El sexo de los libros

En una habitación de departamento del barrio de Balvanera, iluminada por una vela y cuyas paredes estaban cubiertas en toda su extensión por citas literarias al igual que una cave existencialista, yo solía posar de lectora. Y, cualquiera fuese la posición que adoptase ante el libro, siempre podía divisar la puerta donde un corazón dibujado con tiza encerraba los nombres de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Ese gesto digno de la historieta Susy, secretos del corazón no era una rareza. Es que, antes de Mayo del 68, los amores –los de todos los que echaban manotazos de ahogado para encontrar imágenes soberanas en las que templar la adolescencia– estaban atravesados por el molde de ese par mesiánico. Los ménage à trois aderezados por confesiones laicas que se extendían hasta la madrugada, la pose del alcohol y de la boina, el gusto considerado antiburgués por la oscuridad y los locales sin ventanas, me hacían acceder a una filosofía a través de su parte más sencilla: la superficie. Virgen, me ponía del lado de una pareja abierta que no tenía nada de abierta y solía cerrar sus fronteras tras el pase de unos pocos notables de ambos sexos, y no se enunciaba a la americana, según los códigos de las comunidades de la California de los años sesenta, ni de los consumidores de avisos swinger o de los capitalistas libertinos del Club Méditerranée. Yo solía recitar, manteniendo los muslos apretados bajo mi bombacha blanca de algodón, que para el existencialismo cada conciencia capaz de lograr su libertad es una perpetua superación de sí misma hacia otras libertades. Como sabía dibujar, hacía mi caricatura vestida de presidiaria y con el pie apoyado en un ejemplar de El segundo sexo. En la pared de la celda dibujada había un grafiti que decía: “Amor es el compromiso de una libertad”. Luego regalaba mis dibujos a mis compañeros del nocturno, que se disputaban tímidamente el trofeo de mi himen. Me persuadieron de que Simone era “homo” y, como le daba vergüenza, de eso no hablaba. Yo respondía que tenía derecho a no decirlo todo. Que no se trataba de una épica de la carne como la de Henry Miller, cuyos textos mis provocadores solían leerme en voz alta para hacerse los libertinos pero, sobre todo, para ver si podían calentarme.

Y si El segundo sexo se fue convirtiendo para mí poco a poco en algo así como el Libro rojo de la nueva feminidad, las autobiografías de Simone de Beauvoir (Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas) me permitían una lectura paradójica de la vida que aún no vivía, al mismo tiempo como una elección y como una profecía. Esa historia contada en tomos voluminosos a tono con décadas de convulsiones políticas, fervor de las causas y triángulos amoroso con agenda –viajar fuera de la ciudad con el tercero de turno, bajo la forma del amante, la hija adoptiva o la albacea espiritual, figuras que a menudo coincidían en la misma persona, parecían convertir a París en el sagrado lecho conyugal– había pretendido acercarme tanto a su autora que aprendí a tratarla sin miramientos, como a alguien que se conoce muy bien.

Me comportaba como una fan, pero sin la posibilidad de seguir a mi ídola a través del mundo como hacían los seguidores de los Rolling Stones, cuyos discos yo rechazaba. Estaba satisfecha de volcarme un mechón de pelo sobre un ojo y cantar con voz aguda los temas de Juliette Gréco. Cuando leí que durante una entrevista ella había declarado “Debo más a mis oídos que a mis ojos”, no me di cuenta enseguida de que esa frase podría haber sido pronunciada por mí.

Leía, claro, para construirme una personalidad, y textos de todos los géneros, como si fueran guiones optativos para mi futuro. Mientras en el nocturno Rayuela se propagaba como una epidemia, yo seguía prefiriendo esos mamotretos de vida existencialista. ¿Me atrevía a confesar que me reventaba Cortázar? Recuerdo las risotadas que me causaron frases como “o vendrás lentamente hacia mí con las uñas manchadas de desprecio”, la información de que las muñecas duermen bien entre camisas y guantes, y la r transformada en g del Cortázar oral, que yo asociaba al afrancesamiento y no a una imposibilidad de pronunciación. Que escribiera “Ahora mi paredro está en Londres con los muy” no me parecía un desafío a la lengua, ni una monada vanguardista, sino mera idiotez, juicio que yo hacía desde ese existencialismo fashion que consistía en usar pulóveres negros de morley sobre cuyos hombros me hubieran gustado unos toques de caspa, si este elemento hubiera podido alquilarse en las casas de vestuarios teatrales. Sin embargo, adopté la palabra “paredro” para definir amistades relevables, más basadas en la complicidad que en la reciprocidad. La Maga me provocaba desprecio en nombre de la Ivich de Sartre, en quien creía reconocer a Olga, la amante en común que tenían con Simone de Beauvoir y que, en la cave, se pedía un pipermín solo para mirar el color verde adentro de la copita, reprobaba exámenes a propósito porque le daba asco que el profesor mencionara a los celenterados, llamaba a un intelectual “escritor de domingo” y se abría la mano con un cuchillo para poder sentir el propio cuerpo. Sin embargo, tuve largos períodos adolescentes de viajes a Montevideo donde vagabundeaba en busca de no sé qué huella de La Maga, venida del tango como “La uruguayita Lucía”. Muchos años más tarde, sitiada por la mitología cortazariana, me sorprendería que algunos amigos militantes, que hablaban en siglas como cop (clase obrera peronista) o la (lucha armada), matizaran el elogio de los fierros con el uso del gíglico, esa lengua infantil que cultivaba Oliveira con La Maga. Sin embargo, rescato todavía la potencia de la palabra “petiforro”. Ya empezaba a advertir, a la salida del nocturno, que en los bares se seducía diciendo si se prefería La autopista del sur o Las babas del diablo. En las disquerías de la calle Corrientes, sonaba la voz de Cortázar, redundante con esa erre enrulada que se repetía soporíferamente: “Bebé Rocamadour, bebé, bebé”; me resultaba casi obscena, entonces impostaba un respingo de escándalo calcado del que sentía Violette Leduc cuando Jacques Cocteau ponía panza arriba a su perra y, entre balbuceos mimosos, le acariciaba el sexo. Habría que aclarar que en esas mitologías el niñismo era crucial y quizás la divisa antiborgeana de Cortázar, una exploración de los signos emitidos por los llamados perversos polimorfos, aunque la muñeca compartida por él y Alejandra fuera la autómata de la condesa Báthory. Y yo, a ese niñismo, lo criticaba con mi pesado tomo de El segundo sexo y siempre, al leer el ritornello de las calles de París esparcido por Rayuela, tenía en la punta de la lengua la palabra comodín: colonizado. Mientras tanto: ¡Qué argenta me resultaba Simone de Beauvoir traducida por Silvina Bullrich!

A veces mi familiaridad con ella se volvía excesiva, ya lo dije, y llegué a criticarla con el pensamiento, desde una supuesta experiencia callejera alimentada por las ofertas de libros usados, llegando a verla como a una revolucionaria de escritorio que sufría durante los exámenes, preocupada por las cucardas académicas y que, bien entrada en la juventud, comulgaba obedientemente, antes de volverse atea con la misma rigidez de los fanáticos religiosos: bien podía leerse, en sus largas confesiones metódicas, el halo de una penitencia que no cesa.

Y qué discreción burguesa en esa familia donde jamás se levantaba la voz y los secretos se ocultaban tras el ruido de unos cubiertos de antemano inobjetablemente alineados, mientras que en casa, nosotras –mi abuela, mi madre y yo– nos gritábamos “te odio” con la soltura con que se dice un “hasta luego” y, sin ningún Dios que nos vigilara, vivíamos de unos rezagos de moral de los que nos reíamos a puertas cerradas. Mi abuela calificaba a alguien de “puta” con desgano, como si recitara una lección, mi madre lo hacía para atenuar la transgresión social –de este modo pensaba que se integraba a la sociedad– por haber hecho una carrera de Química desde la nada y estar separada de su marido.

En Una muerte muy dulce me escandalizó que la señorita De Beauvoir se precipitara al cuidado de su madre agonizante con la filosofía del trueque luego de acordar con su hermana Poupette que se trataba de un acto de justicia, porque esta se había ocupado del padre agonizante mientras ella lo hacía del mundo. También la imaginé tomando nota de cada pañal sucio entrevisto en mano de la enfermera, de cada grito de su madre ante las constantes perfusiones, del frío de esos dedos a los que entrelazaba los suyos con la rigidez del desapego puritano. Todo para registrar y luego escribir.

Antes del fin, del cáncer descubierto a destiempo, madame De Beauvoir se había roto el fémur y se las había arreglado para yacer cerca de un teléfono, envuelta en un batón de terciopelo de cotelé rojo, como si el deber del decoro la mantuviera alerta a la edad en que el qué dirán suele ceder en nombre de la comodidad. Nadie entra en su muerte de mujer sola sin el desaliño de los que ya no cuentan con testigos. Mi abuela murió entre sus trapos negros de campesina y en su propia cama y, muchos años más tarde, mi madre moriría, dentro de la democrática bata de hospital, cuando su mente ya se había ido lejos, pero hasta hacía poco se enorgullecía de su pinta hecha de vestuarios ajenos, y siempre había sido irónica con los dictados de la moda seguidos por sus amigas fuera de toda edad de merecer.

Si para mí Simone de Beauvoir era una especie de pariente, a mi alrededor todo la había leído. El segundo sexo instó a Silvina Bullrich a una interpretación pragmática y burguesa que la llevó a promover en sus obras la independencia sexual y la voracidad profesional (¿un toque de Françoise Sagan?). Cuando la entrevisté en 1981, me confesó con naturalidad que sufría de los juanetes y que por eso el auto le era tan necesario como a un gaucho su caballo. Entonces no advertí que esa franqueza para describir la decadencia física y la soledad tenía la marca de la Simone de Beauvoir de La ceremonia del adiós, cuando exponía las vicisitudes de los esfínteres y las creaciones literarias de la aterosclerosis sartreana. El fresco de una familia a través de una voz, durante la fiesta de cumpleaños de su patriarca en Los burgueses, podría haber sido aprobada por Simone de Beauvoir. Durante la entrevista, mientras se miraba en el espejo para vigilar la caída de la falda en un vestido de crepé georgette turquesa, se hacía corregir las tablitas del plisado por una mucama de cofia y delantal. La escena ilustraba todo lo contrario del ascetismo existencialista que permitía, sin embargo, los lujos considerados políticos, como el huipil, trabajado con refinadísimos bordados por manos indígenas y que obsesionó a Simone de Beauvoir en México, a ella tan austera. Nelson Algren, su amante, se lo compró, presionando de mala manera a su dueña, una vieja india que se resistía a venderlo (nadie es todo el tiempo antisistema).

Las lecturas de los libros de Simone de Beauvoir alentaron a Beatriz Guido a imitar en su vínculo con Leopoldo Torre Nilsson una unión místicointelectual y, en sus novelas, el sello del compromiso político. Ambos fueron, como sus modelos, un ideólogo de dos cabezas que, en este caso, se explayó en películas donde él preservaba el lugar dominante –el de director– mientras ella, poco a poco, se iba alejando de la escritura, salvo como guionista. ¿Sacrificio o conciencia del cine como arte de masas por sobre la literatura? Epígono más o menos original, Beatriz se rebeló contra su modelo que ligaba la verdad a la sinceridad, cuando hizo de la mentira un género literario que cultivaba con pasión.

 

Por María Moreno

Este extracto corresponde al último libro escrito y publicado por María Moreno, primero en la editorial argentina Ampersand el 2020 y luego en la editorial chilena Alquimia el presente año.

Contramarcha
María Moreno
Ampersand 2020, Alquimia 2021.
184 pp.

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