Aplastando caracoles bajo la suela – Poemas de Manuel Pérez

*

En el cuarto a oscuras veo

lo mismo si cierro o si abro los ojos,

siempre hice la prueba pero no hay caso,

mi vista jamás se ajusta al negro absoluto.

 

Envolver la sal en una servilleta,

barrer las migas con el dorso de la mano,

son apenas dos maneras comunes

de transitar la desgracia.

Comunes, pero no por eso

de menor importancia.

 

No hay mucho que distinga

a la maldad de la estupidez,

y esto percibimos en la nota

que dejó Kevin Carter al morir:

Lo siento, lo siento muchísimo.

El dolor de la vida anula la felicidad

hasta tal punto que la felicidad

se vuelve inexistente…deprimido…sin teléfono…

sin plata para el alquiler…sin plata para la cuota alimentaria…

sin plata para las deudas…¡¡¡sin plata!!!

Me persiguen las memorias vívidas de asesinatos

y cadáveres y la ira y el dolor…de niños famélicos

o heridos, de locos de gatillo fácil, policías,

verdugos asesinos…Fui a reunirme con Ken,

si llego a tener esa suerte.

 

 

*

 

Inventamos un nuevo método,

espero que ustedes juzguen su utilidad

o su falta de: es posible medir el diámetro

de la caparazón de un caracol, sí,

utilizando una regla o un metro.

Pero suele ocurrir que en una distracción,

por maldad o por alguna diversión,

podemos pisarlo y destruirlo. De aquí

se deriva un método más. Consiste en

oír con atención el sonido que hace al crujir

y romperse, y sigue los mismos principios

con los que medimos la distancia de un rayo

al caer dependiendo de cuánto tarda

en emitir su sonido. Al seguir este paso

hemos dado con cálculos y cifras

más certeras de las que nos proveía

cualquier otro instrumento de medición,

por lo que hemos estado día y noche

aplastando caracoles bajo la suela

de nuestros zapatos.

 

*

 

Me han regalado una lupa, que todavía no he usado para nada.

Por añadidura, me han investido con la capacidad de leer la letra chica,

la que se nos suele escapar de alguna manera, la que queda oscura

e indistinguible de cualquier otra marca de la página.

 

Me encontré leyendo, gracias a ella, las líneas de la mesa,

porque la madera ha dicho cosas imposibles de entender

hasta haber podido internarse en su microscopía.

 

Se la lee, entonces, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo,

igual a como se escribe, igual a como se piensa.

La falta de márgenes o renglones puede parecer problemática,

pero llega un momento en que la vista se acostumbra.

 

Por más ensamblada que sea esta mesa,

aunque no podamos dar cuenta de su lectura,

hasta la madera compacta puede contarnos su historia,

nada más hace falta tener paciencia.

 

Por desgracia carezco de esa cualidad,

y en las horas que interrogué la superficie

no hallé nada de valor,

solo el brillo esmaltado de lo defectuoso

devolviéndome la mirada.

 

*

 

Aclaremos desde el vamos:

lo insignificante no existe.

 

Debo precisar, por medio

de una lista, las siguientes conclusiones:

 

Seguimos respetando a rajatabla

la didáctica dada por el renglón.

 

Empollar un durazno

o empollar una mandarina

equivaldrían a ser lo mismo.

 

Presumir de algún logro espiritual,

del avistamiento de un milagro,

es reconfortante, un latín bárbaro

para curar a los animales.

 

Un mosquito en invierno

no es un sobreviviente,

es una plaga.

 

Aquel que perfeccionó el uso del papel

sentó las actas de nuestra desaparición.

 

Por último, un comentario que oí al pasar:

“Yo quería un nombre común

y no un nombre de santo”.

 

Por Manuel Pérez

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