“La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio, y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del convenio de que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación”.

Maurice Blanchot

 

En Esta parcela, en su lírica terminal, en sus afiebradas anotaciones (Kamenszain), son los gestos los que vibran como imágenes, su incandescencia imposible no queda adscrita a ninguna voluntad, pero ¿qué nos pertenece cuando escribir es la incertidumbre, aquello que se muestra en y a la ausencia, que une y distancia? En el concernimiento de esos gestos, discrepando en el azar, se cierne la amistad, el amor, la vida en que la posibilidad se inquieta. Algo no es nada pero se vuelve algo cuando se pierde.

Con este último libro de Guadalupe Santa Cruz, publicado póstumamente en el año 2015 y recuperado ahora, en 2025, por Mar de Fondo Ediciones, vuelvo a comprender que entre la muerte y la escritura solo respiramos en la cadencia de lo breve y lo casual, y que, a pesar de ello, recuperamos expresiones, ademanes. Pero, ¿qué hacer cuando ya no existe ninguno de esos gestos y solo queda la escritura como recuerdo?, ¿cómo ser fiel a la infidelidad que porta la finitud?

En Esta parcela el límite se dilata y se encoge en la recordación, el lenguaje lo sabe, el lenguaje, su impropiedad, su extrañamiento que nos ha reunido sin pausa en nuestra fragmentación. Entonces, la manera de una risa, la forma de una mano, el modo de arreglarse los cabellos, es otra lengua filtrando la lengua materna; aires y entonaciones singulares que agitan en su canto. Pero, ¿quién canta en Esta parcela? Quizá este yo, sea, según Blanchot, “el ser desconocido y deslizante de un ¿quién?”, o, según Derrida, nada más que el encabalgamiento de voces, de gestos, una voz habitando otra, fantasmas retornantes. Pero la lectura nos libera de ese peso cuando en su segunda vez podemos volver al pasado. 

Intento reencontrar, ensayar un diálogo que se abra paso más allá de lo luctuoso. Leo Salir, donde “escribir es acompañarse, deletrear frases y enquiciarlas para volver a la historia”; leo Cita capital, en el que sobre un mapa se ensayan ejercicios de orientación para sobrevivir; leo en El contagio: “Las páginas me viajan sin vejarme, se han tornado el único reposo”; leo en Los conversos: “Mi madre y mi animal, mi atrás y mi adelante, se debaten”; apunto de Plasma: “No se puede contar, la madrugada no tiene palabras. Es más dicha, más enorme, más feroz”; leo en Quebrada…: “algo ocurre, corroe, falla o se interrumpe”; leo en Ojo líquido: “No sé escribir. Hago jardines”; y descubro en Lo que vibra por las superficies, los “cuerpos incómodos (…) que (…) Ensayan una y otra vez medirse con los órdenes que amenazan enderezar su puño, rompen una y otra vez la coraza de las palabras”, y concuerdo: “no hay limpieza para pensar que la escritura no debiera traicionarse a sí misma para juntarse con el engaño de los acontecimientos”.

Ensayos, novelas, poemas, epitafios, epigramas suspendidos en el pensamiento que recuerda y que en el sueño se hace lugar. Ese durante en que una imagen se adelanta hacia nosotros. La “memoria involuntaria del cuerpo” y su “persistente tráfico” en sus últimos días, fluctuante y flotante, es la roca de Magritte que Lupe sueña y que despierta dentro de sí, como dice en Esta parcela: “Inmensa es la roca –como aquella en los cuadros de Magritte, mole oval, bruta y aristada flotando desde una insondable altitud a ras del mar o posada liviana sobre escarpadas y perdidas cumbres– que me muestra la imagen del sueño. Aovada como es, pero abrupta y brutal, me dicta el sueño que debo pulir esa superficie rugosa hasta la suave lisura de un huevo. La roca es más grande que la página de mi sueño, rebalsa cualquier pantalla, cualquier ojo, cualquier cuerpo soñante, le digo yo toda que no podré, no voy a poder hacerlo”.

Me pregunto, en estos jardines, en estos acertamientos y manchones que se vuelven quebradas, cómo, ante la finitud, se enfrenta el intento terminal de enhebrar palabras mientras se enervan. ¿Con qué lenguaje, en la intensidad de la ausencia, en su invulnerable acontecer, volveremos a tomar aliento? Un hilo, “quedan los hilos tejidos” y puedo “desbobinar un tramo”, puedo enhebrar en una aguja las palabras en la cabeza, puedo incluso formar un nudo. Qué otra cosa es una imagen, sino un nudo, una roca en los sueños, y aunque el sueño despertara dentro del sueño la roca seguiría suspendida sin caer. Ensalivar la página y ensalivar el hilo que se resiste a entrar en la aguja, tal cual el lápiz que se resiste a escribir. Aguja, lápiz, saliva entran a la página, a su vertical desobediencia. Puntadas que porfían son las imágenes de este póstumo libro, cuyo diálogo, doblemente espectral, es la hélice del recuerdo.

Siguiendo a Lupe, en Lo que vibra por las superficies, podríamos decir que en Esta parcela es “el pensamiento escrito de [la] mirada”. Y que ella, asomada a la escritura, es jalada por las letras y por el amplificado sonido de un frágil y un último impulso. La mano arrastra y solicita la voz ante el tiempo que “no es más que una vibración en la oscuridad” para decir un mundo tan vasto pero que se acaba. El propósito de la recordación es lo que ensaya escribir –no la vida que se escamotea y se omite–, porque Guadalupe recorda en la nervadura inmediata del corazón del ojo hacia atrás, atrapada en el remolino de un tránsito áspero que ha comenzado a ser extinción de lo propio. Un deseo de escritura, entre lo eterno y lo caduco, que colma de incertidumbre y poetiza el límite del súbito y lento acomodo de todos los entres y superficies que somos. Deambula por la página y vuelve a sí, como si ese límite se fuese estrellando en el globo de las lenguas por donde circula el “dios de la escritura”. 

Cito: “Pero siente pena por el jardín y por su cuerpo finito, al que le falta la persistencia de los árboles nativos de hojas siempre perennes plantados por ella años atrás en ese pequeño jardín, el peumo y, más tarde, el molle. ¿El ciruelo? ¿Por qué puso ahora un pequeño ciruelo? (…) tal vez le hizo espacio al ciruelo como único y nuevo árbol de hojas caducas”. Guadalupe es ceñida por “mancha y pincel”, es empujada a pensar, empujada al fin, allí donde emprendemos una escritura, allí donde pronto todo habrá sido, volviendo las palabras estelas que continúan más allá de nosotros. Esta parcela no es un libro, sino deseo, pasmo, rapto, ruptura, aliento, potencia que entierra un ciruelo para abrir espacio a lo que termina. El ciruelo que este libro planta es el tiempo que ha de vérselas con la magnitud de la ausencia antes que esta ocurra, en el momento en que falta persistencia para sustituir y atender a las últimas palabras, en que, cada vez única, la lengua enervada narra poéticamente, para adherirse a lo vivo, todo aquello que ha sido, incesante y que, sin embargo, cesa. Retirarse de lo propio, ese es el pulso de esta escritura, excribir para retrasar el apremio de lo apremiante, desenterrar lo eterno para volverlo irresuelto, cuando el cuerpo, la piel –harnero y rebalse permeado en estado de amenaza– está alerta frente a un “antes enorme” y a un después exiguo. 

Esta parcela que se “repliega en su remota fortuna” recoge la palabra-cordón, palabra-abrigo, palabra-estupor, palabra-imagen, el “eco entre presencia y sombra” en la contorsión del cuerpo y la lengua que se pregunta cómo tentar a las palabras por última vez, impulsadas por un soplo en el oído, dejando a la escritura, su fruto, en un suspenso ácido y dulce, en la finitud que conocemos pero que intentamos retrasar parodiando y enmendando por las páginas en sesgo. “¿Quién me remeda y remedia al escribir en la otra página, quién lo hace?”, se pregunta Guadalupe. Esta parcela, en el convencimiento frente al límite, escribe al unísono entre indefensión y defensa, entre deslinde y vastedad. Conozco bien las hojas que ya no conoceré de esta cantante, hojas que se arremolinan en el derrumbe del cuerpo, para que sobre ellas alguien se pose y, después-hoy –“si acaso hay”–, lo que somos cambie su forma comprendiendo que “sin cesar todo se mueve”, mientras esta parcela pierde, pero nos deja su voz escrita entre las páginas saltadas, esperando que la sigamos, como si escarpara su respiración.

En la “disyunción temporal” asoma una lectura que responde a una especie de corrección póstuma. Cito: “Escribo para ti que me lo pediste y escribo por mí, por mi afasia escribo, invento letras por pulir como antes afiné el órgano de viento que era que soy con tinta al extremo de las notas”. “Lo que había que cortar ya fue cortado” y, sin embargo, algo permanece ligado con fuerza a una conversación entrecortada, única cada vez, porque la memoria, esa persistencia que comienza con el olvido, habita entre el retiro y el deseo de evitarlo. “¿Quién escribe al unísono?, ¿quién es escribiendo a la par en la otra página?”, se pregunta Guadalupe.

Escribo porque me lo pediste, pero no alcanzamos esa conversación, y ya no puedo preguntar qué hacer con la espera de una respuesta que no se presenta. No hay alimento para estas preguntas. Qué modo de narrar daría con la falta de esa contestación y cómo podría hablar el monótono sonido de “una llave de agua que gotea”, cuando intento atender al silencio. Entiendo –el tiempo es áureo y horario, pero dis-yunto–, por ello en esta escritura no hay mapa, ecografía ni grafía, sino un diálogo que en su interrupción ha de completarse desde el vacío, en su inagotable fidelidad a la infidelidad del mundo. Lo mismo es, acá, la página y la tela: un estómago vacío que atrae y deforma el mundo. En ese roce, en ese contacto con lo vivo, no accedemos plenamente a él, no accedemos a una inmovilidad, sino a “un mundo todo vivo [que] tiene la fuerza de un Infierno” (Lispector).

Qué condiciones tendrá desde ahora esta conversación, su interrupción en diálogo, apresado en posibilidades acotadas a una sola voz. La pregunta, sin responder, deslinda el mundo y en él vamos hacia los fantasmas retornantes, hacia la escritura, a su lengua quebrada. Entre la casa deshabitada, entre el teléfono que no suena, entre la asfixia de la espera pienso contigo, es cierto, las cosas “no son cosas, pero se vuelven cosas cuando se pierden”.

Una analfabeta trata de leer, se afiebran las sienes, quizá la impropiedad sea lo único que entendemos, por ello buscamos protección en los objetos, sobre el tiempo y la historia, sobre las huellas y las cosas que se desencuentran y atolondran, cuando más bien corre a campo traviesa una desligadura que hace el cuerpo de la palabra, que no es más que un trecho que nos sostiene. Esto es la mirada sobre la roca ¿flotando, flotante o fluctuante de Magritte?, a la que acude Lupe, la roca que quiere ser desplazada, para no agobiarnos en el suspenso.

Al releer Esta parcela volví a recordar una escena de La dádiva de Nabokov, otro escritor querido por Lupe, en que se relata cómo, durante un incendio en que ardían unos troncos, un hombre echaba agua sobre el reflejo de las llamas en las paredes de su casa, pero su hogar no ardía, sino que era la reverberación del fuego lo que el hombre observaba. Acaso sea eso la escritura, una infructuosa ocupación, el esfuerzo del deseo hacia lo que parece y quiere indicarnos una acción ilusoria que deja lo irresuelto habitando en su nido de descalce, cuando el ojo solo abraza un detalle o cuando presiente y piensa en el equívoco. Esa piedad, esa “vibración en la oscuridad” es la que se escribió en Esta parcela. En ella la mirada rompe la lengua y la costumbre, en ella cabe el vacío, en ella se hunde la mirada en un trozo de paisaje que los nombres no calman ni colman. 

Guadalupe Santa Cruz anota: “(Escribo para decir que me faltó alimento para hacerlo. Pero la imagen y lo que escribo son ya pasado”. Hacia ese tiempo dirigirse, con el ojo canica, “con ese pequeño ojo dado vuelta como calcetín que mira hacia abajo, hacia adentro de las vísceras y de los sueños, porque ese instante es el pensamiento del cuerpo”, instante del tumulto de significados que el ojo ya no alcanza a coger y nos deja una pregunta que, una vez más, no sabemos responder: ¿quién se ha retirado, ahora, de la página del frente?

En otra vereda, en otra página, en otro tiempo, y antes de vivir lo vivido, un eco nos despierta y volvemos al corazón del mundo, a su torbellino, que se abre para acoger nuestra voz, pero qué es nuestra voz, sino el efecto de un sueño y la circunstancia del azar en el que intentamos hacer una vida.

Por Nadia Prado

 

Texto leído en la Furia del Libro el domingo 21 de diciembre de 2025, con ocasión del lanzamiento de la reedición de Esta parcela de Guadalupe Santa Cruz, Mar de Fondo Ediciones, Buenos Aires, 2025.

 

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