Manchester by the Sea: Pueblo chico, infierno grande

La fragilidad de la condición humana constituye un tópico frecuente en las artes; desde el teatro y el cine, toma habitualmente la forma del drama o la tragedia, fuentes que nunca parecen secarse. Quizás la cualidad que más nos diferencia con los animales pertenecientes a las demás especies y otros seres vivos, es la (dis)capacidad de sentir culpa, en la medida que se queda grabada como un martirio o escarmiento en nuestra consciencia. Muchas películas han sido escritas en torno a la culpa, ejemplos recientes son Julieta de Almodóvar o The Salesman de Farhadi, sin embargo hoy quiero dedicarme a la tercera y última película del director estadounidense Kenneth Lonergan, Manchester by the Sea.

Desde el comienzo, se realza el protagonismo del guión. Este transita en pequeñas elipsis entre pasado y presente, entre melodrama y humor negro, que sólo logran ser eclipsadas en algunos momentos donde el uso de música afligida busca ingenuamente acentuar los pasajes más desconsolados, cuando sólo logra atenuarlos y volverlos tediosos. A pesar de los frecuentes cortes, la película transmite un anhelo de realismo constante usando inteligentemente la profundidad de campo y diálogos con doble perspectiva que afianzan las magníficas actuaciones de Casey Affleck y la nunca decepcionante Michelle Williams.

La cotidianidad de Lee (Affleck) se nos viene encima de entrada, gracias a la exposición de su crudo panorama: un hombre completamente solo y atormentado, incapaz de establecer relación social alguna, en una ciudad que no es la suya. En estas circunstancias, recibe la noticia de la muerte de su hermano, lo que provocará que salga de su miserable zona de confort para hacerse cargo de su sobrino en Manchester. A partir del diálogo entre pasado y presente, los primeros minutos de la película nos hace preguntarnos: ¿Cómo este hombre, que era distinto antes, puede volverse tan triste en el presente? Comprendemos luego -gracias a una gran escena que pudo ser aún mejor sin la presencia de violines llorones por cinco minutos seguidos- el motivo del tormento culposo de Lee, la transición entre un hombre divertido y sociable a algo parecido a un muerto que respira. Si bien Lee parece ya saber lidiar con su pasado, la muerte de su hermano lo obliga a volver a su pueblo natal, donde como buen pueblo chico el infierno puede ser bastante grande.

A lo largo de toda la película, llama la atención la pugna que somete a Lee. Parece decirnos que la única manera de encarnar semejante monto de culpa es renunciando completamente a la vida, a toda interacción placentera, buscando liberar tensión en alguna pelea o botellas de cerveza, pero siendo incapaz de lidiar con su equivocación. Quizás esto último sea lo más difícil, sólo él puede ejercer algo semejante a la justicia para resarcir lo hecho. Lee decide apartarse de su pasado, ajustarse lo más que pueda a una rutina solitaria, no tiene fuerzas ni para suicidarse, hasta parece que el enfermo terminal era él y no su hermano, tiene la maldición de recordarse todos los días su pasado.

Manchester es un pueblo costero y frío, lo que hace que no puedan enterrar al hermano ya que incluso el suelo está congelado. En este pueblo el mar es la figura principal y en la película tiene un rol particular, es el espejo del ánimo de Lee, inmortaliza pero acompaña su dolor y culpa. Al igual que el mar, la presencia del hermano también es omnisciente tanto para su hijo Patrick como para Lee, su recuerdo es constante y cada uno siente su falta a su manera, Lee perdió a la única persona en la que confiaba y Patrick a la que admiraba. Además, la gente del pueblo les recuerda a ambos su ausencia a partir de su adulación constante.

Teniendo en cuenta estos tres elementos omniscientes en la narración: la culpa, el mar, y el recuerdo del hermano, Lee debe enfrentarse nuevamente a su pasado en el que todo le recuerda lo que hizo, donde la memoria está intacta y hasta los fantasmas pueden clamar más vida que él. Si la culpa logra aliviarse sólo se sabrá viendo la película, un drama total que hace pervivir una máxima del cine: si el guión está bien escrito, la película sólo le hace honor.

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