Soy un pájaro que observa

Me siento tan en unísono con el silencio de esta casa,

que puedo notar cada sonido que llega.

Cada vez que un auto pasa,

cada vez que alguien se acerca,

cuando se abre una ventana

o se cierra alguna puerta.

 

He llegado a trazar un mapa de sonidos en mi memoria

sobre el hemisferio izquierdo de mi cerebro.

Y sobre el derecho, tracé la noción subjetiva

de mi cuerpo de pájaro que habita una casa.

 

Puedo diferenciar la intensidad y el volumen

que delatan el sentido del humor de quienes hablan,

el ritmo de los motores,

la secuencia de ladridos de los perros del barrio,

la permanencia de sonidos

que emiten aquellos que deambulan

porque no quieren volver a casa.

 

Todo en su conjunto,

parece tener más energía y vida que las palabras.

Los pájaros no usan palabras.

 

Soy un pájaro que observa.

Se desconecta del mundo y observa.

Con un ala sueña que se arroja sobre el campo,

con la otra intenta elevarse y rozar el sol.

 

El error de los pájaros

radica en creer que el sol está al alcance de su vuelo.

Pero el pájaro no se cansa.

Entrada la noche, se acomoda en su nido

y observa.

 

Todos hablan en voz baja:

el oscuro de los techos,

la amarillenta luz de las veredas vacías,

el marrón claro de las hojas muertas sobre el asfalto,

el motor del auto que pasa a lo lejos,

el calor humeante de las fábricas cercanas.

 

Todos hablan.

Todos contestan.

Como si supieran hablar un mismo idioma

que los pájaros ignoran.

 

El pájaro no entiende de palabras

entonces, quiere cantar.

 

La maestra de canto sugería

el delgado límite entre las voces ajenas

y la voz del pájaro.

Es clara, pero no invisible,

decía.

Hay que buscarla,

afinar el oído y la mirada.

Pero ¿dónde?

¿dónde buscarla?

 

Ahí donde el pájaro debe saltar

y no se anima,

ahí encontrará su voz y su canto.

Entonces, canta.

 

En el comienzo del verbo

canta.

Desde el silencio de su casa

canta.

Tan confortable e insólito,

que el pájaro se avergüenza

y canta:

 

al pájaro, a la flor,

al sol que asoma en la ventana

al miedo, al misterio,

a la muerte y a la vida (también).

 

Por Victoria Morales 

Fotografía de Bill Binzen – Seasons (1968)

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