Un grupo de universitarios ríe a carcajadas unas filas atrás de mi asiento en la micro. No podría identificar el chiste porque luego de unos minutos las risas solo son interrumpidas por otra acotación que renueva su orquesta. Pese a la cancelación de ruido de mis audífonos, la celebración estudiantil insiste en asediar mis tímpanos y desconcentrarme del podcast de Bella Freud que un amigo entusiasta del buen vestir me recomendó.
La risa es un espectáculo vulgar. Cuando no participamos de ella nos desagrada. Es un escándalo que interrumpe el curso del pensamiento y nos enfrenta a un idioma extranjero que juzgamos menos noble. En ese momento, la felicidad ajena resulta menos valiosa que escuchar las razones por las que Kate Moss eligió su atuendo para el capítulo. La modelo británica responde acostada en un diván que recuerda los orígenes del psicoanálisis. Entre medio de sus respuestas no deja de emitir un sonido nervioso más parecido a un hipo estridente que a la risa. Su corta duración me distrae de lo que dice. Debe haber consumido cien veces su peso en cocaína, conjetura mi amigo cuando le comento sobre la recurrencia de sus espasmos.
La risa nos puede unir a otros de manera placentera, sin embargo, es una celebración a la que no todos están invitados. En su ensayo La Risa, el filósofo francés Henri Bergson la describe como un mecanismo correctivo que castiga la inadaptación social. Esta función punitiva de la risa me trae recuerdos de la infancia. La sobremesa convierte el almuerzo familiar en un bastión de críticas a otras personas disfrazadas de chiste, muchas de ellas de carácter homofóbico. Luego de haber compartido el pollo asado con papas doradas, la unión familiar se robustece en la elección de un bufón del que burlarse con el que me identifico en secreto.
Cuando apunta a un blanco, la risa traza un régimen moral en el que debemos participar a muy temprana edad. Evocar los días de la infancia puede resultar un ejercicio en extremo disonante: se nos enseña el respeto por los demás, al mismo tiempo que aprendemos, bajo el azotamiento de la burla, a discernir lo socialmente aceptable de aquello que no lo es. Lo doloroso es descubrir con vergüenza en nuestra memoria la propia imagen como objeto de las risas.
En su uso belicoso, la risa también puede subvertir el orden social que otras veces legitima. Si redefinimos desde Bourdieu la estrategia y objetivo de la burla, podemos cuestionar a las élites y a su supuesto buen gusto, ridiculizar y debilitar el respaldo a su capital cultural. La risa, si es bien dirigida, puede incluso hacernos un favor estético, como lo hizo una cuenta de Instagram al poner un espejo en Sanhattan –pretencioso nombre con el que bautizaron el barrio que aloja a la industria financiera en Santiago- frente a los cientos de hombres que visten pantalón caqui y camisa celeste sin cuestionar la originalidad de su atuendo.
La risa nos interpela, amenaza la seguridad con la que se construye nuestro ego. No solo hace trastabillar la identidad, también desviste a las instituciones de su solemnidad y posibilita su cuestionamiento. En Jubilee, película de 1978 dirigida por Derek Jarman, la Reina Isabel I viaja al futuro y presencia el caos de una Inglaterra punk donde Isabel II es asesinada. La risa aquí es escandalosa, carnavalesca incluso, diría Bajtín, para explicar la levedad e irrelevancia que asume la monarquía en la sátira del director inglés. La estratagema de ataque en la risa no busca entretener, sino desnudar y profanar la sacralidad del orden social. Embiste incluso contra la poesía, cuya solemnidad parecía incuestionable hasta que Parra subió a los poetas a su “montaña rusa”:
Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices
El último verso del poema de Parra nos recuerda algo fundamental de la risa: al menos cuando es genuina, aparece sin control alguno. Ser atacado por ella nos sitúa ante la irreprimible fuerza de la naturaleza al igual que un sangrado de narices, una incontinencia urinaria o una diarrea fulminante.
La vulgaridad de la risa incontenible en un ataque es el cuerpo que desborda el límite de la voluntad y la razón. A merced de esta reacción tan primaria como el acto reflejo que revisa el médico al golpear la rodilla o deslizar, lo que parece el mango de una cuchara, por la planta del pie, te despojas de la ilusión de un conocimiento y control total sobre ti mismo. Tal vez a ese lugar nos quiere hacer regresar la risa carnavalesca de Bajtín en escenas tan grotescas como la de Divine comiendo caca de perro al final de Pink Flamingos de John Waters: un lugar previo a todo orden moral del cual la risa es cómplice.
Hacerse caca, pipí o estornudar te llevan, al menos momentáneamente, a un espacio liminal en que no te has distinguido del mundo de los objetos. Desde la perspectiva de Julia Kristeva una risa no controlada es tan repulsiva y fascinante como cualquier otra expulsión corporal capaz de desestabilizar el orden simbólico. La carcajada, en todas sus diferentes versiones –ronquido de chancho, silbido de tetera, agudeza de enceradora, ataque asmático silencioso o espasmo epiléptico– es puro ruido, no alcanza a formular palabra ni identidad que nos diferencie.
El mundo amenaza nuevamente con su fin y la risa se torna una extrañeza, o un gesto de mala educación. No es bien visto reír en un funeral, y esa atribución de seriedad puede serle en sumo injusta a la muerte. Morir de la risa no parece tan terrible. A diferencia de la agonía en una enfermedad, la felicidad invade sin justificación tu cuerpo. Lo hace leve, te recuerda tu insignificancia.
Por Agustín Herrera
Fotografía de Billy Monk











