Un cine incompleto – Por Abbas Kiarostami – Traducción de Maximiliano Méndez

En un comienzo, yo pensaba que las luces de la sala de cine se apagaban para que pudiéramos ver mejor las imágenes en pantalla. Luego miré un poco más de cerca a la audiencia sentada cómodamente en las butacas y vi que había un motivo mucho más importante: la oscuridad le permitía al público aislarse de los demás y poder estar solos. Estaban juntos y a la vez estaban distantes.

Cuando revelamos un mundo cinematográfico a los miembros de una audiencia, cada uno de ellos puede aprender a crear su propio mundo a través de la riqueza de su propia experiencia. Como cineasta, confío en esta intervención creativa porque, de lo contrario, la película y la audiencia morirían juntas. Los relatos impecables que funcionan a la perfección tienen un defecto mayor: funcionan demasiado bien como para permitir que el público intervenga.

Es un hecho que las películas sin historia no son muy populares entre la audiencia, sin embargo, una historia también requiere huecos, espacios incompletos como en un crucigrama, vacíos que al público le corresponde completar. O como un detective privado en un thriller, descubrir.

Creo en un tipo de cine que entregue mayores posibilidades y más tiempo a su audiencia. Un cine hecho a medias, un cine incompleto que se complete a través del espíritu creativo de la audiencia, resultando en cientos de películas diferentes. Le pertenece a los miembros de la audiencia y corresponde con su mundo interno.

El mundo de cada trabajo, de cada película cuenta una nueva verdad. En la sala oscura, damos a todos la oportunidad de soñar y de expresar sus sueños libremente. Si el arte consigue cambiar cosas y proponer nuevas ideas, sólo puede hacerlo a través de la libre creatividad de las personas a quienes se dirige –a cada miembro individual de la audiencia–.

Entre el mundo fabricado e ideal del artista y el de la persona a quien se dirige, hay un vínculo sólido y permanente. El arte permite al individuo crear su propia verdad de acuerdo a sus propios deseos y criterio; también le permite rechazar otras verdades impuestas. El arte le otorga a cada artista y a su audiencia la oportunidad de tener una visión más precisa de la verdad que se encuentra oculta detrás del dolor y la pasión que las personas ordinarias experimentan cada día. El compromiso de un cineasta de intentar cambiar la vida cotidiana sólo puede dar frutos a través de la complicidad de la audiencia. Esta está activa sólo si el filme crea un mundo lleno de contradicciones y conflictos que los miembros de la audiencia son capaces de percibir. La fórmula es simple: hay un mundo que nosotros consideramos real pero no completamente justo.

Este mundo no es fruto de nuestras mentes y no nos sienta del todo bien, pero, a través de técnicas cinematográficas, nosotros creamos un mundo que es cien veces más real y más justo que el que nos rodea. Esto no significa que nuestro mundo da una falsa imagen de justicia, al contrario, destaca de mejor manera los contrastes que existen entre nuestro mundo ideal y el mundo real. En este mundo hablamos de esperanza, de tristeza y de pasión.

El cine es una ventana hacia nuestros sueños y a través de cual es más fácil reconocernos. Gracias al conocimiento y pasión así adquiridos, transformamos la vida en beneficio de nuestros sueños.

La butaca de cine es de mayor ayuda que el diván del analista. Al sentarnos en la butaca estamos solos con nosotros mismos y este es quizás el único lugar donde estamos tan unidos y a la vez tan distanciados los unos de los otros: ese es el milagro del cine.

En el siguiente siglo del cine, el respeto hacia el público como un elemento inteligente y constructivo es algo inevitable. Para lograr esto, quizás haya que alejarse del concepto del público como el maestro absoluto. El director también debe ser la audiencia de su propio filme.

Durante cien años, el cine ha pertenecido al cineasta. Esperemos que ahora haya llegado el momento de involucrar al público en este, su segundo siglo.

*Texto escrito para el centenario del cine, distribuido en diciembre de 1995 en el teatro Odéon en París.

Por Abbas Kiarostami
Traducción de Maximiliano Méndez desde el inglés.

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