Los sedimentos del regreso en Juan Emar

Primero, esto no será una reseña ni mucho menos, sino otra cosa, espero. Quizá, una simple reflexión en torno al viaje. Quizá, la recolección de los sedimentos que ha dejado tal viaje, o la misma reflexión. Técnicamente: un intento de ensayo sobre tres textos que, por cumplimiento, casualidad y distracción, se han entrelazado, a tal punto de enredarse en mi garganta y verme en la obligación de quitármelos acomodé lugar. Ese acomodé lugar será lo que estoy escribiendo, y los tres textos: “Regreso”, “Sobre la razón histórica” y “El paso del retorno”.

“Regreso” es una novela corta de Juan Emar publicada póstumamente a partir de sus diarios personales, editada por La Pollera Ediciones. “Sobre la razón histórica” es una transcripción de dos seminarios filosóficos dictados por José Ortega y Gasset, uno en Argentina y otro en Portugal. “El paso del retorno” es un poema de Vicente Huidobro, perteneciente al poemario “Últimos poemas”.

El texto base será “Regreso”: Esta novela nos narra la historia de un personaje latinoamericano residente en Francia y su travesía a Alemania –travesía que justifica por temas de salud-. La acción transita en tres fases, de lo que podría denominarse como: El proceso del viaje. Primero, lo que lo antecede, los miedos, las inseguridades, las expectativas, los objetivos, el ser que, sin saberlo (como diría Ortega y Gasset), está haciéndose pasado, historia. Segundo, el traslado de lo acostumbrado a lo turístico, el des-cortinaje de lo conocido a lo desconocido (cuestión que se internaliza al ser, o personalidad, y su desprendimiento como tal), así también la materialización de tales objetivos y expectativas, aún indisolubles. Tercero, la llegada y estadía, la concreción de lo futuro, ahora presente, ilusión de permanencia y control de las primeras impresiones, del deseo impetuoso de “descifrar” la psicología de los habitantes de aquel lugar (Neuheim), aún tan lejano, y de tan efímero estudio.

Me parece que lo interesante de esta novela radica más en sus planteamientos que en la acción narrativa en sí, a ratos tediosa -en realidad, carece en su mayoría de ésta-, y no me queda claro si esa era la intensión del autor o es solo defecto de su carácter póstumo. La ilusión de la personalidad, el prejuicio de las naciones y sus estereotipos, el turismo y el turista, el individuo y el colectivo, la paradoja de la creación artística, son algunos de ellos. Aunque, tal vez, todo se encauce hacia la noción de pertenencia. Por ejemplo, en el primer capítulo se da a entender la descomposición de la personalidad a causa del ejercicio peregrino: “el turista de regreso es un hombre agujereado y por cada agujero sopla una corriente del país lejano”, menciona Valdemar, amigo del personaje principal, haciendo alusión a su factor negativo, a la impureza que podría consagrar una personalidad no formada, inmadura, a sus proyectos futuros -sobre todo si estos se vinculan a la creación artística-. Por otro lado, lo quimérico del colectivo y su igualdad entre los pares de un mismo porvenir, en este caso, Latinoamérica: “Ilusión que vamos juntos viajando; ilusión que estamos haciendo en común algo fuera de lo común”, cavila el personaje mientras viaja en tren junto a dos compatriotas y un peruano. Y la resistencia al movimiento, a la permeabilidad de la personalidad, cuestión inevitable en todos los aspectos; aunque, claramente –y es este un factor propio de la narrativa- el personaje acepta su vulnerabilidad, como el héroe trágico que acepta su destino. “No hay dudas: yo no soy completamente yo; mejor dicho, únicamente yo. Soy algo Rogelio, soy Juan y soy el señor De Nemus. Es decir que soy un poco todo el mundo; lo que no deja de ser singular.”

Con esto me quedo, esto es lo que me interesa ahondar. En su lectura de inmediato identificamos, por una parte, la escritura visionaria de Emar en su estilo (no solo rupturista ante el criollismo chileno, sino también en las artes visuales), y, por otro, las conjeturas vanguardistas propias de su época a la par con el novecentismo (reconocidas, al menos, en “Regreso”).

Cuando hablamos de consciencia, de darnos cuenta de la forma con que la realidad se nos presenta, hablamos de la radicalización de la realidad, que es filosofía, tal como se presenta en el mito de la caverna: “El hombre tiene que salir a buscar un ser más fuerte, un ser que sea más ser”. Esa búsqueda es la filosofía, menciona Ortega y Gasset, pues, “el hombre tiene el alma dinámica de una flecha que en el aire hubiera olvidado su blanco”. Y no es indiferente a la iniciativa del personaje en “Regreso”. Hay un precepto, el de la batalla entre Heráclito y Parménides, que definirá el destino del pensamiento metódico de Occidente. Aquel combate lo gana Parménides y su visión de los conceptos, de lo estático, de lo idéntico, por sobre las cosas visibles en permanente cambio, movimiento, de Heráclito. Es este dilema (prehistórico, por así decirlo) el que acongoja a nuestro héroe, plasmado desde los conceptos de personalidad, traslado, lenguaje y percepción. Es el acontecer mismo, su persona, su “yo” y las circunstancias que le rodean, el factor clave para argüir su resolución: la resignación a todo orden fuera del alcance de sus manos/razón. El personaje no contrala la variabilidad de su personalidad, agujereada. El personaje no controla las tangentes del viaje y sus devenires. El personaje no controla un lenguaje que se expande caóticamente. El personaje no controla la forma de una realidad que desconoce, realidad ficcionada, prejuzgada del pueblo alemán. Y sufre por eso. Y aquí, precisamente, recae lo que el madrileño contemplaba: “El yo de cada cual, en cada instante, está constituido por un programa íntegro de vida […] Vivir consiste en el enfronte de ese programa para ser el que cada uno de nosotros somos, y la circunstancia es un repertorio de facilidades y dificultades; resultará que la misma circunstancia se descompondrá en tantas circunstancias diferentes en cuantos somos nosotros”; contrastable a la discordia interna del personaje entre la resistencia y la entrega a dichas dificultades y facilidades otorgadas, omnímodamente, por la circunstancia del viaje, que se disipa en múltiples tangentes como la humareda del tren que avanza, o retrocede, según sea la perspectiva.

Y como si la casual amistad entre Huidobro y Emar hubiese sido poco, su poema nos deslumbra como un epílogo –anacrónico- encriptado en la novela. El título (“El paso del retorno”) nos evoca de lleno el dilema en sí: En realidad, nunca nos vamos, siempre estamos volviendo, incluso cuando damos la espalda y no miramos atrás; es una marche á recoulons. Retroceso que Ortega y Gasset dotaría como la carga de ímpetu en el arco previo a ser lanzada la flecha, símbolo de la vida antes de radicalizarse, de ser percibida como tal, como realidad. Aquello se puede entrever en el verso: “¿Quién guio mis pasos de modo tan certero?”, de Huidobro, haciendo alusión a su despejado camino poético, afortunado, ruta de absolución y sufrimiento, todo con el fin de la apoteosis verbal, que no es otra cosa que la caída al vacío, como en Altazor. Sin embargo, el hombre de las distancias retorna a su tierra natal y les dice a quienes fueron sus amigos de antaño: “Heme aquí vestido de lejanías / Traigo un alma lavada por el fuego / Heme aquí de regreso de donde no se vuelve”, porque sabe, en realidad, que no ha vuelto, que esa persona que se fue, no volverá jamás. Por el mismo motivo les suplica: “Los que habéis tocado mis manos / ¿Qué habéis tocado? / Y vosotros que habéis escuchado mi voz / ¿Qué habéis escuchado? / Y los que habéis contemplado mis ojos / ¿Qué habéis contemplado?”, intentando corroborar, cerciorarse, de lo que su “ser”, su “yo”, es ahora. Mas, sabe que aquello es inútil, pues es solo la ilusión de la quietud, sustancialidad idealizada, lo que obtendrá como respuesta. Lo que sus amigos digan de lo que tocan, de lo que escuchan, de lo que contemplan, ya no será lo que tocan, lo que escuchan, lo que contemplan, de él.

“El hombre no tiene naturaleza, es decir, no tiene identidad. […] La realidad radical, que es la vida, no es sino que es y des-es, está pasando y aconteciendo, es un flujo continuo. El hombre es hoy lo que es, precisamente porque ayer fue otra cosa”, nos menciona Ortega y Gasset. En ese caso figura al hombre, a la persona, como un extranjero, como un desconocido en un medio en que simplemente no puede ser, porque su ser se basa en lo que será, en sus proyecciones, en su realización, en su futuro acontecer. A lo cual, Huidobro en su poema se pregunta: “¿Quién es el extranjero? ¿Reconocéis su andar? / Es el que vuelve con su sabor de eternidad en la garganta / Con un olor de olvido en los cabellos”, aquel sabor de eternidad y olor de olvido son los componentes de todo hombre, de todo ser que retorna, y es consciente de ello. Ahora, volviendo a Juan Emar y su regreso, las últimas páginas atisban la misma caída creacionista, y el mismo instrumento para menguar tal caída: la palabra, el verbo, el paracaídas. Pero, ¿qué es la palabra en sí? ¿Realmente somos dueños de ella al utilizarla, o ella nos utiliza a nosotros al vernos obligados en su utilización? Emar nos dice: “Cada hombre que recibe la palabra, recibe un hueco, recibe contornos que luego llena con los materiales que se hayan a su alcance. Es decir, coloca dentro de esos contornos el valor que él personalmente le atribuye a esas palabras”. También alude a que hay palabras que pueden acercarnos a una comunión de significantes con mayor facilidad que otras. Nos da ejemplo: “Si digo: violín, pipa o botella, lanzo al aire una cáscara que todos los hombres llenarán casi de idéntica manera […] Mas no es así, si digo: calle, habitación, fiesta; y menos es así si digo: amor, ilusión, talento. En este caso, cada cual llena el vacío con lo que para él será una calle, una fiesta, una ilusión”. Y es en esto, en la colisión de los signos y sus valores, donde se crea verdadera comunión, comunión irresoluta, transitoria. Cada una de estas palabras ha sido enfrascada por las circunstancias singulares del “yo”. Por lo tanto, incluso, en nuestro lenguaje somos unos extranjeros. Extranjeros que disfrutan de las ilusiones, y otros de crearlas.

En resumen, el viaje se presenta como diluyente de aquellos contornos que contienen a las palabras, que son nuestro medio de acceso a una realidad que es inquietante, indeterminada, en permanente movimiento. De allí también la lucha que presenta el personaje con bastante claridad y lucidez. Una lucha que suscita su etimología: “luctuare”, que también quiere decir “luchar los unos con los otros”, “entrelucharse”, y por lo cual existir (que no es solo darse cuenta, sino ser percibido) conlleva la confrontación exterior de aquel mundo interno y viceversa, donde el viaje sería su campo de batalla por excelencia. En él, sabemos que “mañana” no será igual a “hoy” de forma práctica, concisa, con la misma certeza que sabemos que el sol sale todos los días. Es anticuado, pero es así: No hay permanencia, solo movilidad; ahora, la cuestión sería: ¿Y la ilusión del movimiento, hay tal cosa? No lo sé, tal vez. Sin embargo, el regreso, en la obra de Emar, sería la comprensión de aquello desconocido y confuso que fue la ida, del allá que era totalmente incomprensible, por el mero hecho de ser “allá” y no “acá”. Asimismo, sus sedimentos serían las conclusiones, las ilusiones que recolecta y permanecen.

Finalizando, en la novela de inmediato se percibe la tesis y la antítesis –términos a todo esto que figuran, igualmente, al ser humano como ser histórico, fenomenológico. La quietud y el movimiento. Heráclito y Parménides. El resultado de aquello, la “síntesis”, podría devenir escindido por autores. Interpreto: Según Ortega y Gasset sería la sustitución de la razón pura a la razón narrativa, histórica. Según Huidobro sería el hecho de retornar y dar como respuesta que “Andaba por la Historia del brazo con la muerte”. Según Emar, sería necesario no buscar excusas para viajar, ni mucho menos realizar un ensayo para convencerse de ello, y hacerlo simplemente. El personaje nos menciona, luego de su vuelta a París, que es invitado a otro viaje y, como respuesta, nos confiesa: “Acepté, ¿Por qué no aceptar?”

Por Ignacio Barrales

 

 

 

 

 

Juan Emar
Regreso
La Pollera
2016
88 pp.

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