A Sergio Navarro

Descarto todo compromiso unidireccional con este escrito porque uno de los primeros consejos que nos brindaste fue dejar de concebir el tiempo como algo estático y monolítico. Recuerdo tu insistencia por la espesura del tiempo en este “no tiempo”. Te recuerdo siendo enfático en las diferencias entre unidad y capacidad de síntesis. Todo lo relativo a economía narrativa te notificó un sentido de urgencia, dejando en evidencia que no querías malos entendidos en esta materia. La elipsis, para estos efectos, no se inscribía como concepto económico, muy por el contrario, la misma se perfilaba como dispositivo sensorio en la meseta espectatorial. Al lado de estas explicaciones oscilaron tus memorias de espectador crítico. Tus ejemplos, por antonomasia, eran escenas de películas de Hitchcock y seguidamente de otros autores de los que nos hablabas con toda propiedad y admiración.

Innumerables veces puntualizaste que el cine era hijo de su época, eso te valía de argumento para que nosotres pudiéramos entender la necesidad de abordarlo y expandirlo. De forma disruptiva, fuiste el primer exponente al que le escuché decir que el cine no moriría y que hoy era posible convocarlo mediante una ecología visual y sonora. Más que la sobreproducción, entendías que todo estaba dicho y registrado, y que las imágenes podían ser re-miradas para detener la obsolescencia de temporalidades ajenas y disímiles. Como buen socialista, el cine era para ti la pedagogía y la posibilidad de mundo desde el patio imperialista. Era ante todo un ejercicio de memoria. Una epístola abierta con las tesituras de su porvenir. Es y será siempre una posibilidad en el eriazo del espectáculo.

Se ruboriza el tejido de estos pensamientos cuando nos recuerdo abordando la misma micro que subía por calle Clave para recorrer la Av. Alemania. Casi como si estuviéramos pauteados por un tercero, coincidimos que esa micro realizaba –por lejos– el mejor recorrido. Me apuré en decir que las curvas simulaban el plano secuencia de Amelia Lopes O’neill (1990). Rápidamente llegamos a las fantasmagorías de Ruíz y en ciudades que se parecen a Valparaíso –como es el caso del puerto que aparece en Las Tres Coronas del Marinero (1983)-. Descendiste respondiendo mi gesto de despedida, tengo esculpida de tiempo la sonrisa con la que hice ese trayecto hasta llegar a mi casa.

 Sobre la marcha, el conflicto en ningún caso debía ser el monopolio de la trama y de nuestras intenciones. El mismo debía ser corrompido, a lo sumo, como ficción totalizante. Alguna vez, y de pasada, dijiste que los países monoextractivistas tenían la doble labor de pulverizar y mancillar la idea del conflicto único y/o central. Saliste rápidamente de este pensamiento para llegar al asunto que te convocaba en ese momento: qué contar y cómo hacerlo. Hasta el día de hoy reverbera esa idea junto a los esfuerzos que hiciste en múltiples ocasiones para que tomáramos partido sobre nuestras producciones narrativas. Estabas convencido de la máxima ruiziana y que su pregón tenía que expandirse hasta que cobrara pleno sentido en nosotres, ya sea por repetición, por osmosis o fotosíntesis –el medio justificaba su fin y viceversa-.

 Hasta aquí, nadie había sido tan osado en la propuesta sobre el cine como proceso de enseñanza-aprendizaje. Cuando les demás guardaban cuidado para ir progresivamente sobre los estudios formales, tu estabas alentando nuestro debut como clavadistas en ese todo que nos orillaba. Te recuerdo emplazándonos con una sonrisa. Tengo tu imagen recordándonos que el cine era una práctica total, que no reclamaba costas pequeñas, y que no podíamos escatimar. En esa sonrisa larga también nos decías que lo viéramos todo, pero todo; que fuéramos todos los días al cine y que pidiéramos películas en la videoteca de la escuela. Gracias a esto di con La Mirada de Ulises (1992) de Angelopoulos, sintiendo plena gratitud por tus insistencias. La película no solo me hacía palpable el tiempo, a su vez me hacía evidente mi co-existencia con esto que te convocó a lo largo de tu vida.

Al escribir esto pienso en Jean Vigo. Pienso en los nexos que hiciste entre su propuesta cinematográfica y los autores que le hicieron la posta. Pienso en la potencia de la infancia y en las representaciones que tú mismo apostaste para ir a darle un rostro a les niñes en las periferias. Pienso en las diatribas que se evidencian con solo reparar en los encuadres que hiciste de niños fumando y madres en labores de lavado. Pienso en el fárrago sedicioso del neoliberalismo y en tus imágenes bengalas desde lugares cuyas vivencias eran negadas. La espesura del tiempo Navarro ¿Cuántas veces hemos visto en el cine a mujeres colgar ropa? Chacal de Nahueltoro (1969), Valparaíso Mi Amor (1969), Cuartito Rosa (1991), etc.

Lo cierto es que la pandemia nos privó de volver a encontrarnos, pero yo insistí con tu presencia. Gracias a tu ensayo «Cine y Desmitologización» pude encontrar la pregunta encuadre por la cual mirar los femicidios de la obra prima de Littin. Tu presencia se sostuvo a lo largo de meses en el paso meridiano de las lindes a las lindes: Rosa, sus hijas, el canaquita con su herida de hambre, la música de Sergio Ortega. Volví a la película obsesivamente con tu pregunta, y lo que hasta ese entonces no tenía nombre, gracias a ti ahora podía ser nombrado: chacalización.

Y la espesura del tiempo. Porque para llegar a nuestra escuela teníamos que pasar por un ex centro de tortura y aún así teníamos que tener la osadía de disputarlo todo. Porque después de Octubre del 2019 teníamos tus películas para volver a tomar el pulso de los días. Más de alguna vez cargué las máquinas que disponía para visionar colectivamente Cuartito Rosa. Recuerdo las risas cómplices de quienes veían entrar al doble de Luis Miguel en escena. Recuerdo la espesura de las conversaciones que surgieron en la postrimerías mientras vivíamos la película que siempre esperaste.

Finalmente me pude despedir de ti. No podía creer que estaba asistiendo a tu funeral desde una toma directa. Cerraste el espacio del aula con tu oficio. Te vi en los gestos de amor que fueron aconteciendo en escena. En mi habitación estabas tú, tu familia y de pronto apareció Ismael Oddó con su guitarra cantando Vamos Mujer. Si me lo preguntas, fue una toma ‘dura’ que con el correr de los minutos se fue suspendiendo y transformando. Ahí resolví que una vez más te encontrabas dislocando la toma fija del recinto y la idea monolítica del tiempo. Tu sola presencia nos entregaba un último plano, como quien se sale con la suya incluso con una pandemia a cuestas.

El día también salió a homenajearte. A diferencia de otros Mayos, este se encuentra rebosante de sol, algo parecido a una primavera que se niega a cederle el paso a otras estaciones. Algo parecido a la espesura de una experiencia que no decanta fácilmente: el cine.

 

Por Nina Satt Castillo

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