Barcelona me parecía, ya desde antes, una ciudad dada a los pequeños milagros: no por nada su novela “oficial”, escrita por Eduardo Mendoza y publicada en 1986, se titula La ciudad de los prodigios. En mi caso, la certeza de que se trata de un lugar signado por el azar más inconcebible fue anterior a leer ese libro y vino por el lado de Pedro Almodóvar primero y Álvaro Mutis después: en Todo sobre mi madre y en La nieve del almirante la ciudad es un cruce de caminos en el que los mensajes llegan, los encuentros suceden y las cosas no se pierden. Pues bien: lo que paso a contar parece salido de una película o una novela, pero sucedió el enero inmediatamente anterior a la aparición del virus y hubo quince testigos presenciales.

Me encontraba en la capital catalana cuando desde Buenos Aires me avisaron que al día siguiente y a las siete de la tarde se iba a presentar ahí, a orillas del Mediterráneo, Del infinito al bife, una biografía de Federico Manuel Peralta Ramos escrita por Esteban Feune de Colombi y publicada por Caja Negra. El plan me pareció simpático: no tenía nada para hacer y el evento venía a prolongar la ya tradicional relación de Barcelona con la literatura latinoamericana. Iba a ser, además, en Lata Peinada, una librería dedicada especialmente a las letras de nuestro subcontinente que quedaba en el carrer del Verge.

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El carrer del Verge o de la Virgen resultó igual a tantos otros del casco antiguo: a duras penas llegaba a la cuadra de extensión, y esa corta vida le alcanzaba para regalarle al transeúnte una desvaída palmera, una cuesta suave, un rellano y algún resto de muralla quizá romana. 

En la puerta de la librería, del lado de afuera, había una mesita de saldos: Pubis angelical de Puig, La mujer en la muralla de Laiseca y Miguel de Federico Jeanmaire a un euro cada uno. Compré los tres y entré; la presentación estaba por empezar. 

Feune de Colombi me pareció, de entrada, muy simpático. Era una especie de Andy Chango. Un personaje total. Empezó a hablar de este Peralta Ramos del que yo ignoraba e ignoro casi todo. Repuso la programática frase “soy un pedazo de atmósfera” y pasó la canción que lleva ese título y que se incluyó en el único disco que, en 1970, editó el biografiado. Después pasó un tema de Calamaro que se titula «P.N.S.U.R.H.Q.S.U.R. (Recuerdo reloco)» y que cita una frase de Peralta Ramos que explica la sigla del título: “para no ser un recuerdo hay que ser un re loco”.

Después empezó a hablar del blog sobre Peralta Ramos.

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En el blog, dijo Feune de Colombi, una mujer contaba sus escarceos amorosos con Peralta Ramos. Dijo también que había intentado ubicar a esa mujer para incluir algunos textos del blog en su libro, pero que no la había podido encontrar. Que los textos eran tan buenos y completaban tanto la imagen del biografiado que había considerado incluirlos aún sin el permiso de la autora. Que había decidido no hacerlo. Pero que nos leería, aquella tarde ya noche en la librería Lata Peinada, en el carrer del Verge, algunos de esos textos.

Empezó, y al minuto una señora levantó la mano y dijo “eso lo escribí yo”.

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Feune se quedó estupefacto. La señora, que hablaba con acento español, contó que era argentina, que había vivido en Buenos Aires hasta los veinte años, que había conocido a Federico, que ella era muy joven en ese entonces y que no había pasado nada amoroso entre los dos… Feune, arrasado por la casualidad, le preguntó, remedando un bolero, dónde había estado todo este tiempo. La presentación se había salido totalmente de su cauce y Feune hizo la pregunta que flotaba en el aire: “¿por qué viniste hoy acá?”. La señora dijo que había pasado por esa calle varias horas antes, que había visto una pizarra anunciando la actividad, que la actividad tenía que ver con Federico y que por eso había venido. Feune, con buen tino, dio por terminado el evento. Dijo que no había manera de seguir con lo que había planificado. 

Nos paramos, había unas copas de vino, se formaron rondas de conversación y al pasar cerca de Feune y la señora en cuestión escuché que ella le decía (le admitía) que sí había pasado algo con Federico. Después salí y caminé, entre gente de los cinco continentes, por el Raval y por el Gótico: acababa de confirmar fehacientemente que en Barcelona todas las cartas llegan a su destinatario. Que en esa ciudad basta nombrar algo o alguien para que aparezca. Que en un mundo que es sorda disolución hay también un lugar para el encuentro. 

 

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Cuando volví a Buenos Aires conté la anécdota en diversos ámbitos y la respuesta fue, casi siempre, la desconfianza: “estaba armado”, me dijeron amigos y amigas. Yo, posiblemente bajo el influjo de Eduardo Mendoza, Pedro Almodóvar y Álvaro Mutis, jamás había considerado esa posibilidad. Pero, pensándolo bien, Feune es performer y se ha hecho pasar por lustrabotas, por paseador de perros y por cartonero. ¿Por qué no habría de simular ser un autor sorprendido en la presentación de un libro suyo? 

Si fue así, si lo que yo vi fue una pequeña obra de teatro, quedará en todo caso el misterio y el encanto (soy incapaz de abandonar mis creencias) de que eso, ese simulacro de encuentro, haya pasado justamente en Barcelona. 

 

Por Alejandro Droznes