Lo que el escritor que atestigua se esfuerza en mostrar no son primordialmente personas, sucesos y cosas, sino la estructura en que éstos se insertan. Se muestran no solo en sus referencias, sino, en particular, en sus referentes: no solo en lo que narra (y, con alguna regularidad, se abstienen de narrar), sino en el modo de hacerlo.

M. C. Escribir, atestiguar.

En abril de 1957, la vocación bucólica de Santiago estalló en una insurrección popular luego de la muerte de la alumna de la escuela de Enfermería de la Universidad de Chile, Alicia Ramírez, víctima de la represión policial. Turbas furiosas se tomaron las calles del centro de la ciudad destruyendo y saqueando los comercios, enfrentándose sin miedo a los carabineros. Al ver sobrepasada a la policía, el presidente Ibáñez llamó al ejército.

La foto del cadáver de la mujer en la Posta Central aparecida en el diario Última Hora impactó a la opinión pública, y encendió la mecha de la acumulación de maltratos que padecía la población: el estancamiento económico era preocupante y la inflación imparable. El Gobierno aplica las restricciones aconsejadas por los asesores norteamericanos de la misión ‘Klein-Sacks’ de liberar ciertos precios, entre ellos el transporte público, lo que fue el detonante de grandes movilizaciones de estudiantes y pobladores en una revuelta sin control.

En las calles, microbuses en llamas, vitrinas en pedazos, comercios vandalizados, semáforos y alumbrado público en el suelo; una ciudad sitiada en la que “el trabajo de reportear en la calle en esos días, tuvo mucho de corresponsal de guerra”, recordará el reportero de Última Hora, Manuel Cabieses, quien junto al fotógrafo Raúl Montoya lograron que un funcionario del hospital les permitiera el ingreso por una puerta trasera y hacer la foto del cuerpo de Alicia Ramírez.

Ibáñez decretó el estado de sitio y el Congreso, que se reunió bajo protección militar, le concedió de inmediato todas las facultades extraordinarias que el presidente pedía, con las que logró encauzar la situación con el sangriento saldo final de dieciocho muertos y más de quinientos heridos.

En medio del descontento de la ciudadanía, irrumpió en el escenario político la elección presidencial de 1958. Los candidatos eran Eduardo Frei Montalva, de la Democracia Cristiana; Luis Bossay, del Partido Radical; el independiente Antonio Zamorano (conocido como “el cura de Catapilco”); Salvador Allende, del Frente de Acción Popular, y Jorge Alessandri, independiente apoyado por la derecha y el gran empresariado. Ya definidos los contendientes, no fueron pocos los que quisieron debilitar al candidato de la derecha, entre ellos Darío Sainte Marie, conocido en el ámbito periodístico como ‘Volpone’ —por entonces director del periódico estatal La Nación y fundador del mítico periódico satírico Clarín, quien decide crear un nuevo medio escrito llamado La Gaceta, publicación que se ocuparía de fustigar a Alessandri y apoyar la candidatura de su amigo Salvador (al que llamaba “el cuadrado”). Entonces, ‘’Volpone’ formó un equipo de probados redactores como el crítico literario Juan de Luigi, el escritor Nicomedes Guzmán y el ensayista en ciernes Martín Cerda o el ya mencionado periodista Manuel Cabieses (fundador de la revista Punto Final), entre otros.

A “PUNTA DE LÁPIZ”

Martín Cerda, con 27 años de edad, había regresado de París irradiando el pensamiento del tridente Sartre, Beauvoir, Camus y las transgresoras propuestas de un joven Roland Barthes. A los 21 años se había ido a la Universidad de La Sorbonne a estudiar Derecho y Filosofía, lo que sin duda ampliará sus inquietudes intelectuales, sus lecturas y el estudio del pensamiento europeo moderno.

En el Chile de los años cincuenta, aquella estadía europea y una bibliografía renovadora, dotaba al portador un aura de sofisticada vanguardia, un espíritu eurocéntrico que definiría su escritura y lo acompañaría hasta sus últimos días, pues, al decir de Vila-Matas –parafraseando a Hemingway– “París no se acaba nunca”. Ímpetu que excedía la escena local y hasta lo haría polemizar con el poeta ultraísta español Guillermo de Torre a raíz de un artículo publicado en el suplemento literario de El Mercurio por la muerte de Ortega y Gasset, en un intercambio de argumentos y lecturas que no amilanaría al novato escritor, prolongando la disputa en varias ediciones del diario.

Mientras, en Chile el inofensivo criollismo literario agoniza y es un recuerdo de otro tiempo, la ‘generación del 38’ ya ha consolidado su poética de la miseria proletaria y la ‘generación del 50’ ha irrumpido con sus primeras obras de vocación cosmopolita. Los Poemas & Antipoemas de Nicanor Parra han despeinado el panorama poético local y acaparan la atención de moros y cristianos. “Hay la sensación de que Parra ha abierto una ventana en una habitación saturada de Neruda y dejado entrar un poco de aire fresco”, recordará el escritor Hernán Valdés en su libro Fantasmas literarios, una convocación, como testigo y protagonista de aquellos días en los que el devenir de la pujante vida letrada capitalina palpitaba en los bares y cafés del centro, en los que el ensayista en ciernes cultivará sus vínculos y afiliaciones. Desde la redacción de La Gaceta —una casona en la calle Agustinas casi esquina de San Antonio—, Cerda llegaba hasta el café Sao Paulo de la calle Huérfanos a compartir la mesa del escritor Teófilo Cid, a quien ‘Volpone’ había contratado como redactor de La Nación, buscando revivir la marchita gloria de un polemista en decadencia. Aquel local era uno de los lugares de encuentro de las letras y el arte. “En el fondo las mesas de los españoles [del Winnipeg], ocupadas cotidianamente por José Ricardo Morales y Mauricio Amster, a veces por Leopoldo Castedo, Roser Bru y otros. Cerca de ellos se sientan los pintores José de Rokha, con su aspecto de sátiro, y Sergio Castillo, y en la proximidad la gente de teatro y ballet. Esta muchedumbre, que durante un par de horas llena el local, produce un rumor continuo, con altos y bajos, que a veces altera un estallido de carcajadas, o las voces de una discusión o el llanto de una mujer que escapa corriendo por el pasillo central. A veces hay incluso peleas” —evocará Valdés—. “En nuestra mesa, la de Teófilo, suelen estar Guillermo Atías, Martín Cerda, Galvarino Plaza, Venancio Lisboa, a quien han operado de un tumor en el cerebro, y que ahora mira distraído y ha olvidado que escribía una novela”.

* * *

En La Gaceta, Martín Cerda mantendría la sección “Punta de lápiz”, en la que ensayaría un estilo ‘para todo público’, contrario a la glotonería erudita (pero con citas en francés), quizá entendiendo la escritura de prensa como una conversación al pasar o en algún boliche, “sin discriminación social, política o religiosa, en la democrática mesa de tertulia que fue la suya, instalada en cualquier café o bar a lo largo de todo Chile”, dirá su amigo ‘Filebo’ (Luis Sánchez Latorre). En su columna del martes 28 de mayo de 1957, Cerda advierte: “En estas notas, escritas con la punta del lápiz, se ha de hablar numerosas veces de la vida nacional. Notará el lector que cada vez que ello ocurra, el dócil instrumento de escritorio cambiará de índole, tomando el duro y necesario carácter de bisturí. La razón de ello viene dictada por los hechos nacionales que hoy sobrellevamos después de un largo escamoteo de nuestra efectiva realidad. Si se hubiese de escoger un vocablo que espume, que sintetice en su última verdad nuestro presente, yo sugeriría el de “dislocación”. Lo haría sin aspaviento alguno, austeramente, como si se tratase de la radiografía del cuerpo patrio”. Así, su escritura de prensa (y subsistencia) transita con libertad sobre los más diversos temas con los que va tejiendo una sintomatología social, cultural y política de su época. Cerda opera como un observador exigido, obligado por la vorágine diaria de la rotativa a encontrar “algo interesante” para darle una vuelta propia, en la que es capaz de expresar, en la breve extensión de la columna, los destellos que iluminan sus cavilaciones, las que se agitan en la tensión entre la información y el pensamiento.

No son textos periodísticos en el sentido clásico, pero son periodísticos porque trabajan con la contingencia, entregando la particularidad de una mirada que anhela y reclama la libertad del ensayo.

Su escritura dinámica, urgente, que alimenta esa boca insaciable que es un diario, rechaza todo molde y la asepsia del lenguaje informativo. “Siempre he trabajo a contrapelo de toda escritura ‘hecha en serie’ (texto periodístico, académico o político), porque ella, al recurrir constantemente al tópico de la muletilla, no sólo aburre, sino, además, intimida o amenaza groseramente a esa facultad sustantiva que es la imaginación”, declarará Cerda, en una exploración que lo enfrenta a su tiempo histórico, consciente del “continuo esfuerzo de interrogarlo y, por consiguiente, de entenderlo”.

En sus columnas, el lápiz es un bisturí que desmenuza con amena ironía el acontecer nacional y los más diversos temas: la cesantía en Santiago, la amistad, el suicidio, el amor, la relación entre el escritor y el poder, personas y personajes –nacionales y extranjeros–, y en las que también se permite expresar la importancia de Vicente Huidobro y Pablo de Rokha en su formación como lector, a quienes les declara su admiración y lealtad. A Huidobro le dedica un sentido homenaje en clave autobiográfica a diez años de su muerte, “Silencio por Huidobro” (1 de enero de 1958), en el que anota: “Enero de 1948… Un muchacho camina lenta, silenciosamente hacia la puntilla de Concón. Entre sus manos lleva un periódico porteño –La Estrella de Valparaíso–, que cada cierto trecho abre para cerrarlo de inmediato. Por sus derredores pasa la gente –y entre ellas: parientes, amigos, conocidos– envueltas en risas veraniegas, respondiendo humanamente al seco rumor de la marina al quebrarse contra los roquedos costeños. Parecen todos felices, como si nada en el mundo pudiese disputarles una humilde brizna de su felicidad. Ni siquiera reparan en la muda reconcentración del muchacho que camina entre ellos, desatento de sus saludos. Nunca nadie supo la razón de ese callamiento crepuscular. Quizá –luego de diez años–, pueda el muchacho de esa tarde conconina explicar la razón de su silencio, su marginación del moceril vocinglerío que tarde a tarde se desparrama hacia la puesta del sol […] Esa tarde un enjambre de páginas ya anidadas en su intimidad habían quedado, de pronto, huérfanas, privadas de posibles continuaciones. ¡Esa tarde supo de la muerte de Vicente Huidobro!”. Para el juvenil lector e incipiente escritor, el poeta creacionista “fue y será la primera voz nacional que tuvo la amplia audición más allá de las fronteras patrias, sin que para ello movilizase un tinglado publicitario, ni mucho menos los contactos internacionales de algún partido político. Quizá fuese por tal motivo que las malquerencias y las envidias ensayaron podarle sus valías. En estos diez años su prestigio literario ha ido in crescendo, sin que hayan mediado –repito– explosiones publicitarias ni políticas explotaciones. En su memoria callemos –una vez más– nuestra palabra, para que en su hueco venga a anidarse su verbo alado”.

A de Rokha, permanente candidato al Premio Nacional de Literatura, Cerda le dedicará su “Carta abierta al poeta Pablo de Rokha”, en la que manifestará su fraternal apoyo al ‘amigo piedra’, y denunciará las redes de poder que buscaban silenciar al incendiario poeta (en clara alusión a Neruda). Finalmente, de Rokha recibirá el mencionado galardón siete años después, en 1965.

En la carta, Cerda anota:

“Nuevamente está circulando una lista de firmas literarias que solicita que se le otorgue el Premio Nacional de Literatura. Pero…, nuevamente las camarillas menudas, los rencorosos aviesos, los pergenios de bolsillo se están movilizando sigilosamente contra esta legítima reparación de honor. Historia que se viene arrastrando morosamente, como se arrastran todas las vergüenzas nacionales, y que ha sido posible por la pusilanimidad de algunos, por la felonía de otros y por la servil indiferencia de los demás. Recientemente, desde este mismo diario, estampaba su protesta Juan de Luigi, denunciando “las artimañas, jugarretas, porquerías” del hinchado personaje que ha pretendido infructuosamente rodearlo de mezquinos, incomprensibles y viciosos silencios. La gente de mi generación ha debido acercarse hasta su obra mediante rodeos, para evitarse los despistes posibles que han abierto, pomposamente, los así llamados “críticos” de la generación precedente. Sólo de Luigi nos ha franqueado las puertas de su poética. Se podrá disentir, estimado Pablo, con algunas, con muchas, de lo que yo llamaría sus “averiguaciones poéticas”, pero sus cuarenta años de literatura nos sitúan forzosamente en un plano en que estos disentimientos potencian, aún más, las admiraciones que la larga obra, trabajada durante estos años, necesariamente decanta en las almas limpias de prejuicios, atentas al giro de la palabra intelectual y moralmente responsables”.

No son pocos los textos dedicados a libros y lecturas, sin dejar de cuestiona la falta de diversidad del catálogo librero nacional del momento, como integrante activo “de estos humildes y amolados miembros de la familia lectora nacional”, toma la palabra: “En primer término, no creo que en Chile ‘tenemos de todo’, porque si alguna ausencia golpea duramente en nuestra vida nacional es justamente, la de un repertorio de libros que hayan hecho problema, que hayan ‘cuestionado’ los motivos más radicales de nuestra patria realidad. Y faltan esos libros –que, por cierto, no responden a meras ‘aflicciones’, sino a rigurosas urgencias teóricas y prácticas nacionales– porque no hay quien las considere ‘comerciales’ como para emprender su edición. En Chile –lector– faltan libros, muchos libros que nuestros editores no se han ocupado nunca de editar. Esto no es un misterio alguno para el universitario como para el lector honrado, afanado en procurarse una formación –al menos una ‘información’– cultural a la altura de los tiempos”. En esos tiempos en los que la oferta y la demanda política campean, en “la radical insuficiencia de las falsas orientaciones que el mercado ideológico aún ofrece” –anotará Cerda–, sin dejar de señalar el centralismo pretérito del país, el “patriotismo de carnaval”, y no se amilana para arremeter contra los principescos funcionarios diplomáticos que vegetan en las capitales europeas a costa del erario fiscal. Nada se escapa de su lente analítico, hasta los asuntos más vacuos como los concursos de belleza, y aboga por las “mujeres conscientes de que su femineidad no está radicada en las “medidas” que sirven de criterio clasificador para “reinas” y “misses”. Tales medidas –escribe Cerda– están destinadas a transmutar a la mujer en una pobrísima expresión zoológica. La reducen a la primogénita condición animal. Unos centímetros menos de caderas han bastado para que haya perdido la regia corona […] Es, justamente, por sentido común que se siente uno insolidario de los boquiabiertos que llaman “encantos” femeninos a las particularidades zoológicas de la hembra humana”.

Pero su mirada interrogadora excede el territorio nacional para dar cuenta de un mundo que es hoy pasado, un mosaico de tramas y argumentos. En Cerda, la escritura es el sustento económico de la subsistencia y es también un ejercicio permanente con el lenguaje que sobrepasa ampliamente, y sin regla alguna, no solo el lenguaje con el que se da forma a la información, sino que también se revela a entenderlo como una forma de fijarlo o inmovilizarlo en su naturaleza siempre fugitiva. Sabe del uso y abuso colectivo de las palabras, sus fines, vacíos y contradicciones. Consciente de que “toda escritura siempre circunscribe un espacio de usos, gestos y palabras socialmente identificable”.

En su columna “Crisis como muletilla”, anota: “Crisis es un vocablo, un patético vocablo, que tenemos siempre a la mano y del cual, por ende, podemos servirnos cada vez que nos sentimos apurados por alguna interrogación, por alguna urgencia, de nuestro contorno o mundo. Pudiera decir, que en la actualidad vivimos “desde” la sensación de que nos hallamos los hombres en un mundo en “crisis”, lo que en modo alguno significa que sepamos a ciencia cierta cuáles son las realidades de nuestro mundo que pasan por el trance crítico. De todos modos, es un hecho que todos hemos oído hablar, que todos hemos hablado en más de una ocasión de la “crisis” de nuestro tiempo, sólo disintiendo en las realidades sobre las cuales han de recaer las acentuaciones de prioridad. Para algunos se trata simplemente de una crisis de ciertas instituciones socio-económicas; para otros se trata de una crisis de las ciencias o de la filosofía o del humanismo. No faltan tampoco quienes han descubierto un signo de irremediable fatalidad en nuestra civilización, llegándose a reemplazar el vocablo crisis por los de decadencia o hundimiento de la civilización, de la cultura, del hombre, etc.”.

Es un anotador atento. Observa, escucha, analiza: “La escritura está, en nuestros días, inscrita en la calle: recoge sus gestos y ademanes más elementales, investiga en sus lugares más ocultos e inquietantes, registra lo que en ella se dice, murmura o insinúa. Desde el punto de vista de la sociedad, no hay escritura inocente y, desde el punto de vista de la escritura, no existe sociedad justa, perfecta o ideal”, anotará después, por eso afirma que lo suyo es un oficio a la intemperie, expuesto en cada frase, en cada línea, en cada palabra que escribe.

En las columnas incluidas en este libro sobre asuntos internacionales, Cerda trabaja directamente sobre la interpretación del tema o el hecho referido; faits divers que parecen renovar su sentido, en un índice diverso que mira a la Europa de posguerra, al racismo en EEUU, a un satélite soviético, el hispanismo, Nixon en Sudamérica, el anticomunismo o el triunfo electoral de Frondizi en Argentina, elaborando aquellas crónicas o breves estampas a través de una escena de lectura: desmenuza las noticias que lee. Y su modo de leer es sorprendente: amplifica, expande, asocia, pregunta. “Sólo cabe ‘infraleer’ aquellos textos infraescritos. Es decir: aquellos escritos expresa y voluntariamente dilatados, abultados, rellenados. La lectura –la ‘buena lectura’– nos sitúa en diálogo tácito con el autor del texto. Si éste nos deja indiferente, inmodificado, quiere decir que bien pudo no haber sido escrito. Que su autor es un asno –o poco menos–, y que, por ende, no cabe posibilidad dialógica ninguna”, escribe en “Lectura e Infralectura”.

Sus caleidoscópicos textos de prensa vuelven a atrapar medio siglo después de haber sido escritos. Su estilo, nunca recargado, traza en la extensión breve de la columna ágiles pinceladas de un presente remoto que, en una escritura desenvuelta, permiten avizorar al incipiente cultor del ensayo –‘el centauro de los géneros’, en palabras de Alfonso Reyes–, su letra transita libre para lanzarse de una idea a otra, en una aparente arbitrariedad, como en una caprichosa dispersión de ver y de contar que es siempre coherente, y que dotará a sus textos de un doble sentido: como exploración o interrogación, y también como crítica. Lo que le permite divagar libremente en ese ejercicio haciendo uso de la primera persona para compartir hallazgos, transmitir conocimiento, ejercer la crítica cultural o como apuntes personales en medio de la turbulencia cotidiana de la prensa. Ensaya una voz, el placer o la ansiedad punzante de una idea, de un ángulo insólito, de un trozo de memoria, de un gusto declarado o de temores trasmitidos; siempre ajeno a la erudición de la academia solipsista y a la doxa simplista del divulgador de ideas varias.

“ARMADOS HASTA LOS DIENTES”

Ya en la noche de la jornada electoral que había dado origen a La Gaceta, llegó la hora de los cómputos, los que cerca de la medianoche ratificaron el triunfo de Jorge Alessandri sobre Salvador Allende. Mientras, en su casa, el crítico Ricardo Latcham vaciaba botellas de champaña junto al escritor Enrique Lafourcade. De pronto suena el teléfono, es el periodista Tito Mund quien aceleradamente les informa: “Hay más de cincuenta mil personas en la Plaza de Armas avivando al Choche… y están avanzando hacia la casa del Chicho”.

“Diez minutos más tarde —relata Lafourcade sobre aquella noche en la que, además, conoció a Cerda—, Mund llega como un huracán y nos dice: ‘¡Los alessandristas vienen a quemar el diario de Volpone! ¡No hay Carabineros para detenerlos y Volpone se arrancó a Las Vertientes dejando de guardia a Martín Cerda y a Carlos Jorquera, están en el techo del diario armados hasta los dientes… pero igual los van a masacrar!”.

Rápidamente, Latcham busca su abrigo y un bastón estoque dispuesto a rescatar a los redactores acorralados. Los tres hombres salieron rumbo al centro. Estaba desierto, no había nadie en las calles. “La imaginación de Tito Mund era como el volcán Hudson, con más humo que fuego”, recordaba Lafourcade sobre esa noche que inauguró una amistad: “Tiempo después Martín me contó que sí, que se quedaron de guardia. Que no estaban armados. Yo seguí viendo a Martín en los techos, como un Felipe Igualdad, envuelto en una bandera”.

Así concluyó la vida breve de La Gaceta, que no sobrevivió a la segunda derrota presidencial de Allende y, sin avisos publicitarios, desapareció.

Cerda siguió escribiendo, iluminando con su elegancia la prosa de ideas, con su modo agudo y renovador para la opaca vida literaria nacional, con una palabra cargada de presente: “El angostamiento espiritual de nuestra vida nacional es un hecho cuyo volumen no puede ser escamoteado sin con ello traicionar la misión intelectual, la exigencia de vital orientación dentro de los posibles destinos patrios que el presente predibuja y entre los cuales nos es forzoso escoger siempre uno. Yo quisiera para mi patria un futuro de ancha vía, por donde pudiésemos empujar nuestra convivencia con dignidad y liberalidad”.

Por Felipe Reyes F.

Sobre:

Martín Cerda
Punta de lápiz. Textos de La Gaceta (1957-1958),
edición de Gonzalo Geraldo y Juan Carlos Vergara,
Cormorán Ediciones,
2022,
315 pp.