Crónica de otoño

He soñado un montón de cosas raras: que limpiaba alfombras estampadas con el dibujo de Mulán y Mi bella genio. Que comía en una mesa gigante con mi mamá y muchas otras personas que yo no conocía. Que me indignaba en plena comida, “anda a buscar el salero”, emputecida ante tal mandato, me levantaba y les decía que no, que no lo iba a hacer. Las mandaba a todas a la mierda, que qué se creían, “qué se creen”, que no quería y no lo iba a hacer y punto. Me levantaba de la mesa enchuchadísima y me iba. Nadie entendía nada. Eran todas mujeres. A la mesa estaban sentadas puras mujeres. Más adultas, como de la edad de mi mamá, o sea sesentonas, y otras cuarentonas también. A veces me hago a un lado cuando las cosas se complican. El repliegue es un mandato si llevo días con un animal muerto dentro. En general el animal lo llevo fuera y es algo así como mío. Fue aceptado. No como ahora que lo llevo dentro y tiene el peso de la enfermedad y el cadáver. Tengo los días contados. Mi calendario terminará en exactamente 58 días. Ese día me dijeron que sucedería. Que tal vez alcanzaría a llegar al hospital y morir allí, con menos dolor, “puedes quedarte en cuidados intensivos” donde los opioides son parte del desayuno semanal.

Me armé un calendario para llevar la cuenta regresiva. Con cada día que pasa, el animal aumenta su peso en 0,2 gramos. En algún momento puede que explote. Esto ocurriría solo si confirmo que las cavidades que contiene un cuerpo humano son pocas. Al menos morir naufragando y ahogada sería peor. O quedar tirada en una isla. Aunque depende si esa isla tiene algo de civilización y algo de salvajismo. Depende también si en esa isla hay otros que naufragaron y alcanzaron a llegar a la orilla: en ese caso armaríamos entre todos una remota comunidad. Cada uno cargaría con el cuerpo de un pequeño animal dentro. Porque el animal nunca se va, nunca sale. Los días en cuenta regresiva pasan al lado de la línea temporal. El loop se comió esa linealidad. Hago movimientos en círculo en la arena de la isla. Nunca pensé que volvería a este lugar, al menos no tan pronto. No así. Distinto hubiese sido planificar el viaje. Hacer la maleta con una selección de mis prendas favoritas, llevar un par de vasos hermosos, algo de comida, algo para entretenerme. Un par de fotos también, para pasar el rato, para mirar algo. Si pudiera llevaría una pequeña planta, idealmente una suculenta, dicen que son carne de perro. Planificarlo sería distinto. Entre la comunidad de los nuevos habitantes de la isla compartiríamos los objetos preciados que seleccionamos para traer a este lugar. Aquí solo se viviría en una constante primavera pero habría también un pedacito no menor de otoño. No tendría dónde conseguir tabaco. Me imagino existen otras plantas que uno puede fumar. Otras plantas que secándolas al sol, luego puedan servir para aspirar algo.

Uno de los habitantes de la isla me dice que los problemas funcionan en forma de espiral. No recuerdo si esta teoría era solo aplicable a los problemas o en realidad abarcaba otros aspectos de la existencia. Otros aspectos de la existencia: la felicidad. O la plenitud. O permanecer en cierto grado de equilibrio. Bueno, uno se enfrenta a los problemas como con un espiral: avanzas y puedes estar más cerca o lejos del centro. Todavía no sé bien cómo interpretar eso. Tal vez nadie en la isla lo sepa. Ni siquiera quién lo dijo. Ojalá nadie nunca piense que no podemos salir de ese espiral.

Miro a todas las personas que llegaron acá e intento entender si cargan con un animal dentro. O si el animal solo lo llevo yo. ¿Alguien lo admitiría? ¿Llevar un animal muerto y descompuesto, dentro? El otro día me di cuenta que el animal a veces se asoma por los ojos. Aparece en el peso del párpado. Como cuando tenemos alergia o picamos cebolla. Me refriego a ver si se pasa el malestar. Pero el animal también necesita exudar lo que tiene dentro, y su opción es hacerlo por los ojos.

Por Katherine Hoch

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