Practicada en la antigüedad por griegos y romanos, la ornitomancia es una legendaria forma de adivinación que interpreta el comportamiento de las aves. Basa sus predicciones en la melodía y el tipo de canto, la forma del vuelo, la altura y la dirección de las migraciones.
Brownbird (Ediciones Unap, 2025) de Niall Binns puede ser varias cosas a la vez y conversando siempre: cartografía poética de un mapa repleto de un lenguaje inscripto en alas, picos, plumas, graznidos, cloqueos, etc; una indagación sobre la incomunicabilidad entre seres humanos y naturaleza y entre los propios seres humanos; es también un ruteo ligero y profundo en la fisura entre palabras y cosas. Un poemario sobre las aves: sobre los pájaros y los hombres y las mujeres. Y también un solo gran poema sobre la poesía, y no porque los poemas vuelen o nos eleven (que sí), sino porque como las carroñeras, la poesía trabaja sobre el lenguaje —esa carroña— ingiriendo, regurgitando: limpiando eso que existe ahí.
“La culpa la tiene el diccionario” dice uno de los primeros versos del libro, y de inmediato el poema (y ya que estamos, todos los demás) adquiere el opaco matiz de los equívocos, de los vuelos erráticos de los patos yecos envenenados que fatigan algunas calles de Iquique, como los buitres de Binns ciertos páramos desolados por una guerra.
¿Qué nos opaca Brownbird? Opaca la posibilidad misma de la comunicación pero abre nuevos registros imaginativos, como señala la nota del editor. El fragmento 3 del entrañable poema “Trece formas de escuchar a un mirlo” nos lo expresa: “La hembra del mirlo es parda / De noche o de día, todos los mirlos hembras son pardos / Pico pardo, patas pardas, pecho pardo: / por completo de plumaje pardo / Mirlo en inglés es blackbird pero ella / es brown / Es una Brownbird que no tiene ni su nombre…”. Y esto nos lleva a Juan Luis Martínez: “Los pájaros cantan en pajarístico, pero los escuchamos en español. (El español ((y todos los otros, añado)) es una lengua opaca con un gran número de palabras fantasmas; el pajarístico es una lengua transparente y sin palabras)”.
¿Cómo acometemos la lectura de un texto tan cargado de desconfianza en la palabra? Tal vez podemos aplicar la ornitomancia al revés: lo que leo no es adivinatorio sino aquello que estamos siendo en el mismo momento de la lectura, y para ello Brownbird es un espejo, pero espejo retrovisor, con las distancias desplazadas: no nos interpela como sujetos, en cambio susurra cosas, al modo del follaje de los árboles o el sonido de las olas. Nuevamente en “Trece maneras de escuchar a un mirlo”: “En las ramas del haya al fondo del jardín / hay un mirlo que canta / Es un punto negro en la copa del árbol / Silba como un hombre que sale del trabajo / Ha llegado el fin de semana y está libre…” (26). Finalmente, la naturaleza está ahí, y uno la mira y es mirado por ella: “Las aves observan / Hacen como si no nos observaran pero observan” (19) señala el hablante en “No se trata de mirar”.
¿Pueden comerciar dos lenguas tan distintas como la de la naturaleza y la del humano, las cosas y las palabras, imaginación y realidad, la de las alas y la de los pies? Quizás no hay comercio susurra Blackbird, quizás todo es un trinar, un gorjeo, graznidos al despuntar el alba o al anochecer. Quizás todo es un ruidoso y melodioso sonido que a veces deriva en lenguaje y a veces en básica comunicación animal. O viceversa. Quizás, rumorea Binns, no se trata de mirar, y en cambio sentir, tantear, intuir, aletear mientras se pueda. Ese carcajearse parriano mientras el mundo está derrumbándose: “…Ríense a carcajadas y a más no poder / Se ríen y nosotros también nos reímos / Es una gran risa planetaria, la nuestra” (44).
Pero quizás sí se trata de mirar. Y el lector de Brownbird puede observar —leer, sí, pero mirar también— versos y estrofas que al ser pura imagen son también síntesis entre la hondura del hecho natural y el sujeto, como en el poema “Curiñanco”: “Un pelícano cae en picado a las aguas / desafiando a su peso prehistórico / El zarapito hurga en la arena, el yeco / se hunde en la rompiente o se posa ante el mar / con las alas abiertas venerándolo”.
Brownbird es un excéntrico mirador de aves que permite avistar muchas otras cosas, algunas de las cuales se nos parecen pavorosamente. Porque, si se trata de observar, la propia observación traza un mapa que ya no es lo observado, sino que delinea la ruta del que parado en el atalaya intenta descifrar el movimiento en los cielos, y también en la tierra. “A las aves solo hay que dejarlas volar” dice Corto Maltés en una de sus aventuras africanas. Dejarlas volar y seguirlas con la vista, añadiríamos, aunque sean unas carroñeras que prefieren la tierra al cielo y de las que se puede decir casi las mismas cosas que se dicen sobre el ser humano. Sin ir más allá, las urracas nunca olvidan y los loros articulan palabras.
Si los pájaros de Binns son tan parecidos a nosotros y nosotras es porque bandadas de seres humanos y aves derivan y nomadean en un mismo planeta, porque los dibujos de los mirlos en el aire semejan el transitar de nuestros pies en las ciudades y los campos; un movimiento que de tan opuesto es similar. Como en el poema “Gozo”, en cuyos versos asoma una verdad pesada: somos seres para la muerte, y ese impulso —pulsión, diríamos— es en rigor la vida misma aleteando, impulsándose a la copa del árbol o estremeciéndose en picada contra un roquerío. Brownbird es un texto sobre la vida, y la vida es también sobre la muerte.
Y como esta es una lectura volátil, a vuelo de pájaro, regresamos a la ornitomancia, que en Brownbird ya no es augurio, presagio, visión de un destino, sino la mirada al presente, a lo que nos rodea, a todo lo otro que somos también todos y todas. En el poema “Boda”, una pareja echada en el suelo de la campiña inglesa mira pasar urracas. La primera les fataliza un destino aciago y trágico; la segunda un porvenir lleno de fiestas y viajes; pero la tercera -carcajeándose- les perpetra algo demasiado próximo: “’Nos casaremos mañana’, se dicen / convencidos: ‘es la voluntad del cielo’” (49-50). No se trata de leer a las aves para dar con un futuro, sino solo de leerlas, y así entender un poco el presente, que como escribió Parra en “Brindis”, es lo único que tenemos.
Y si se trata de leer el presente, en el poema “Ave sagrada” Binns traza un desazonado perfil de un pajarraco —el buitre— que bien pudiera ser el destrone definitivo de una época y su épica: “Lo ingerido se procesa y se expulsa / Lo expulsado se ingiere y se procesa / Pero el que lo procesa es prescindible / Se está muriendo el carroñero / Ahí está, retorciéndose en el suelo / (la agonía promete ser patética) / Fíjate: le tiembla el pico como si fuese a pronunciar / entre los estertores / su último ditirambo al desamor y a la muerte”.
Retorno: quizás habría que leer Brownbird como un almanaque de aves singularmente parecidas y distintas a nosotros y nosotras, como manual de ornitomancia del presente: un texto que va sobre el vuelo, la vida, la muerte, la podredumbre, pero también solo sobre pájaros, sobre bandadas, picoteos, sobre zarapitos, mirlos, jotes, diucas, sobre plumas y equívocos. Poemas que interpelan susurrando, como al sentir arriba de una palmera el aleteo ruidoso y sordo de unos yecos en pleno apareamiento.
Por Juan José Podestá
Fotografía de Garry Winogrand
Sobre:

Brownbird
Niall Binns
Ediciones UNAP











