibida tan impúdicamente, los cuerpos y vidas cotidianas de niñas y niños palestinos son el campo privilegiado a través del cual el gobierno de Israel ha probado sus armas y tecnologías de guerra. 

Desde entonces llevo un tiempo conversando con algunos de los niños y niñas que me rodean. Me detengo en sus preguntas, escucho sus sueños, en algunos casos contengo sus pesadillas. Escucho sus ideas sobre el mundo, las soluciones que ofrecen, observo sus interacciones con otros. Me detengo también en sus silencios. ¿Cuándo es que los niños se callan? ¿En qué momento deciden dejar de preguntar y seguir otra ruta? Hay momentos de puro gesto, como cuando se les pierde la mirada. O como cuando algo de la palabra fracasa y aparece la perplejidad. Rodearse de niños se trata, en gran parte, de atestiguar muchas primeras veces. Inscripciones primeras en una imaginación más o menos prístina. 

Digo que he estado prestando especial atención a los niños, pero en realidad experimento más bien lo contrario; ellos me observan a mí. Un ojo intruso les hace ir a mirar lo que todos intentan velar. También el olfato pareciera que se les agudiza, van como animalitos siguiendo pistas. Para crecer y desarrollar sus preguntas los niños necesitan del mundo adulto y de sus discursos socializantes, sí. Pero al mismo tiempo se sirven de la grieta. Es la grieta, la angustia, la división y la inconsistencia del mundo adulto lo que activa su pulsión de saber. Y entonces, nombramos el mundo y sus violencias con nuestras rudimentarias palabras, pero muchas veces es nuestro silencio lo que les empuja. 

“El conocimiento de la tortura me dio una lección sobre el corazón humano que me acompañará siempre”, escribió Josefa Ruiz-Tagle en sus dispersas notas puérperas. Allí escribe sobre la niña de 12 años que ella misma fue, tomada por una pregunta imposible de formular pero conducida con fuerza como por un radar para llegar al marco de una foto detrás del cual se escondían no sólo los detalles de la muerte de su padre, sino también las minucias de la tortura, el ensañamiento y la crueldad. 12 años, el reverso del marco de una foto y, de frente, toda la violencia de un país. La imaginación, dice Josefa, queda herida y sangrante, desprovista de la posibilidad de verse reflejada de manera simple en el lenguaje. 

Me pregunto cómo se inscribe y aloja en los niños y niñas el exceso de este tiempo, cómo acompañarlos en ese asomarse al horror y qué pueden hacer frente a éste. Me deslumbra, por otro lado, la fuerza de la pulsión epistemofílica infantil. Freud nos habló de eso, pero no nos dijo tan claramente que, impulsada inicialmente a partir del enigma de la relación sexual y el origen, la pulsión de saber se dirige pronto de lleno al campo de lo político. Qué insistentes son las preguntas que los niños hacen sobre el poder, la diferencia, la injusticia y el dolor. Es una lástima que nuestra cultura se esmere tanto en despolitizar a la infancia. 

¿Por qué los matan?

¿Cuándo va a acabar la guerra?

¿Por qué pasa de nuevo si ya pasó?

¿Eso mismo va a pasar algún día acá?

En los intercambios que he tenido con niños durante este tiempo extraño he observado que el genocidio del pueblo palestino, al situarse para nosotros en un supuesto “allá lejos”, habilita a hablar sobre la crueldad humana bajo la idea de que eso no nos toca de cerca; no serían nuestros cuerpos los implicados en los circuitos de la violencia genocida. 

¿Dónde está Palestina en el mapa?

Ven aquí, te muestro.

Palestina, como un planeta lejano, ocupa en la imaginación del niño un lugar donde es posible localizar lo horroroso. Algo me dice que podemos hablar, imaginar y representarnos -aunque sea muy parcialmente- algo del horror, siempre y cuando quede muy claro que no son nuestras vidas las que están en riesgo. Lo que en esas conversaciones no digo es que en cuanto nos internamos un poco en Palestina y su historia ese planeta lejano deja de ser la mera figura del horror, es sobre todo un lugar donde la vida se resiste a ser arrasada; vemos morir tanto como el deseo furioso de vivir. Tampoco menciono que el horror en ningún caso está allá lejos: está cerca, late fuerte en eso que llamamos “lo humano” y nos concierne. 

De todos modos, no fue necesario decir nada, puesto que muy pronto ese allá lejos se nos fue acercando en oleadas, como cuando sube la marea. Llegaron los 52 años del Golpe de Estado, la insistente pregunta por la vida de Julia Chuñil, las conmemoraciones de la revuelta y los actos de memoria por los ojos heridos. Esta vez, no sólo habló la radio de la cocina, también las calles con sus palabras. Y entonces, esas ideas sobre el horror humano a las que pudimos asomarnos mirando en el mapa ese allá lejos palestino nos fue preparando para nombrar las violencias de nuestros propios territorios, esas que nos constituyen y están acá muy cerca

¿Quién es Julia Chuñil, mamá?

Pero cómo, ¿murió o desapareció?

No sabemos aún, lo más probable es que la desaparecieron.

Silencio.

Nueva inscripción en la imaginación prístina del niño. Hacer desaparecer. Modalidad de la violencia que consiste en arrancar ciertos cuerpos de la historia y producir muertes sin cuerpo. Lo que por ningún motivo le dije fue que es probable que la hayan quemado.

Una noche tuve una conversación algo fallida con el niño. Justo cuando empezaban a aflojarse las barreras de mi represión psíquica y me preparaba para entrar al sueño, fracasaron las palabras, apareció la grieta, mi cansancio y ante eso una posición. “Deja de preguntarme cosas que no sé y duérmete por favor. Además, no tienes que preocuparte porque nada de esto te está pasando a ti”, le dije. Antes de que pudiera percatarme de lo que había dicho, él me respondió: “No me está pasando a mí, pero yo vivo en este mundo”. Esa noche nadie tuvo pesadillas.

La psicoanalista Lila Feldman acuña la noción de formaciones políticas de la subjetividad para dar cuenta de enunciaciones con estatuto de acontecimiento. Diferentes a las formaciones de compromiso en las que el sujeto se configura en el encuentro imperfecto de sus sistemas psíquicos, aparecen sin anunciarse ni anticiparse y comprometen una vez que son dichas. Su valor metapsicológico es indiscutible, pues son el advenimiento del yo a una particular toma de posición que lo des/avasalla o que bien lo compromete a asumir sus propios vasallajes, señala Feldman. En ese sentido, y al ser empujadas por una realidad que pone en conflicto al yo frente a sus vasallajes, son enunciados de posicionamiento ético que dan cuenta de los conflictos y vicisitudes que atraviesa el yo cuando aparecen dolores excesivos que exigen elaboraciones nuevas.

Lila Feldman es clara: el dolor ante el cual las formaciones políticas de la subjetividad se presentan como una forma de tramitación no es un dolor relativo a la depresión ni entra en categorías psicopatológicas, es un dolor en situación de catástrofe. De modo tal que la enunciación surge de un yo capaz de subjetivar sus vínculos con la realidad. Y la realidad, nos recuerda Feldman, no está afuera ni allá lejos; la realidad es parte de la tópica psíquica, es un texto que se plasma en las subjetividades. 

La escena final de ese honesto libro que escribió Lina Meruane llamado “Señales de Nosotros” da un potente ejemplo de la forma que puede tomar en los niños esa enunciación que compromete y posiciona. El libro nos lleva al Chile de la dictadura, un Chile hecho de escenas perversamente paralelas: en el mismo instante en que se extermina a gran parte del país, un colegio british de girls rinde homenaje a la reina de Inglaterra. Un país desapareciendo y en otra galaxia una sala de clases colmada de reverencias frívolas a la realeza británica. 

“No pregunten leseras y dedíquense a estudiar”, contestan los adultos cada vez que alguna señal del horror aparece en el campo sensorial de las niñas que se animan a preguntar. La tensión entre el allá lejos y el acá cerca recorre todo el libro, sostenida por un frágil velo a punto de caer. “La violencia arreciaba en el país, no tan lejos de nuestro cerco de rejas y muros de ladrillo enhebrados en enredaderas (…) lejos pero no tan lejos de los patios donde trazamos a tiza los recuadros del luche”, escribe Lina Meruane. La distancia en este caso, más que geográfica, es la que instala la desmentida. 

Una vez que las señales son muchas y no es ya posible taparle los ojos a esa infancia aturdida de sospechas, una periodista extranjera en medio de la cancha de rugby del college inglés osa preguntar a las niñas qué opinan de lo que está pasando en Chile. “What do you think about what’s happening in Chile?”. Ante la pregunta, quien narra queda en blanco, sólo cuenta con inscripciones sueltas, confusión, angustia y una tontificada obediencia a sus padres. Su compañera, en cambio, la más tímida y temerosa del curso, recupera el habla y nombra el saber que pudo construir a partir de señales: nombra a los torturados, desaparecidos, degollados, quemados y exiliados. Lo más interesante -y que la narradora enfatiza brillantemente- es, sin embargo, el uso del nosotros. “Vivimos en el horror”, dice la niña tímida.

“Lo que me saca de la mudez es su acento tan very british declarando en un inglés absoluto que vivíamos en el horror (…) algo se triza en mi lengua: su nosotros, su we, su us, su our, no es el mismo que el mío que se revela minúsculo ante el suyo que es enorme. Ese we es un cable de conexión a algo aterrador that scares de shit out of me, y aunque intento desviar sus palabras, empiezo a discrepar de mí misma, de lo que vi sin ver, de lo que supe sin saber”.

¿Qué estatuto tiene ese we? ¿Con qué huincha medimos lo que nos separa del dolor de otros? ¿Cuándo y cómo es que el dolor de otro deja de parecernos ajeno? Las formaciones políticas de la subjetividad nos ayudan a entender no sólo cómo se inscriben el horror y el exceso, sino también lo que un sujeto puede o no hacer cuando lo que ocurre en su mundo -acá muy cerca o allá muy lejos- pasa a ser algo que le incumbe y lo modifica. Así, éstas se invisten con la cualidad de transformar la vida en un territorio de existencia, nos dice Feldman. Esto en la medida en que, al ser enunciadas, se asume un particular sitio de enunciación que es indefectiblemente radical y que territorializa la vida. ¿Podría alguien que habla realmente decir que no ocupa un lugar en relación a las atrocidades que ocurren en el mundo?

Hay una dimensión de la infancia que habla la lengua del descubrimiento de un mundo que no tiene aún el sentido cerrado. La infancia con sus impertinentes “por qué” no habla el lenguaje del poder instituido, más bien pregunta y avanza desarticulándolo todo. El horror y el exceso de este tiempo se plasman e incumben a la tópica psíquica. La imaginación se torna inquietante, el cuerpo se incomoda, puede incluso aparecer el llanto, una presión en el pecho, un pedacito de verdad que se cuela por la grieta y toca una parte que -por suerte- no está aún del todo domesticada por las políticas de la anestesia y la insensibilidad. La conmoción, hay que recordar, es entonces en los niños un buen signo. El mal dormir, en algunos casos, también lo es. 

“No te creo”, me dijo hace poco una niña. Y es que hay un delirio pleno de verdad en los miedos infantiles y en ese rehusarse a creer en el tan manoseado “tranquilo no pasa nada, anda a acostarte” de los adultos. Por más distancias geopolíticas, sociales y culturales que nos separen de Gaza, a todos nos pasó que ver el rostro de una niña que ve morir a sus padres frente a sus ojos nos hizo pensar que podría haber sido cualquiera de nosotros. 

En tanto adultos, el estatuto de aquello que no decimos es importante. Decidimos no dar detalles para no devastar con excesos al psiquismo infantil. Sin embargo, hay una parte de nuestro silencio que no es decidible: dejamos de decir algo simplemente porque nos duele mucho, porque estamos hasta el cuello inmersos en esta gramática de lo irrepresentable que se instala cuando el horror se vuelve rutina y, sobre todo, porque si arriesgamos palabrear frente a un niño ese exceso de imaginación ante el cual el lenguaje se nos revela tan impotente, nos asusta quedarmos demasiado solos. Nada acude al rescate de las cosas. De todas formas, y con esta precariedad de base, propongo hablar a -y con- niñas y niños sin condescendencias. La escucha y la ternura -ese momento en que nuestra autoridad como adultos desfallece y nos dejamos agrietar- son también actos políticos. Allí donde haya niñas y niños que lejos o cerca del horror interroguen, sueñen y sientan hay vida y política en movimiento.

Por Manuela Agüero

Fotografía de Antonio Reynoso