Sobre el equilibrio sin superficie en la literatura

Al escoger un tópico como este para un breve apunte, busco comenzar a dar por superada la aberrante idea de que poseemos un completo control sobre nuestra literatura. Hacemos lo que podemos, mediante distintos esfuerzos, para conseguir un equilibrio que quizás no es tal dentro de nuestras frases (las cuales, en este caso, vendrían siendo aquella cuerda en la cual nos equilibramos descalzos). Textos que destacan por la lentitud y laboriosidad  de su construcción, y otros que por el contrario realzan una singular concepción de la efervescencia. Ambos, con diferencias de carácter temporal, participan como afluentes de un mismo río: la búsqueda de un equilibrio sin superficie.

Nuestras frases son la cuerda
A medida que la idea avanza y toma forma, aquel material en bruto que observábamos en un inicio se vuelve proporcionalmente más pequeño (quizás, para ser más preciso, el adjetivo debiera ser delgado). Sólo en cuerpo claro está. La inmensidad de su nuevo peso, el de las decisiones que nos han llevado a cambiarla para siempre, dota a esta cuerda de una consistencia  que la distinguirá y agrupará con otras. Con esta analogía no busco más que hacer eco de nuestras frases enhebradas, sobre la cuales buscamos recorrer diversas inquietudes (y es que de eso se trata, de no quedarse quietos, de no quedarse quietas).

La superficie la trazamos nosotros, al menos si hemos encontrado el valor suficiente para escribir. Actitud temeraria en ocasiones, con guiños de una sencillez madura que nos atonta con el pasar de las letras (de lo contrario, quizás no habría palabras). Nuestra superficie, una vez tensa, aparece frente a los ojos de una intención lectora, ajena a la autoría. ¿Vienen a ver acaso cómo es que nos equilibramos sobre estas superficies? Quizás sólo quieran observar nuestras posibles caídas, mientras otro grupo disfruta de nuestra caminata, con una extraña confianza depositada en la imagen del -o la- aspirante a saltimbanqui. No vienen a observar nuestro equilibrio, o al menos no sólo eso. ¿A qué me refiero con esto? Pues a que no es necesaria aquella superficie quizás, si lo que quieren es observar sólo equilibrio, ya que este se encuentra presente antes y después de nuestro acto temerario de escritura. Lo que vienen a observar es la vitalidad. Qué tan frescos podemos volver a aparecer ante sus ojos, sin nunca obviar el riesgo de escribir-les, de escribirnos y de describir-nos.

Si nuevas miradas buscan superficies las tendrán, siempre. Detonamos en conjunto la construcción de muchas más de las esperadas, y tal vez en aquel proceso consigamos también dilucidar el rol de nuestras superficies, junto con la necesidad de nuestro equilibrio dentro -y fuera- de ellas.

La caída
Breve aclaración: no hay quien no haya muerto por caer de la cuerda. El miedo no es a caer.
Me gustaría creer que no hablo sólo por mí en algunos pasajes de este texto. Si quien está leyendo esto me lo permite, acompáñeme con la siguiente aseveración: sabemos que es posible morir y vivir cuántas vidas queramos aquí. Envejecer y rejuvenecer si así nos lo proponemos. Enfrentar el desasosiego con la anchura necesaria, dándole un soplido tan fuerte que regrese y consiga solaparnos, blindando la determinación de un momento (o del momento). En este sentido es que apostamos a la caída y no le tememos (si es que aún estás conmigo esto), ya que así como enhebramos nuestra cuerda, construimos también nuestros propios abismos.

A qué nos lleva el abismo
A ninguna parte. El abismo no nos lleva a ninguna parte, lo que también podría interpretarse como cualquier lugar, ya que resulta tan difícil escribir sobre el vacío, que siempre terminamos habitándolo y transformándolo, generando su nueva interpretación, decorándolo con aires de localidad. Hay quienes lo llenan de agua sin temor al peligro de ahogarse, mientras que otras tantas mentes deciden hacer fuego. A estas alturas, no sé si es tan válido preguntarnos por el equilibrio. Considerando que el vacío puede llegar a ser cualquier superficie, el rol de esta última (la superficie) quizá sea permanecer el tiempo que las palabras decidan sostenerla. Y aquí, en este punto, resulta reconfortante volver al equilibrio. Si volteamos y leemos la última cuerda que acabamos de enhebrar, descubriremos que la búsqueda del equilibrio sin superficie puede llegar a significar la decisión de sostener o no con nuestras palabras los distintos vacíos que pronto dejan de serlo.

Apunte y dibujo por José Miguel Frías R. 

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