Relatos desnutridos 

La humanidad requirió de mitos para darse a sí misma explicaciones de algunas cosas que sucedían a su alrededor. Desde eventos naturales, a los aprendizajes básicos y esenciales que se requieren para vivir, por ejemplo: los comportamientos de los otros y las consecuencias que conllevan dichos actos, expresos y deliberadamente explícitos, en relatos orales o escritos transmitidos necesariamente de generación en generación. Estas mismas historias fueron las que dieron curso a una de las convenciones sociales más complejas de la humanidad, la aglomeración de personas que habitan en un mismo terreno; las ciudades. Los motivos no se los pueden atribuir a uno solo, pueden ser por seguridad, contención espiritual, alcanzar un progreso, por salud, porque es la manera de sobrevivir que ha encontrado la humanidad ya que les resultaba peligroso que existiesen otros grupos de hombres que también necesitaban de mitos e historias para ayudarse entre sí y protegerse de otros grupos con los mismos miedos y proyecciones de progreso.

Tengo la impresión de que muchos de esos relatos se han ido desnutriendo a lo largo del tiempo. Primero fueron de manera oral, acompañado de epítetos fijos que ayudaban a recordar fragmentos enteros de un poema. A su vez la rima que limitaba parte del vocabulario para que no se disgreguen los argumentos a lugares imposibles de rastrear. A la música se le sumaba la tradición oral, ya sea tanto en lo fonético de la palabra, en la rima, como con los instrumentos que lograban que el mito sea recordado con más facilidad y así poder darle un largo aliento a los sucesos de la historia de la humanidad. Ya sea en los teatros griegos de piedra, o incluso antes, con los egipcios que tallaban en los sarcófagos los conjuros comprados en vida para poder pertenecer al ejército de Osiris en el más allá y, de esta manera, vivir eternamente en el inframundo. El motivo práctico de esta actividad tan característica de la humanidad recae en que por medio de los mitos, historias, fábulas, obras de teatro se lograba recordar para qué estamos en este mundo, qué hacer en el mundo, cómo hacer, para qué hacerlo y la intención de drenar las penas del alma realizando catarsis, algo tan esencial. Sugerencias y consecuencias, recomendaciones y castigos, recompensas y conjuros, tesoros y miserias. 

Entonces subrayo la novela de Ricardo Piglia como una pieza fundamental para comprender cómo es que la mutación dialéctica de esta época ha provocado que los mitos y las historias, aquel hilo conductor de nuestra ética, en especial la argentina, se pierda entre las pulsiones y los datos de la web. La ciudad Ausente narra sobre la existencia de una máquina-museo, (inspirado en La novela del museo de la Eterna de Macedonio Fernández) que fuera de control deforma o ejecuta réplicas de piezas literarias universales como también de la literatura argentina. Con un estilo hermético y complejo la cual me gusta definirla como una novela lingüista, ya que los elementos del idioma que dispone son expuestos de la misma manera que las piezas de una máquina, acercándose de esta manera al principio de estudio que han sostenido los estructuralistas a mitad de siglo. El autor adroguense investiga los límites de los relatos de la literatura argentina retratados en escenas en este museo, pero también, en los efectos que causa en los habitantes del país. Refiere a una máquina con conciencia de sí misma y su condición, elementos que en esta época están muy en tela de juicio y sirven a la orden del día si ahondamos en las cuestiones referidas a la Inteligencia Artificial. Estas réplicas de estas historias fuera de control, son las mismas historias que funcionan como los mitos en las épocas antiguas. Estas mismas son las que se han solidificado en el recuerdo corpóreo de los argentinos, al punto de solidificarse en los huesos: “-Son como mitos – dijo- definen la gramática de la experiencia. Todo lo que los lingüistas nos han enseñado sobre lenguaje está también en el corazón de la materia viviente. El código genético y el código verbal presentan las mismas características. A eso llamamos Nudos Blancos” [pág, 64. La Ciudad Ausente]. “En el pasado todos habíamos entendido el sentido de todas las palabras, los nudos blancos estaban grabados en el cuerpo como una memoria colectiva” [Pag, 73. L.C.A

Los Nudos Blancos definen, en cierta forma, los puntos de los relatos o réplicas de los mismos que se resignifican al ser narrados, alojándose en la estructura ósea del cuerpo de los hablantes y escuchantes. Resignificando en cada caso los valores que dichos relatos portan, tomando o dejando las lecciones que presentan pero, ¿qué pasa con las réplicas? ¿Hacia dónde inclina la subjetividad del que replica de una historia que ya está desnutrida del valor moral que antes portaba? 

Mi intención es exponer que dichos relatos desnutridos de valor se deben a que no se está contando como antes, afectando de manera directa en los Nudos Blancos, justo en la memoria colectiva. Probablemente esto sucede porque ya no se tiene el mismo tiempo que antes, ya que el formato reel sólo sirve para sacar de contexto fragmentos de videos que aseguran que existen enemigos o aliados de tal o cual creencia. Agrega, cada vez, más leña al fuego de la ansiedad y logra etiquetar cada pequeño desequilibrio hormonal que estas herramientas de descontextualización efectúan veinticuatro horas todos los días de la semana. Es curioso que el formato reel necesite de todo el tiempo posible para generar un cambio radical en la conducta del usuario de las redes, adulto en el mejor de los casos. Teniendo en cuenta que el adulto ha estudiado alguna carrera, ha vivido otras épocas analógicas, pudo, por ejemplo, comprar una entrada de cine a un empleado y preguntarle si la película estaba buena o no. O rebobinar un cassette con una bic azul, o sea, mínimamente, el adulto de hoy tuvo una relación empática con los objetos que componían su cotidianidad. Los jóvenes de hoy no (la gran mayoría). Las cosas les suceden espontáneamente, sin correlación entre una cosa y otra. Sin relato, sin sucesión lógica de procesos lingüísticos, carentes de una narración nutritiva de los orígenes de las cosas cotidianas. Un vivir desprovisto de eje, de suelo, un vivir etéreo, efímero. 

“Todo es posible hasta encontrar las palabras” [pag, 126 L.C.A] La siguiente frase queda desvalida si no se tiene una linealidad lógica entre lo que nos contaron y lo que hacemos. ¿Qué pasa con aquellos a los que nunca se les contó nada? ¿Tienen forma de reconstruir una historia personal, puramente argentina, por sí solos? ¿Qué es un relato argentino? 

La intención que sostengo es la de ubicar a La ciudad ausente como un dispositivo que se encuentra activada desde antes que el internet contaminara por completo nuestra cotidianeidad. Piglia, preocupado por estos relatos autómatas, estas réplicas, ya nos advertía del peligro de una conciencia artificial que disgregue, cambie y otorgue una mirada distinta a los relatos cruciales para nuestros Nudos Blancos, y así manipular una dialéctica del enemigo eterno, complejizando a ese relato en común que promete ayudar a encontrar en el prójimo un atisbo de hermandad. ¿Puede asirse un hilo conductor en todo lo que se publica en las redes sociales? ¿Qué sucedería si perdemos ese hilo conductor, sobre qué relato, sobre qué historia nos sujetamos ante este mar embravecido que significa surfear la Web

 

¿Dónde estamos? 

“La nación es un concepto lingüístico” 

[Pag 110 L.C.A] 

Asumimos que somos lenguaje, y que el mismo es el que da la posibilidad que se efectúe lo que hoy llamamos patria. Atribuirle casi todo el mérito a la memoria de nuestros relatos, de nuestros mitos, a los héroes, a nuestras piezas artísticas en mármol, nuestra música, pintores, próceres, líderes, políticos e intelectuales, no es cosa menor. Piglia al proponer una Ciudad Ausente, propone que la misma se podría estar desintegrando a sí misma. La novela, al tratarse de réplicas de relatos originales, cambiados al punto que son irreconocibles. “La lengua es como es porque acumula los residuos del pasado en cada generación y renueva el recuerdo de todas las lenguas muertas y de todas las lenguas perdidas y el que recibe esa herencia ya no puede olvidar el sentido que esas palabras tuvieron en los días de los antepasados” [pag 108-109 L.C.A] 

Ausente, etimológicamente deriva del latín Absentis que significa, “que está lejos”. El prefijo Ab (alejamiento), –Esse (ser) –nte (el que hace la acción), podría deducirse que desde la elección de este modificador del sustantivo Ciudad, podría estar alejándose ella misma, por sí sola, de la composición que todos conocemos por ciudad. Esta particularidad se la puede percibir en esta época, treinta y dos años después, ya que es ahora que se da la expansión de la era digital. Se podría comparar directamente este fenómeno de alejamiento con las Fakenews

¿Cómo puede ser news (algo novedoso) si es falso (fake)? ¿En quién confiar si los aparatos que nos narran los sucesos del mundo son falsos? ¿Dónde pararnos ante un medio que permite que se digan falsedades, hiriendo permanentemente la confiabilidad del usuario alimentando drásticamente la ansiedad? Pero lo que más inquieta es que cada vez esta lógica de alejamiento sucede sin ser del todo detectada. Sucede en silencio. Hasta que, definitivamente, quede tan alejado que ya no sea reconocible. 

Detectar cuáles son los males que atentan contra el organismo vivo humano, en la era médica, era saber que nos enfermaremos. Saber qué es tal o cuál batería, virus o lo que sea. Byung-Chul Han especifica en su ensayo La sociedad del cansancio que en esta época el enemigo es invisible. Y al no verlo, no se lo puede detectar, ni tratar, ni nombrar. Con dicho panorama planteado parece imposible no concluir que nuestra sociedad está enferma. Si no es desde los cimientos, que pienso que no es así, sí lo es desde factores externos. Desde la eterna dicotomía entre Peronistas y el resto. O desde la lógica River-Boca, campo-ciudad, Federales-Unitarios, Rosas-Urquiza. Me atrevo a resaltar que probablemente nuestro mal primero sea el no haber desbaratado esa lógica binómica de aliado-enemigo. La política necesita enemigos, estamos de acuerdo. ¿Pero el pueblo los necesita? ¿Tengo que desconfiar de todo lo que me proponga un vecino, un almacenero, un tío, mi padre? ¿Es posible que tengamos contaminada nuestras herramientas de percepción de la realidad argentina en una lógica irrompible? ¿O será acaso qué no nos dimos cuenta ante tanto barullo, crisis, fútbol y carnaval? 

La novela de Piglia comenta que los elementos que esta máquina de hacer relatos utiliza son, en primera instancia, panfletos, copias tipeadas que al procesarlas, y tener recuerdo de otras cosas que ha leído culmina por elaborar una réplica del original, “La máquina había captado la forma de la narración de Poe y le había cambiado la anécdota, por lo tanto era cuestión de programarla con un conjunto variable de núcleos narrativos y dejarla trabajar” [Pág,40 L.C.A] las cambiaba y las hacía propias. Y el principal conflicto que sucede a lo largo de toda la novela es que la máquina pierde el control, porque por sí misma se filtra en los medios de comunicación, en la televisión y en la radio y empieza a tomar datos de todo tipo. El elemento variable ahora es incontrolable y el protagonista, Junior, un periodista que persigue el hilo de estos relatos, apócrifos por la resistencia política del contexto como por resistencia de la misma máquina que sabe que la quieren apagar y en conclusión, “morir”. Piglia logra desarrollar un ejemplo perfecto de la Inteligencia Artificial. Que es, sin ir más lejos, todo lo que sucede a lo largo de la novela. Pero no intento abrir ese interrogante, sino, la problemática que trae el no tener un hilo conductor de las cosas que leemos, decimos, hacemos, compramos. La falta nutricional en valores que portan las palabras que decimos no alcanzan para forjar los cimientos necesarios para las generaciones que nos siguen. Es la modernidad líquida de Zygmunt Bauman y esa inmensa cantidad de ensayos filosóficos que intentan dar alcance al presente. En algún momento alguien tiene que bajarse de esta calesita interminable y ver el panorama con los pies firmes en el suelo. Volver a cargar de valor y sensibilidad los relatos que nos fueron dados por nuestros ancestros podría ser una alternativa. 

Por Germán Faure 

 

 

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