Recordar y anticiparse: prácticas sin práctica

Nos gusta recordar hasta que recordamos lo que no nos gusta. Preferimos anticiparnos, pero si las cosas no van como pensamos mientras nos anticipábamos, creemos que no ha valido la pena. Vaya mierda con la que ha empezado, pero ¿y si no? ¿y si escribo esto precisamente para dar pie al fin del bucle? Me parece que recordar es un ejercicio que debe llevarse a cabo con extrema delicadeza para no perder el rumbo. Por otra parte, pienso que anticiparse es una práctica de auto exigencia bastante curiosa: nos empeñamos en predecir creyendo que la lotería se encuentra en la otra esquina si llegamos temprano, de lo contrario el circuito cambia de dirección y es como caminar en una trotadora. ¿Por qué se vienen estás imágenes a mi cabeza? Trotadora y esquina son esa clase de palabras que al ser pronunciadas representan fonéticamente su significado.

Tro-ta-do-ra: Como pasos que se encaminan hacia algún lugar.

Es-qui-na: Comienzo, fluctuación y nueva dirección.

¿Recordar y anticiparse? Maneras de estar distraído, más allá de lo bueno y lo malo, formas de no estar presente. Recordar es como desatar las agujetas para probar que aún sabemos atarlas. Anticiparnos es como dejar las agujetas atadas el día anterior, pensando que nos pueden dar ganas de recordar al día siguiente. Lo cierto es que ya sabemos cómo lidiar con las agujetas, podríamos vivir sin la necesidad de atar y desatar, pero lo seguimos haciendo, ignorando la oportunidad de ir descalzos. El tiempo demostraría lo siguiente: pronto encontraríamos la manera de problematizar nuestra elección, interrogantes que sin embargo acabaríamos aceptando por el riesgo de ir descalzos en una sociedad acostumbrada a dar pisotones.

Nos parece más extraña una persona descalza, aunque sea la misma. Aunque tú y yo seamos lo mismo, aunque tú y yo provengamos de lo mismo, sigue habiendo extrañeza entre nosotros, en especial si se nos va el día recordando y anticipando. Y no digo que esté del todo mal, pero cultivo la sospecha de que fomentamos una práctica sin ser lo suficientemente prácticos para leer las implicancias de ausentarse en el presente. El presente no puede basarse en el recuerdo, y mucho menos en la anticipación.  En el presente, supongo, debiéramos ir descalzos, sin excepción. Los recuerdos desencadenan más recuerdos y el afán por anticiparnos nos vuelve cada vez más ansiosos. Escribir es un buen ejercicio para estar en el presente, lo cual no implica necesariamente la anulación del pasado y el futuro, pero sí la certeza de que habitamos un espacio distinto que cambia en cada milésima de segundo. El presente se mueve con cada uno de nosotros, y mientras más conscientes somos de su compañía, menos influencia tiene en nuestra vida cualquier otro coqueteo con la ausencia (comprendiendo esta última como la distracción por medio de momentos cronológicamente ajenos).

Sabemos que nuestros pasos se dirigen hacia algún lugar, me parece que debiera bastarnos con eso, sin embargo, contamos con más información: así como existe el comienzo, se hacen presentes también las fluctuaciones y las nuevas direcciones. Si me preguntan por el horizonte, diría que sigue siendo el mismo más allá del lugar en el que estemos y hacia donde miremos. Hay cosas que parecieran no cambiar, aunque fueron creadas para hacerlo. El presente es la oportunidad del cambio, la práctica primordial. El recuerdo y la anticipación son placebos de bajo efecto y breve duración, prácticas sin práctica, distracciones del único juego verdadero: simplemente estar (y punto).

Por José Miguel Frías R.

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