Ser el otro de nosotras es poca cosa

Carta XVI

mi querida: los hombres nos envidian el penetrante
juego de intimidades sucesivas: los ensordece
el murmullo de palomas que cambiamos
insomnes y ligeras por sobre toda obligación

envidian la obscenidad de nuestros juegos
contar y llorar como hijas de la misma madre
(que hubiéramos compartido los baños y las camas)
o como madres a punto de parir (casi desnudas
y hablando de un dolor parecido)

los hombres      es sabido   nos envidian
el impenetrable clima de las risas oblicuas
(como de amiguitas a la siesta en el zaguán)
y esa falta de vergüenza al mostrarnos las llagas
o hacerse vestir o acariciar el alma una por otra

ellos no saben cómo hacer para podernos
distraer de nosotras       llamarnos la atención
es su pasión y su calvario: tan fuertes
somos en nuestro pacto el motivo de su deseo

desesperan de nosotras   pobrecitos
y amados como el otro de nosotras sospechan:
la insuficiencia de ese modo de amar
ellos quisieran ser una más y nos envidian
lo impenetrable (el resto de adolescente que se deja
tocar sin perder nada) ese poder de ubicuidad
que nos concilia con el infierno en un salón del paraíso

en esta lucha por el amor de cada día
ellos no saben de nuestra necesidad y nos envidian
y aunque les juremos que nos son imprescindibles
sabrán que en esa frase hay una trampa:

ser el otro de nosotras es poca cosa
y ellos siempre querrán ser una más

 

Carta XXXII

 

mi querida: en los hombres no se puede
confiar
ellos en una ciudad desconocida
no sabrían cómo encontrarnos
en cambio nosotras
persistentes y sin resignación
haríamos de la búsqueda un destino

(de Cartas, 1992)

 

XXVI

 

¿girando detrás de un pensamiento
como una perra que muerde su cola
algo del pensamiento se hará claro y potente
como un ladrido o un celo de animal?
¿algo de la perra que hay en mí
dejará de girar detrás de sí dejará
de morder de hacerse daño
si esa luz hace claridad?
¿girar no es una gimnasia ridícula
que saca de lugar confunde
cielo y suelo y vuelve
cada cosa algo que se mueve
y algo que se deja de ver?
¿es posible así entender algo?
¿habrá que tener un pensamiento de perra
para hacer una pregunta donde se vea
cómo una mujer muerde el hueso
tras una idea de mujer
y eso la lleva a ver con otra claridad?

(de  Las preguntas, 1998)

 

1.

Volcada como
una copa goteás
tu dolor hacia adentro.
Sísifo del lenguaje,
lo que perfora no es
la insistencia del gotear,
sino una voluntad no reconocida
puesta en la gota: líquido veneno
y no elixir, lo líquido de los
acontecimientos vuelto veneno,
pasivo, quemante, adormecedor.
La trampa de un drama dado a beber
en una copa donde no hay
ni borra ni dulzura.
Lo que goteás deberías dejarlo
caer.

 

2.

esa lágrima fácil
que te convierte en la futura
víctima de situación
sin importar la índole de la
situación ni la predisposición
acaso inexistente del verdugo
es el síntoma de una
dificultad: ya no poder
disimular la condición ni hacer
presente lo que hubo.
Ya no más el alma entera
fuera, el arma
de una especie repartida
entre el deseo y la necesidad:
esa lágrima de indignación
que te vulnera es
tu enfermedad y tu testigo:
en ella cada vez estás
más húmeda, más transparente
en la caída, perdida
en el momento mismo
de mostrarte, deslizando,
dejándote
perder.

 

3.

En el camino de la edad
estoy llegando a la excelencia: hago de la necesidad
virtud, aunque mi cuerpo sea un territorio
de negociaciones
ocupado por fuerzas que no reconozco.
“En estos días
en que la filosofía es un murmullo de la edad”
soy la franja de gasa
que separa lo que soy
de lo que fui.

 

 

Por Liliana Lukin

Fotografía de Gerda Taro

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