Soy un domingo que ha durado más de treinta años

He intentado todas las tácticas posibles
para que los domingos no sean de hastío
que no me marchiten la herencia
He caminado con rabia por las calles más solas
esperando una falla
el encuentro accidental con los homicidas
que rasgue aquella tela
Que se me ha instalado durante décadas
entre la realidad y el ojo
La consciencia inextirpable
de que los árboles
las estatuas
mis seres más queridos
las palabras las huellas
son pedazos de botellas rotas
que devuelve el mar
Me he emborrachado solo o en compañía
en cualquier callejón
en cualquier plaza
esperando que se cumpla aquella promesa
con la que nos engañó la literatura
Ese sueño
Habitar ese lugar en donde recuperaríamos las extremidades
amputadas de puro desobedecer
los consejos de la madre
y a cualquier cosa que nos hiciera sospechar
que tarde o temprano seríamos una tuerca oxidada
ensartada a los columpios
que ya
ni los vientos más fuertes mecerían por la tarde
pura chatarra adornando el paisaje
para consolarnos diciendo
que hubo algo así como la infancia
Los domingos son mis uñas
amarillas por el tabaco
y que no corto
pues en algún momento supe
que deseaba arrastrar la tierra
llevar conmigo el barro
que obtuve de tanto rasguñar el adobe
de la casa perdida en la memoria
Mucho más frecuente ha sido
quedarme encerrado
aturdido entre ideas incendiarias
en busca de cualquier señal
que entregue un poco de calma

Hoy fue uno de esos días
y ya está oscureciendo
temprano se apagan las luces
de las piezas en los edificios
los profesores los oficinistas
los amigos más tristes
los como yo quebrados
a ellos les debo un poema que evite
que este u otro domingo
nos saludemos
como pequeñas naranjas maduras
golpeadas por una lluvia suave
mientras nos vamos cayendo

 

Por Fabián Burgos

Pintura de portada por Jojo Fuentes 

 

 

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