Escribir es un salto al abismo: Borges y su Golem – Por Iskra Silva

En los ojos de Sócrates, abandonarse ciegamente a las palabras significa la posible ruptura de nuestra capacidad de discernimiento. Bajo la lente del filósofo, el nombre se presenta como una flecha escarlata que puede atravesar la membrana transparente de la inmutabilidad, la cual es crucial ya que protege la esencia de todo. Al final del diálogo platónico Crátilo, Sócrates nos permite entrever su temor ante la inmensidad de las palabras, mientras que, en el lado opuesto, Crátilo se enuncia como siervo de ellas. El pensamiento cratiliano sobre las palabras expone que estas son extensiones naturales de las cosas que denotan; elongaciones conectadas de forma directa con el objeto designado. El aparente vínculo natural entre el nombre y el objeto conflictúa a Sócrates; si la palabra contiene enteramente a la cosa ¿qué ocurre con su esencia?, ¿puede tomarse a la réplica como real?

La palabra como señuelo y fuente de dilema

Al iniciar su poema El Golem, Borges se empapa del pensamiento naturalista de Crátilo: «el nombre es arquetipo de la cosa / en las letras de “rosa” está la rosa / y todo el Nilo en la palabra “Nilo”». Es así como Borges adscribe su poema a una realidad donde las palabras son el origen de todo; percibimos el mundo a través de ellas y también entendemos que son las encargadas de regir el espacio-tiempo. Para el poeta, el arquetipo de todo lo existente se encuentra almacenado en el nombre, y por medio de él se puede rascar la omnipotencia de Dios. Pero, retomando la advertencia de Sócrates, la palabra como génesis de todo involucra la imposibilidad de distinguir entre el señuelo y la verdad, lo que desemboca en catástrofe imperiosa y locura irreparable.

Cruzando tal vez, el umbral de lo extremo, se encuentra Alejandra Pizarnik, quien escribe en su poema titulado En esta noche, en este mundo (1971-1972), lo siguiente: «no / las palabras / no hacen el amor / hacen la ausencia / si digo agua ¿beberé? / si digo pan ¿comeré?» Los versos de Pizarnik demuestran que la escritora vislumbra ausencias en las palabras; una suerte de artefactos que remiten al no-existir. Este pensamiento se opone al vínculo naturalista entre la palabra y el objeto; para la poeta los nombres encierran un gran nada, un abismo. Los pensamientos de Sócrates y Pizarnik convergen en lo que llamaremos punto de prudencia; ambos mantienen distancia con el poder del nombre porque están conscientes de que lanzarse a sus brazos supone perder la cordura o entregarse a la insensatez.

Los versos de Borges y Pizarnik advierten el dilema que la palabra significa para los poetas, que son los artesanos de las vocales y consonantes. Existen aquellos que con valor se acercan al mundo de los símbolos y se dejan permear por ellos, asimismo, hay quienes actúan con sigilo y prefieren ver a las palabras como armas de doble filo. Entonces, el poeta tiene dos opciones: someterse a la locura o enajenarse en la razón.

Hechicería en las sílabas

Al igual que Judá León, Borges permuta símbolos y da a luz a la reescritura de un mito hebraico que narra la historia de un rabino que jugó a ser Dios. La pluma del poeta construye alrededores que se sitúan, paradójicamente, en un ­no-lugar; tal vez en un imaginario regido por palabras. Borges utiliza distintos hechizos para evocar a «los arcanos de las Letras, del Tiempo y del Espacio», hace malabares con las sílabas para manifestar una realidad en donde las palabras traen consigo el conocimiento del mundo. Pero, el arte de dominar y dejarse dominar por el nombre, es algo que solo un hechicero podría hacer.

Una atmósfera similar, regida por el poder de la palabra, se halla en Agua Viva (1973); texto onírico escrito por Clarice Lispector. En un extracto del libro la autora señala: «Es que ahora siento necesidad de palabras y es nuevo para mí lo que escribo porque mi verdadera palabra está hasta ahora intacta. La palabra es mi cuarta dimensión». Lispector también permuta símbolos y conjuga verbos con el afán de crear portales; abrir caminos hacia otros planos terrenales y configurar una realidad estrechamente ligada al poder del nombre. Cuesta ignorar los hechizos que ambos autores utilizan en sus intervenciones, puesto que se observa un deje de haber sometido sus imaginarios al dominio de las palabras. Parece que, como Juda León, Borges y Lispector juegan a ser magos con los símbolos, ¿qué tan caro puede resultar esto?

El artesano y su fracaso

Las manos gentiles del rabí cometen un error; mancillan el Sacro Nombre y crían a un ente inútil, carente de capacidad articulatoria o de razonamiento. Borges evoca lo grotesco de este ser con cierta ternura: «Tal vez hubo un error en la grafía / o en la articulación del Sacro Nombre; / a pesar de tan alta hechicería, / no aprendió a hablar el aprendiz de hombre». Para Juda León, conocer lo magno del Nombre no fue suficiente para traer a la vida a un ser astuto y firme; el cabalista, el artesano, ha fallado. El fracaso del rabí no es ajeno al que Borges comete cuando osa en conjurar palabras para construir realidades situadas al margen de la realidad. Asimismo, el error de Borges no es extraño para Dios, quien también mira a sus animalitos hambrientos con ternura, a pesar de conocer sus múltiples fallos de articulación.

Borges, el hechicero, el hacedor, el artesano; construye un poema intertextual donde cada verso llama a la invocación de la palabra y sus adentros. Se sumerge en las ideas cratilianas sobre el nombre y juega como un gato con lana, a dar piruetas con el poder del nombre. Sócrates cuestionaría su fe ciega en la palabra y que su simulacro podría engañar a otros. Lo cierto es que, la belleza del escritor y sus creaciones yace en el deseo latente de hacerse con la palabra, de permutar mil veces la misma sílaba y de conjurar los versos y párrafos necesarios para construir realidades; resquebrajarlas, limpiarlas o viciarlas. Borges mira a su Golem con gentileza, abraza su creación y comprende sus fisuras; sabe que ha fallado, pero escribir es siempre eso: prueba y error.

Por Iskra Silva

Bibliografía

Borges, J. L. (1964). El otro, el mismo. https://www.literatura.us/borges/elotro.html

Lispector, C. (1973). Agua viva. Recuperado de https://www.lectulandia.co/book/agua-viva/

Pizarnik, A. (1971-1972). Textos de sombra y últimos poemas. https://www.lainsignia.org/2001/mayo/cul_018.htm

PLATÓN (ca 360 AC). Crátilo o de la Exactitud de los Nombres. Edición electrónica de www.philosophia.cl. Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

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