Despertó temblando aquella noche. Al sudor y el sonido de una moto a toda velocidad habría que sumarle los gritos de personas intentando comunicarse a lo lejos. El verano trae consigo ese bullicio, aquella multitud viscosa asediada por un paisaje seco, inhóspito e irritante. Celeste decidió levantarse y buscar algún libro para invocar nuevamente el sueño. Mientras leía los diarios que guardaba desde niña, recordó los viajes al campo, un espacio silencioso y misterioso que tanto añoraba y que luego de la separación de sus padres no pudo volver a visitar. Con la mirada en dirección a las manchas que habitaban en el techo, su memoria comenzó a desdibujarse de aquella noche de verano para permanecer en las reminiscencias que evocaban los paisajes de antaño. En auto o en bus, lo que más disfrutaba de esos viajes era mirar por la ventana el tránsito fugaz de arboledas y casas dispersas que rápidamente cambiaban de forma y color. Al llegar, sentir el olor a tierra húmeda y la bocanada de leña en el brasero, la textura de los tejidos de su abuela cubriendo cada espacio, la sensación de frescura que tanta falta le hacía. 

Cada juego, cada descubrimiento e interacción con la naturaleza quedaron atrás, se perdieron entre las sombras de una tristeza infinita. Cómo volver a la infancia si no es a partir de pequeños mosaicos de tiempo se preguntaba entre sollozos. Ahora estaba sola en la habitación de una ciudad que le parecía colosal y siniestra, casi desconocida. Insistió en aquellos recuerdos para sentir alivio, pero rápidamente fue interrumpida por el golpeteo en la puerta codificado que habían diseñado con Amalia. Ella le susurró algo al oído que la hizo sonreír, juntas bajaron por las escaleras, llenaron unos vasos de ponche y sirvieron pizzas que quedaron del año nuevo. En la televisión, echadas en la cama, divisaron una película que llegaba a su fin: una mujer sentada en las afueras de su casa. Los primeros planos evidencian aquellos surcos acumulados por los años, mientras que los generales presentaban un horizonte limitado. La cámara se despliega en una búsqueda por capturar la imagen de un hombre que trabaja la tierra, por momentos las imágenes se desenfocan como quien mira velozmente buscando algo. Los movimientos de las plantas estimuladas por el viento forman parte de la escena principal por varios minutos. Un caballo se pierde entre la vegetación y la aparente sequía. La película vuelve a centrarse en la imagen de la mujer y sus manos manchadas por el barro mientras diseña un recipiente bajo un cielo ladino. 

Esas imágenes trazadas al azar parecían ser una premonición. Ese año volverían al campo de sus abuelos sin importar la sentencia de su padre. No sabían bien cómo pero la adolescencia tiene eso de fortuito y mágico que envuelve los deseos. Esa madrugada entre sonrisas, nostalgias y expectativas sellaron su pacto de regreso al paisaje que tantas veces dibujaron en sus cuadernos siendo niñas.

 

Por Amanda Cisternas

Fotografía de portada por Sally Mann