Luz Interior

 

En un momento ya comenzó a parecer insólito despertarme tan seguido en medio de la noche con el sonido de fuertes bocinas y vehículos que venían desde la ventana, a veces eran varias, otras solo una, pero siempre como si la calle pasara justo por debajo de mi cama y el ruido llegaba directamente en los oídos levantándome de un salto al menos tres veces por noche.

La cercanía de los ruidos fue la primera pista que me hizo estudiar más a fondo mi caso. Esa constante  comenzó a romper mi cadena de sueño, no lograba conciliar dormirme y durante el día andaba irritable, al punto que durante una reunión con mis compañeros de trabajo les grité para que cerraran la ventana porque entraba el ruido de la autopista, no exagero, grité tan fuerte como para eclipsar la carretera que entraba como púas de acero por la ventana y cruzaba mis sensibles oídos que estaban por explotar. Ya no es difícil explicar a estas alturas lo incomodo de mi diagnóstico, nada más porque puedo excusarme ante tanta impaciencia que padezco, ahora tengo permitido irritarme ante lo que me saque de quicio, ¿Pero antes? Era un calvario tener que oír las voces que no deseaba, incluso tener que oírme a mi mismo desde el teléfono, aquella voz chirriante y sin propósito.

¿Cómo era posible que tantos autos pudieran pasar por estas calles tan solitarias y secas a horas en que todos pernoctaban en un día de semana? ¿Cuántos autos podrían haber en un pueblo tan pequeño, de calles roídas y distancias caminables? ¿Quién realmente necesitaba salir de noche a tocar la bocina y pasar a una velocidad irracional por este estrecho pasaje poco concurrido?

Fui a la oficina de partes de la municipalidad a dejar un reclamo formal al alcalde para que regularice o fiscalice el tránsito nocturno de vehículos en las calles del pueblo. Con el paso del tiempo entendí que era una estúpida idea pero en ese momento estaba desesperado.

Cuando se me ocurrió convocar a una reunión de vecinos para establecer un catastro y buscar una solución de este peligroso y extremadamente ruidoso tránsito nocturno, fue el momento en que entendí la dimensión del problema y comencé a tomar riendas en el asunto. Nadie, absolutamente nadie sentía los ruidos. Un vecino me tildó de loco cuando postulé la idea de que quizás hacían carreras ilegales en la noche, de que era físicamente imposible hacer carreras en una calle de una sola vía. Otros me dijeron que quizás alguien veía la televisión con un volumen excesivamente alto. Puede ser, pensé, pero tendría que ser un fanático de las películas de autos, o bien, un fanático de videojuegos de carreras, o bien, un sociópata coleccionista de bocinas que le gusta tocarlas de noche para molestar a sus vecinos. Todos se fueron un poco molestos por haber perdido el tiempo con la reunión. Dicho sea de paso, nunca había tenido una convocatoria tan alta para tocar un tema social, preferí verle el lado positivo.

Un día me acerque al vecino de la casa colindante para comentarle sobre mi preocupación, un tipo tan simpático y liviano que llegaba a ser dudosa su posición en este mundo tan hostil. Conversé unos minutos con él y noté que no conozco a mis vecinos, nunca me había fijado que todos los días pasó caminando con la mirada incrustada en el piso y con suerte escupo un hola desahuciado. Quizás hace cuánto tiempo él esperaba a que me acercara a conversar, y la primera vez tenía que ser por un reclamo. Me dio hasta pena molestarlo, fue una persona tan respetuosa y amigable que me pareció absurdo que viera televisión a un volumen tan elevado a esas alturas de la noche. Efectivamente no era el, de hecho no le gustan los autos, prefiere usar transporte público para no sobrecargar la ciudad de vehículos. Sería ideal que todos tuvieran esa postura para dormir tranquilo y así todos podamos llevar una vida más saludable y no sigamos sobrepoblando el mundo.

Me quedé pensando en aquellas actitudes conscientes y sustentables, idea que ha ido creciendo en la última década y parece interesante ahora desde mi vereda. No creí que podíamos llegar tan lejos como especie, y ahora me impresiona lo importante que fue el grito de ayuda que pedía la tierra y la falta de tacto de los empresarios y consorcios para comprender que hay un límite de altura para las construcciones, y después de eso ya nada más queda por explotar. La tierra está caliente como para seguir excavando en ella. Recuerdo que en un viaje, en una cantina, un señor borracho me dijo que si seguimos excavando la tierra, terminaremos por separarla en muchas partes, ya no habría una, sino varias y tendríamos que construir puentes interespaciales para poder ir a saludar a nuestros familiares en año nuevo.

Reflexioné bastante con la postura de mi vecino, una persona positiva en este tiempo tan gris. Estas reflexiones se hacían arena con mis problemas, el ruido siguió todas las noches, incluso sentí que diariamente iba aumentando en su intensidad. El comportamiento de mi cuerpo se fue tornando cada vez más extraño, a veces despertaba con llagas en mis piernas, sentía cosquilleos constantes en mi entrepiernas, un extraño sonido en mis rodillas y algunos pinchazos en mis pies. Todo esto me volvió un ermitaño, me convertí en el individuo solitario del pasaje, quizás lo era desde antes, pero ahora se potenciaba con mi condición. Blindé mis ventanas, instalé un especie de blackout en cada entrada, y sellé hasta el último espacio que diera a la calle. En un momento me vi solo en la oscuridad, solo con mis dolores que minuto a minuto se hacían más insoportables y difíciles de llevar, mi cuerpo ya no respondía como antes, dejé el trabajo, dejé de ver a las pocas personas que aun me soportaban, quedé solo entre estas paredes que siguen sin dejarme dormir. Pensé en ir al medico pero no tenía sentido, y ahora que todos saben sobre mi caso y hay nuevos brotes en el mundo, siento rabia al escribir sobre esto, porque siempre fueron evidentes y nadie me prestó atención ni ayuda, incluso me quisieron internar. Dejaron que me volviera loco en solitario, encerrado en mi espacio para no intervenir en su proyecto. Ellos sabían de alguna forma y no me prestaron ayuda, hasta que los síntomas eran evidentes, mi cuerpo estaba invadido por fierros y construcciones. Las excusas siempre fueron que era imposible, irreal ¿pero que tan imposible es que una ciudad comience a crecer dentro de uno si ya no hay espacio fuera?

 

 

Texto y fotografía por Rodrigo Vergara

 

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