Kaurismäki y cómo aprender a reír en la desgracia

“Se supone que es una comedia. No me reí una sola vez.” se queja Lauri con su mujer instantes después de salir del cine en Nubes a la deriva (1996). En las películas de Aki Kaurismäki la comedia está oculta detrás del antagonista. Un antagonista que, además, no existe. O más bien, que jamás tiene una forma humana y sin embargo, a pesar de la falta de una figura literal representativa de los problemas y obstáculos, estos abundan en sus historias. Si hay algo que sobra en La chica de la fábrica de cerillas (1990) o en La vida bohemia (1992), son los incesantes contratiempos que surgen continuamente y de los cuales los personajes parecen no poder escapar. Casi como si el destino lo dictase así para ellos. Un montón de perdedores flotando por espacios semi-vacíos que reflejan lo que sienten en su interior. Casi todos ya con más de varias canas, pasando sus días intentando comprender el porqué de sus infortunios, claro, sin perder la oportunidad de tomarse algunas cervezas en el camino. Y es de aquí de donde deriva casi toda la fuerza del cine del finlandés, que, a diferencia de otros autores, encuentra con absoluta naturalidad, entre toda la miseria y la adversidad, algo que para él parece ser mucho más valioso que la esperanza: el humor.

No solo es en los temas planteados y explorados que el director establece la ironía humorística como su principal medio de salvación ante lo devastador, también es desde sus formalismos estéticos, que siempre evitan desviar la mirada hacia la construcción melodramática de sus elementos narrativos, que permite al espectador hacerse de un espacio dentro del encuadre que con tanto cuidado construye junto con Timo Salminen, director de fotografía de todas sus películas. Este cuadro minimalista de apariencia pictórica, pero conceptualmente siempre saturado de ideas que rodean al personaje como una nube de tristeza, y que lo agobian hasta orillarlo a la resignación. Una cámara casi siempre estática y de relativa sencillez en sus encuadres, pero que suele ir acompañada de un montón de colores vibrantes que contrastan con las implicaciones lúgubres de lo que se está desarrollando frente a nosotros. Se trata de una puesta en escena tan compleja y rica en su aparente simpleza que presenta una dicotomía brillante a la hora de mostrarnos la crudeza de su mundo por medio de una pintoresca escenografía casi surreal por su singular colorido y teatral acomodo.

Es por esto que las películas del dos veces ganador en Cannes poseen la cualidad única de brindarle al espectador un espacio para poder explorar y encontrar, por sí mismo, el valor de lo cómico que se ofrece en momentos de desolación. Pero hay que tomarlo en cuenta, su humor no es, ni de cerca, convencional. A diferencia de otras obras dentro del mismo espectro, Kaurismäki no moldea su comedia a partir de one-liners, secuencias de slapstick o chistes referenciales, sino que lo hace a partir de la creación de espacios que potencian el absurdo de la existencia humana con un sarcasmo ácido que roza en lo soez. Pero son finalmente espacios abiertos, que de ninguna forma limitan al espectador dictándole dónde está la gracia y dónde no. Si queremos encontrar lo risible en un hombre que no puede encontrar empleo porque no recuerda ni su propio nombre, debemos hacerlo nosotros mismos, porque la película no nos lo hará obvio. Lo único que hará es ofrecer los puntos exactos, y quedará en cada uno el conectarlos entre ellos haciendo uso del humor negro que se nos deja sobre la mesa.

Nos suelta de la mano para poder encontrar la ironía contenida en las desgracias. Un cine que no se preocupa por atiborrar su historia de eventos dramáticos, y que prefiere utilizar su corta duración (porque las películas de Kaurismäki rara vez pasan de los 90 minutos) para establecer un vocabulario de imágenes y de significancias que son finalmente los que nos llevan a concluir que lo que se reproduce frente a nuestros ojos es tan triste que llega a ser gracioso, y es tan gracioso que nos puede llevar hasta el llanto. Y podemos nadar hasta este bote salvavidas entre una marea llena de terribles desventuras porque, a pesar de que estos seres de la clase trabajadora de Helsinki reciten sus diálogos como auténticos alienígenas que están intentando aprender a actuar como personas, se puede hallar un pequeño haz de luz donde se percibe una extraña pero genuina humanidad. La clave se encuentra en los duros semblantes de los actores, que parecen siempre tener una mirada fija en el inevitable porvenir, este que esperan constantemente y que Kaurismäki vuelve temible por sus implicaciones devastadoras, pero que también es melancólico de cierta manera, porque al final, siempre resulta ser el medio para ayudar a sus personajes a encontrarse a sí mismos.

En este estilo particular, es donde el autor finlandés ha podido explayar su idiosincrasia al máximo, al grado de ser una fuente de inspiración para otros cineastas contemporáneos de renombre como Yorgos Lanthimos, Tsai Ming-Liang, y sobre todo para Jim Jarmusch, cuyos estilos han sido comparados con frecuencia. Incluso el norteamericano lo referencia de forma directa a manera de homenaje en su Night on Earth (1991). De hecho, ambos autores se han mencionado mutuamente como influencias de sus respectivas obras, compartiendo un gusto por una cámara que se mueve poco y un montaje aparentemente simple. Además de tener como lugar común el humor a partir de lo excepcionalmente ordinario. Los personajes que casi no hablan son otro punto similar que se guarda con el cine de los directores antes enlistados, y a su vez, son producto de las influencias de grandes maestros como Jean Pierre-Melville, Robert Bresson o Yasujirô Ozu. Con este último compartiendo más bien la elegancia para la composición cinematográfica, la cual el japonés prácticamente perfeccionó hasta su punto más sublime.

El cine de Kaurismäki podría entonces parecer una entrada en un principio difícil. Esta dificultad ha sido potenciada por el hábito que se les ha impuesto a las audiencias modernas de consumir contenido sin reto alguno. En el caso particular de la comedia, un humor que no confía en su propio público para poder descifrarlo, y que termina por tomarlo rehén con sus gags baratos y facilones, dejándolos sin salida para arrancar de ellos las tan ansiadas risas. Es por esto que, cuando encontramos la graciosa y dolorosa ironía de un chofer de autobuses que se ha quedado sordo o de un hombre que contrató a un asesino a sueldo para matarse él mismo, nos sentimos libres de reír, porque es, finalmente, una risa que nosotros mismos plantamos, regamos y cosechamos. Kaurismäki, en este caso particular con El Hombre sin pasado (2002) y Contraté un asesino a sueldo (1990), nos da la libertad de aprender a burlarnos de la desdicha y sus jugarretas.

A pesar de esto, las películas del cineasta nórdico no tienen un tono exclusivamente sombrío. Logrando esquivar el maniqueísmo, consigue teñir sus mundos de un ambiente agridulce muy similar al de la vida misma. Sobre todo con sus últimas dos obras, donde ha mostrado un lado mucho más optimista y alegre que el de sus primeros trabajos, en los que se adoptaba una visión mucho más cruda de un mundo desolado, y donde la presencia de algún tipo de redención o de esperanza era mínima, o había que escarbar en exceso para poder llegar a ella. Nada más hace falta darle un vistazo al título de su última película, Al otro lado de la esperanza (2017), para darnos cuenta de que sus perspicacias han tomado otro enfoque, y que ahora parece estar tomando el rumbo del artista en el crepúsculo de su carrera. Un camino más maduro y sensible, e incluso, tal vez, suavizado. Esta película, junto con Le Havre (2011), conforman las primeras dos partes de una trilogía conceptual sobre la migración. Se dice que el arte es un mero reflejo de lo que se vive como raza humana, y en el caso del trabajo del director, se ha visto salpicado expresamente por la crisis de los refugiados que atraviesa toda Europa. Estas dos películas presentan una posible solución a uno de los fenómenos que más ha modificado a la sociedad como la conocemos, y que, en primera instancia puede parecer absurda, pero cada día cobra más sentido.

Y es que, en un mundo donde cada vez entendemos menos cosas y la información nos abruma incesantemente, el arte se vuelve uno de los pocos escaparates para poder respirar. No necesariamente ignorar los problemas y dejarlos a un lado, sino simplemente observarlos desde otra perspectiva, alejarnos un poco. Por medio del humor, se nos presenta la oportunidad de burlarnos de nuestros propios problemas que nos hacen desdichados, para, por un breve momento, dejar de serlo. Y es con este cine que podemos entender que las mismas paradojas de la vida son, por naturaleza, chistosas. En el sentido de que las cosas podrán nunca resolverse de acuerdo al plan, pero invariablemente se resuelven. En este tiempo finito que nos queda, recostarse y disfrutar ver al mundo caerse a pedazos no resulta tan disparatado si lo pensamos de esa forma. Kaurismäki entiende mejor que nadie que, pase lo que pase, siempre habrá tiempo para dos cosas: beber y reír.

Por Andrés Garza Escobar

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