“y de ti aparece este enjambre de sutilezas”
Escribo esta presentación cuando la madrugada y el amanecer son una misma cosa y ninguna de las dos. El castillo de Tintagel “está perdido ahora”, dice la Reina en el epígrafe del libro, y con eso responde a su propia pregunta. En una segunda pregunta, también dirigida a Tristán, sobre si el lugar donde se encuentran ambos es el jardín maravilloso, protegido por un muro de aire, el héroe da la negativa. El epígrafe decide cerrar en ese “no”, pero el texto continúa. Tristán constata: “la muralla de aire está rota ya y no es éste el jardín maravilloso”.
Cuando leí Publiguías (2021) pensé que a Manuel le gustaba mucho Chile, por la gran cantidad de lugares mencionados, por cierta fascinación con sus nombres, y por el gesto de poner a funcionar su imaginación a partir de ellos, lo que también se extiende a voces americanas y a palabras que todavía no llegan al diccionario (en Colima y en el presente libro). Esto me recuerda una metáfora de Lorca, “un mar de mapa”, mapa audible en la caracola-corazón: “Me han traído una caracola. / Dentro le canta un mar de mapa. / Mi corazón se llena de agua con pececillos de sombra y plata”, dice el poema “Caracola”. Tal vez en estos versos se aluda a escuchar con la imaginación un lugar exterior en el interior, o a una disposición líquida, neptuniana, que facilita resonancias emocionales. Creo que la poética de Manuel (que también se puede apreciar en su música) usa la imaginación a la manera de un sonar: la onda choca con diversos materiales en interacción, originales y prestados, percibidos e intervenidos y orienta a la vez que sitúa un hacer.
En Publiguías y Colima además de los lugares, son muy relevantes los espacios y las voces que aparecen en ellos. Pueden oscilar entre la referencia onomástica y la evanescencia, es decir, exponen distancias o intensidades de rangos extremos. Los poemas ocurren en movimiento, hay tránsito o acciones en desarrollo. Cierta cualidad teatral en la composición armoniza escenas cambiantes, donde la forma de lo dicho −fragmentaria, episódica− consigue quiebres pero mantiene una cercanía, una intimidad tonal.
El lector puede estar perdido en esta deslocalización, y en las fluctuaciones aferrarse a imágenes, atender a giros, a palabras puntuales (porque es evidente el interés en el inventario léxico y en granulizar el registro); sin embargo, el tono transmite una sensibilidad amena e irónica, inocente y pícara, que invita a proseguir. Es una promesa efectiva, puesto que la recompensa llega por una suerte de adherencia aleatoria, mezcla de dump y hallazgo, punctum y flujo.
La mano negra cuenta con algunas decisiones que diferencian al libro de los anteriores. Posiblemente sea el bloque unitario más extenso, si consideramos que Publiguías y Colima son unidades compuestas de series tituladas (que pueden operar como poemas largos). Acá el libro enfatiza la individualidad de cada poema a través de un título (y un índice), y una segmentación más tenue de ellos se signa con pausas o descansos de lectura numerados en romano. Así, la progresión de los 36 poemas que lo integran se distribuye en 6 (parte I), 20 (parte II) y 10 (parte III). Tres actos o movimientos.
Cada poema parece en una primera lectura un juguete epigramático/lírico, de lenguaje denso, complejo, condensado. El tono íntimo da energía a voces de oblicua primera persona que apelan, sufren, imprecan situados en atmósferas y situaciones puntuales, pero extrañadas por los diseños de la dicción y la interferencia de ciertas convenciones del género. “Cada cual es libre de lamentar que las escenas de intimidad ocurran siempre en el interior de los demás”, se lee en “Demetrio”, su primer poema.
La dicción puede tornarse socarrona pero hay seriedad y gravedad de base, el dump se vuelve una especie de trobar clus, los tránsitos, acciones y movimientos se cargan de pathos.
yo siempre te seguiría, y si pudiera achicarme
iría con cuentos y canastos a sujetar otra vez
tu yeso inútil de niño. (“Yeso”, p. 13)
En todo caso no convenía compartir la cama,
en una ciudad de hachas y perros y no sé
si cabe poner desodorante ambiental, en cada
centímetro cúbico del cuarto. Voy a pensar que
hay un mejor garzón para ti, de mejores efebos: (“Crónica principal, 1315”, p. 16)
Si una de las características de la poesía de Manuel es su necesidad de movimiento, en la segunda parte hay elementos que aluden a viaje, túneles (trances de oscuridad y de entrada en la tierra) y derroteros (zozobras en mares de intensidad emocional), todo esto mantiene la dicción clus de americana castellanía para abordar diversos trances relacionados con el trabajo, la comida, menesteres de la incipiente vida adulta en convivencia.
Tocó cruzar con dos
velas hechas en triángulo
sin Diesel, el agua de la contratación
(“Derrotero de Guaruba”, p. 22)
Estas necesidades en literatura Frye las conceptualizó como intereses primarios: “comida y bebida con las necesidades corporales relacionadas; sexo, propiedad –por ejemplo, dinero, posesiones, cobijo, ropa y todo aquello que constituye propiedad en el sentido de que es ‘propio’ de uno; y libertad de movimiento” (Frye, Anatomía de la crítica) y es posible ponerlo en relación con parte de la crónica que funciona tenuemente tras La mano negra.
Vitalismo y muerte, infancia y adultez, contraluz también barroco, bodegón agusanado. A los túneles se suman poemas de tumbas y cementerios, muerte y podredumbre en el corazón/bozal del sustento, la mirada plástica y de corte existencialista condensa estas materias.
Tumba es ruido de gran comida,
es encontrar la mitad del sudario metido en la calavera
que come y cava, hoyos insignificantes de luz y aire.
(“Un cementerio”, p. 39).
Tenía luz propia mi repollo
y había que afinarlo como a un piano,
pero no era azul ni líquido ni salobre
y nosotros
ni cavándole a la fruta galerías, seríamos
bondadosos, como las arañas.
(“Derrotero de Las Arañas”, p. 35).
Y también hay textos que portan una reflexión sobre el trabajo poético, donde nombrar/acuñar aparece como un ejercicio infantil y/o vano.
un instrumento que llama león al fruto del león,
y caballo al fruto del caballo. Y aún
no sé si eso que nos contesta
será capaz de callarse alguna vez
(“Crátilo”, p. 26)
Yo,
que miro estos programas, que nunca tomé
en mi vida, pala ni guadaña.
(“Pascaud”, p. 40)
Veamos, me dijeron mis dueños,
hasta dónde puedes llegar
con un solo paquete de fósforos.
Aprenderás a ser egoísta y a vivir
en función de una imagen
(“Ficción de sociedad”, p. 46)
En líneas generales la propuesta podría calificar de críptica principalmente por el diseño de la dicción, cariz que se conjunta a otros componentes de la política formal. Sin embargo, más que requerir entendimiento del lector, el libro pide la capacidad de apreciar y ahondar en el juego propuesto, así como valorar las decisiones arbitrarias que lo conforman como libro de poesía, con sus momentos altos y bajos, ahora más fáciles de identificar e individualizar en el rango variable de poemas titulados. Libro de amor y desamor, La mano negra trata de la extinción de un lenguaje, el lenguaje de los amantes, no en especie, sino de determinados ítems-existencias amantes, palabras detritus a la vez que tesoros donde alguna vez hubo Tintagel; dump y relicario.
Por David Villagrán
Fotografía de Maurice Tabard
Sobre

La mano negra
Manuel Boher
Komorebi
2025











