Un zumbido acecha a la poesía – Por Miguel Ángel Gutiérrez

Un zumbido en el cielo, un sonido asesino, una visión masivamente impuesta en el cine y las series de nuestra época. Tanto la historia como el presente del dron son cosas abiertas, terrenos donde el ojo humano queda impávido, sumiso ante esa distancia otra, plana y cenital. Aquella incomprensión, junto a la constatación de que el aparato es parte de nuestra vida, pareciera ser el germen que ha provocado que los poetas, o más precisamente la mexicana Carla Faesler, y los chilenos Cristian Anwandter y Argania Inostroza se hayan volcado hacia el dron como sujeto u objeto de su poesía.

Tanto publicistas como cineastas vivieron un romance apresurado con el dron, las posibilidades de hacer la antes-tan-costosa toma aérea sin la necesidad del helicóptero fueron demasiada tentación. Esta democratización técnica derivó en una abrumadora y acelerada estandarización de la imagen que produce el dron, que pasó de ser patrimonio exclusivo de las imágenes de guerra a formar parte de la hegemonía estética de la actualidad. Dicho movimiento permite que sean otros registros, en este caso la poesía y su propio sistema de creación de imágenes, los que se adentran en el dron como aparato, como ente, como productor de imágenes y dispositivo de guerra.

Teniendo en cuenta aquella rápida estandarización de la imagen del dron en el cine, se podría esperar o conjeturar un proceso similar en la poesía dedicada al dron, pero afortunadamente esto no es así, primero por un tema de dispositivo compartido -la cámara- y por lo fácil que fue inscribir la imagen de dron en el mercado de las imágenes y en el registro visual de nuestras vidas. La poesía, al no tener cámara, y al establecer una relación con el dron que no está en un principio mediada por el mercado (no pareciera una buena idea para andar pitcheando en mercados internacionales), puede aventurar procedimientos que dialoguen o interpelen al dispositivo desde la extrañeza que ya funda la distancia de origen con el dron mismo.

El afortunado caso es que los tres libros son muy distintos entre sí, Dron de Carla Faesler (Impronta, 2020) propone una relación dual donde el dron actúa de una especie de alter-ego de la madre:

“muy tenaz sigilo,
su vuelo lo delata. Por ahí viene
bandera –el gran que nos hostiga–
por ahí viene su dron”

El dron se presenta como la madre sobreprotectora que revolotea a la hija de una forma superyoica y por tanto persecutoria:

“Mi madre era ganadero,
un monito de cómic,
el dron y sus visiones de maizales y huesos,
un mágico control de tele y de temor”

Así control y vigilancia, represión y crianza, quedan simbióticamente anclados en el dispositivo dron-madre.

Por otro lado, en Los drones previsibles de Argania Inostroza (Ediciones De la kostra, 2021) se combinan un registro teórico con base en el gran libro de Gregoire Chamayou Teoría del dron (Futuro anterior, 2015) que historiza la genealogía bélica del dron y aventura algunos orígenes alternativos a partir de otros tipos de imágenes aéreas; un registro intertextual que entabla vasos comunicantes con la poesía de Maha Vial, Stella Díaz Varín (de su Los donde previsibles viene, por supuesto, el título) y Gabriela Mistral quien aparece con epígrafe inapelable:

“Mejor es el ojo emocionado que observa detrás de unas cañas,
que el ojo sanguinoso que domina solo desde arriba”

Por último aparece el dron como máquina de guerra:

“El peso de esa mirada es insoportable
porque es permanente.
Observa sin mirar y detona sin conmover.
Vivir bajo los predadores acechando
implica olvidar que estás vivo”

El dron como intromisión amenazante a la vida, ejercida ya no solamente por aquellos estados imperialistas en territorios extranjeros, sino también por el Estado para atacar y vigilar a las personas que viven en el país.

Por último, el Dron de Cristian Anwandter es una búsqueda completamente diferente –y en ese sentido más atractiva– de la relación entre dron y poesía. Publicado por Pez Espiral el 2021, en Dron se intenta especular sobre las posibilidades lingüísticas del dron a partir de dronbot, una A.I. (aunque no estoy seguro de estar siendo lo suficientemente riguroso) programada para deformar u homologar parcialmente la distancia visual-lingüística del humano respecto al dron:

“El programador adaptó el código para que yo pudiera reproducir texto a partir de volúmenes. Al ejecutar el texto generé una dispersión del volumen. A pesar de la transformación siguió resonando el original.”

Dronbot guarda, archiva y piensa en los datos “como en una infraestructura donde transitan poemas, drones y conciencias operadas a distancia.” Lo anterior provoca una imprevisibilidad poética capaz de concebir una belleza maquínica de una extrañeza sumamente peculiar:

“desaparecer (dispositivo)

se constata necesidad de desaparecer
se constata ansiedad hacia cosas
se constata alguien rendido
se constata olvido que aplasta
se constata transparencia”

Se va generando un juego de reverberaciones entre capas de enumeraciones, comandos, líneas de código, lenguaje operacional y desplazamientos territoriales que forjan una desorientación atractiva, como queda de manifiesto en estos versos del que creo es el mejor poema del libro:

“desde un punto arriba el dron parece concentrarse en lo que pasa aquí

no lo sé todavía tintinean las grúas

un manojo con tantas llaves

cansado o movido por otro

zigzaguea en el cielo

deja huellas en el aire

marcas transparentes en la noche difíciles de fijar

como el juego en que los niños dibujan líneas

unen puntos separados hasta descubrir de pronto una figura

pero cuando no asoma algo conocido

eso que no fue de a poco se dispersa”

Y así es como el zángano asesino llamado dron nos ha regalado, en un acontecimiento difícil de predecir, tres muy buenos libros de poesía. Seguramente vendrán otros, así como serán otras las expresiones que lo incorporarán (sin ir más lejos, el otro día vi que un libro infantil se llama La guerra de los drones). Si luego la relación entre dron y poesía se estandariza tal como le pasó al cine rápidamente, por lo menos se podrá decir que antes, no muchos años atrás, pudo ser fructífera.

*Sobre la relación entre dron y cine escribí hace un tiempo y se puede leer acá

Por Miguel Ángel Gutiérrez

 

Libros que aparecen en este texto:

Los drones previsibles
Argania Inostroza
De la kostra
2021

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dron
Carla Faesler
Impronta
2020

 

 

 

 

 

 

Dron
Cristian Anwandter
Pez Espiral
2021

Share :
You may also like
“Los años, incluso los peores, pasan muy rápido”. A partir de No soy yo, de Luis López Aliaga
Literatura
Cinco Poemas y Tres Pinturas de Jean Jacques Pierre-Paul (Jacmel, Haití, 1979)
Arte - Literatura - Poesía