Cinco recuerdos de cómo se olvida hablar – Por Valentina Giraldo

Telegrama: permítole informároles olvidando hablar acontéceme.

En su carta para las escritoras tercermundistas, Gloria Anzaldúa habla sobre la culpa al escribir. Sentarse y armar palabras apenas en el espacio en el que a una le alcance la vida: en el baño, en la cocina, en el bus. La escritura como un espacio siempre reservado para el hombre -el que fabrica el lenguaje y llena la gramática de normas- crea una especie de geografía hostil que nos llena de púas la lengua cada que intentamos hablar. Últimamente no me gusta nada de lo que escribo, ni de lo que digo. La idea de un lenguaje claro y conciso y correcto, de escribir por las ganas de escribir, se desdibuja por un conjunto de palabras nubladas y torpes, como si estuvieran por fuera del cuerpo. Escribir en el único momento en el que se pueda, que parece ser siempre el de la espera de algo.

Que las babas apenas alcanzan a dibujar lo que se quiere decir y nunca se termina diciendo.

Que escribir es agotador.

Que ininteligible.

Que extraño.

Que poco creíble lo que una pueda decir.

Qué culpa tiene una de que cargar palabraspuestasjuntas sea desgastante.

Pienso en las que escribimos y en lo que se escribe. En la lengua en la que nos dicen que debemos escribir. Todas sus normas y tildes. Todas las formas y no entender ninguna.

Irena Klepfisz dice: Y nuestras lenguas se han quedado secas, lo salvaje se ha secado en nuestras lenguas y se nos ha olvidado hablar.

En el tarot, el arcano mayor XVI “La torre” se suele asociar con el episodio bíblico de la torre de babel. En el relato todo el mundo hablaba la misma lengua. Las personas, luego de asentarse en la llanura de Senaar, deciden construir una torre tan alta que llegue al cielo. Dios interpretó esto como una muestra de soberbia y decidió castigarlas creando distintas lenguas para que no pudieran comunicarse. La carta de la torre significa la ruptura de creencias, se puede interpretar como la destrucción de algo para volver a empezar de nuevo. Me pregunto ¿qué habrá que demoler para volver a empezar? ¿qué formas nuevas salen de las ruinas de las palabras?

Aaaa

eeeee

mmmmmmmm

frag                men

            to

El malestar de hacer palabra.

Clarice Lispector dice: Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca.

Primer recuerdo: Nací al revés. Con la mitad de la boca pegada. No podía llorar o balbucear. Con los días, mis labios se despegaron y entonces no dejé de gritar por años. Gritaba y gritaba y gritaba. Toda la vida escuchando que me tengo que callar. Porque niña y las niñas debemos ser silenciosas.

Hablar tanto hasta cansarse de hacerlo.

Hablar siempre de lo mismo.

Hablar hasta el sofoco.

Hablar en fiestas y contar que tal o cual nos acosó, para al otro día sentir la pesada culpa de haberlo dicho (la culpa injusta de la rabia).

Hablar hasta que de la boca solo salgan suspiros.

Cansarse de hablar.

Olvidar hablar.

Se me está olvidando hablar y como se me está olvidando hablar, se me está olvidando escribir. Se me está olvidando nombrar las partes del cuerpo. Como no las nombro se me empiezan a caer. Estoy casi segura que el cuerpo no tiene forma de “c” junto a una “u” junto a una “e” junto a una “r” junto a una “p” junto a una “o”. Me pregunto si cuando se me olvide nombrar la piel se me regarán todos los tejidos en el piso. Como una baba roja.

Oralidad torpe que no sabe nombrarse a si misma.

Mano escribe afuera.

Luz pantalla riega.

Roja agua espesa.

Cuerpo piso sobre.

Se me está olvidando cómo es que una opina sobre las películas que una ve (se supone que escribo sobre cine).

Cristina Rivera Garza dice: La mayoría de las cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual.

Pero el manual nunca se verá como se ve el cuerpo.

La culpa por escribir quizá sea la oportunidad para des-hacer la lengua.

La imaginación no imaginada.

El sonido no sonado.

Olvidar las geografías.

Olvidar las formas del barrio en el que vivo, del país en el que está y de las fronteras de ese país.

Ver nacer la vida en el olvido del habla, solo para volver a aprender a gruñir. Dejar de hablar y de escribir para rebuznar lo que se piensa.

Mugido sale de calloso cuerpo

Cuerpo calloso de sale mugido

Calloso mugido de cuerpo sale

Mmmmmmmmmmm

Segundo recuerdo: Cuando era más niña duré semanas con los ojos cerrados, me ardía ver. Todo lo que veía, lo veía borroso. No entendía la forma de los postes de luz o de la casa en la que vivía. Entonces un perro podía ser igual a un caballo y un poste de luz igual a un árbol seco. Cuando vi, por fin, la forma de las luces y de los perros, que las luces eran luces y los perros eran perros, dejé de imaginar sus formas. Lo que veía respondía a lo que me habían dicho en la palabra.

Ahora que se me está olvidando hablar me preocupa que se me esté olvidando ver y vuelva a cerrar los ojos y se me vuelvan a pegar los labios como cuando era más niña.

Me pregunto por mi relación corporal y mi relación escrita con-sobre-atravésde el cine. Pienso que hay un par de ojos en todo esto: escribir sobre películas con astigmatismo y miopía. Tener borrosa la lengua e intentar pronunciar bien. Toda la vida escuchando que hay que saber hablar y escribir. Siempre la culpa por esta espalda escrita nuestra, siempre encorvada, siempre montañosa. Porque nuestras palabras son accidentes geográficos que nacen en el centro de la tierra y apuntan alto al cielo. Dios castiga a la espalda que se curva como una cordillera, que es alta como la torre de babel. Nos mandó una lengua incomprensible y nos culpa por no querer hablarla “bien”.

Cherríe Moraga dice: Me falta imaginación dices. / No. Me falta el lenguaje./ […] Las palabras son una guerra para mí. / […] Para ganar la palabra / para describir la pérdida / tomo el riesgo de perder todo.

Tercer recuerdo: Cuando estaba en primaria, junto con las niñas del salón nos escondíamos para decir groserías. Era una especie de lenguaje secreto. Ninguna sabía exactamente qué significaba “jueputa”, “malparido” o “mierda”. Sabíamos que eran cosas que no se podían decir, por eso las decíamos. Y así, podíamos juntar letras y decir que el profesor represor era una mierda, igual que el colegio, igual que el uniforme. A escondidas podíamos reírnos pasito y ser niñas-mal-habladas.

Estirar la lengua a escondidas, en nuestros aquelarres de la escucha y del sonido.

Estirar la lengua para inventarse otras.

La lengua que ha nombrando al sexo.

Mi lengua de mujer cortada o, mejor, mi lengua cortada de mujer.

Esconderse para hablar y escribir, y entender, desde niñas, que somos siempre la okupa del lenguaje. Porque ninguna palabra se acomoda, porque como dicen las amigas Clarice o Gloria o Cherríe: escribir lastima, pero salva. Como una maldición.

Ocultarse para mostrarse en la palabra y, que aún así, la palabra no alcance a ser clara.

Ocultarse nombrando libros que una nunca leyó.

Películas que una nunca vio.

Ocultarse nombrando cosas.

¿Si se me olvida hablar cómo me oculto?

¿Será que es necesario entablar otra relación vocal y bucal con el mundo? Comerse los objetos, las cosas, las películas, para recordar cómo se llaman. Comerse el diccionario Larousse, a los tweets de la real academia de la lengua española y a algún manual de redacción. Comerse a la corrección de estilo.

O acordarse siquiera cómo es que se supone que se escribe, comiéndose todo lo que una ha escrito y leído.

Comerse los grandes libros de historia del arte y del cine.

Comerse los clásicos del cine.

Comerse páginas enteras de hombres describiendo a Venus.

Comerse el Ciudadano Kane o Casablanca.

Tradiciones enteras de las buenas formas recorriendo el cuerpo, los intestinos.

Vomitar.

Chantal Maillard dice: escribir […] / ¿y no hacer literatura?… / ¡y qué más da!: / hay mucho dolor / en el pozo de este cuerpo / para que me resulte importante / una cuestión de este tipo. / Escribo / para que el agua envenenada / pueda beberse.

Ahora que se me está olvidando hablar pienso en el silencio. El silencio después de hablar mucho. El silencio después de quemarse la garganta. El terror de que a una se le olvide hablar es pensar que nunca más podrá comunicarse, porque ningún sonido tiene sentido. No hay palabras.

Pienso que cuando una se quema la boca solo se balbucean tontadas.

El ardor de sacarse tierra de la boca y tenerla toda negra, ahuecada, torpe.

El ardor de olvidar hablar y escucharlos a todos hablar.

Los escucho hablar.

Ellos hablan y hablan y hablan y hablan y hablan.

Ellos hablan y escriben bien. Escriben claro y correcto. Escriben cuando tienen las meras ganas de escribir.

A veces olvidar hablar es querer quemarlo todo, pero exprimirse un brazo y darse cuenta que solo sale agua.

Cansada de parir temores y culpas en cada cosa que hay que escribir, que decir.

Las líneas de lo escrito: Una cicatriz entera, vertical, agrietada. La carne abierta.

Hablar en lenguas no legibles: Lo que mana de esa carne.

Gloria Anzaldúa dice: A las lenguas salvajes no se las puede domesticar, solo se las puede cortar.

Cuarto recuerdo: Cuando tenía siete años mi profesora del colegio me hizo repetir todos los apuntes de mi cuaderno por no saber la forma de las palabras, porque la forma de las letras no se entendía, parecían garabatos.

Pienso en Violeta Parra, en maldecir hasta el alto el cielo. Maldecir vocablos y conjurar gruñidos, intentar una arqueología de las huellas de las palabras que hemos ido dejando por ahí, de las partes del cuerpo que se han quedado con ellas. Si la escritura es una huella del cuerpo entonces yo he tenido muchas patas de animal. He copiado la letra de mis amigas para sentirme más cerquita de su magia. La mayoría de veces mi letra es igual a la de mi mamá (de ella heredé mis patas de animal pequeño, de niña sute1). Y ahora mi letra se entiende cada vez menos, como mi cuerpo y como mis patas -que podrían ser finas y delgadas como las de una paloma o muñones de extremidades con dedos amputados-. Algo así. No sé.

Como se me está olvidando hablar, pienso en mi abuela. A ella también se le olvidan los nombres. Se le olvidan sus hijas y se le olvida qué comió. Yo veo en mi abuela una claridad impresionante, en el entrelugar de su olvido.

Pienso que ella al intentar recordar las cosas, hace, a golpe, la palabra.

a golpe, la imagen

a golpe, el cuerpo

a golpe, la lengua

Ella hace a golpe la vida y no siente culpa.

Me pregunto ¿cómo estirar esta lengua de ternera y mugir, y escribir, sin culpa?

usar todas las palabras de las que no sé su significado

inventar las partes de la película que me perdí al parpadear

Hacer a golpe lo escrito y que no me importe.

Pienso que, aunque se me olvide hablar, jamás podré escaparme completamente de esta lengua espinosa. Al final, solo puedo contar que se me está olvidando hablar escriviendo y havlando. Pienso en todas las palabras que han hecho mi cuerpo y en el cuerpo mismo hecho palabras, ¿si se me olvida pronunciar verbos entonces no podré volverme a mover?

Una acción: Cierre de la glotis, estrechamiento, escupir. La saliva, un habla primitiva y curandera.

Una aprende sus partes del cuerpo repitiéndolas, repitiendo que la cabeza se llama cabeza, que los hombros se llaman hombros, que las rodillas se llaman rodillas. A veces de tanto repetir, de escribir y decir lo mismo, los significados se olvidan y da igual si la cabeza se llama cabeza, hombros o rodillas. Da igual decir que corro o gateo o repto o tiemblo. Sin embargo, para mi cuerpo siempre será diferente gatear o reptar o temblar, no por lenguaje sino por instinto. Porque nuestra carne es una carne anexada a la carne del suelo, por eso si me olvida caminar siempre podré gatear o reptar. No importa si en algún momento se me olvida conjugar los verbos, siempre la tierra invita a hacer meandros para mantener vivo al río. Quizá lo único que jamás se olvida es saber comer tierra y pronunciarla con los movimientos erráticos de las extremidades.

Tierra, tierroso, tierrero, tierrear, tierrática.

Quizá ahora haya que escribir con palabras de animal de patas enterradas.

Quizá olvidar escribir sea otra manera de agarrarse al anzuelo de lo radicalmente vivo, evitar que nos corten las lenguas y hacer bebible al veneno.

Quinto recuerdo: Últimamente he encontrado las palabras que se me olvidan en la boca de mis amigas. Ellas encuentran el conjunto de letras específicas que a mi me cuesta recordar. Las escucho y entonces entiendo de nuevo cómo es que una le habla a la vida.

Pienso que quizá abrazar el olvido del habla es re-entender que mis palabras animales se hacen siempre en compañía de palabras otras, de las palabras de mis amigas. Pienso entonces que para deshacerme de la culpa debo perderle el terror al malentendido, llegar a ser tan torpe con lo que diga o escriba que me deje de importar la claridad o la corrección. Es agotador pensarse como un chivo expiatorio dentro del mundo de la escritura. Quizá el olvido a las palabras sea la posibilidad de f(r)iccionarlas. Si escribir ficciones es una posibilidad de imaginar mundos nuevos, quizá inventarse un alfabeto, una gramática, una pronunciación, sea una posibilidad de encontrar hablas nuevas, comunicaciones otras.

Valeria Flores dice: Escribamos para ofrecer grietas por las que colarse.

Pienso en olvidar hablar para poder re-escribir desde la urgencia, hacerle cortes al sistema sin quedar encerrada en estos. Raspar palabras y que se vuelvan chispas, incendios.

Recién me doy cuenta que el verbo olVIDAr tiene en la mitad a la vida.

Por Valentina Giraldo Sánchez

 

1          En algunas partes de Colombia se le dice “sute” al marrano más pequeño de la camada.

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