I

Yalta, URSS, 1977. Lyudmila Vladimirovna despierta en mitad de la noche, aguza el oído y la duda o el terror la llevan a sacudir por la espalda el cuerpo tendido de su hija, Maya Turbiná, recostada a su lado. De la habitación contigua en la que descansa Nika, les llega el murmullo. Una voz incorpórea oscila vibrante; no reconocen esa corriente, ese caudal sonoro que fluye como un río, como una oración que pareciera brotar de la mismísima noche. Ambas caminan en puntas de pie hacia la habitación de Nika, procurando no hacer ruido. Al entreabrir la puerta y asomarse a la penumbra del cuarto, la ven: la niña de 3 años está de pie sobre su cama, con su camisón raído, los brazos abiertos, los puños en alto, el rostro tenso apuntando hacia el cielorraso, el ceño fruncido, los párpados cerrados. De su voz nace aquella voz que aún ahora las desconcierta. No está sonámbula, aunque parezca posesa, no está dormida. Cuando al fin termina, su rostro se relaja, su cuerpo respira. Nika mira con sus ojos claros a su madre y a su abuela, que todavía atónitas la consultan sobre motivos y palabras. La niña anuncia que recita poesía, que sus palabras son versos, y que los versos le vienen de adentro, que una voz se los dicta. Ha nacido la poeta.

II

Para el Estado es fácil determinar cuándo nace una persona. Según el sistema que brinda cifras, coordenadas, relaciones estadísticas, le basta con mirar un acta de nacimiento para decir cuándo alguien asomó la cabeza al mundo. Pero lo que nace, apenas si se expresa. Si somos el resultado de un tránsito, de una manifestación de diferencia, ¿cuándo ponemos el pie en tierra firme? ¿Cuándo nacemos a las cosas, cómo? ¿Cuándo nace un poeta, por ejemplo? ¿Cuándo y cómo nace la poesía? ¿Cómo se nace a la poesía? Preguntas.

III

Dicen que rara vez vieron dormir a Nika durante su infancia. Tenía miedo de ahogarse, padecía asma. La poesía la acompañaba en su vigilia, la ayudaba a mantenerse en pie durante la noche y le daba consuelo. Una vez, sin embargo se quedó dormida y tuvo una pesadilla: eran los poemas lo que la ahogaban, lo que en verdad le impedían respirar. Cuando la familia visitó a una bruja consultándole por el caso, ésta les dijo que la niña finalmente iba a poder dormir con normalidad a partir de los 13 años. La profecía se cumplió. Y Nika perdió el don.

Pequeña parábola rusa: El orgullo de un pueblo, su amor por el arte poético, el ideal de futuro cifrado en infancias extraordinarias, el florecimiento de una cultura superadora alumbrada por el comunismo; todo eso comenzó a marchitarse en la mente de una niña. En Rusia, se inició la Perestroika. Nika entró a la adolescencia sin la voz que le dictaba sus poemas. Su cuerpo empezaba a cambiar, a volverse extraño, también su patria. La atención por el reconocimiento internacional que le valió el León de Oro de Venecia, antes concedido a Ajmátova, se disolvió. Sus tutores literarios la abandonaron, la fábula se rompió. Fue el comienzo de una tragedia anunciada. La de la niña y la de todo un pueblo cuyo sueño histórico se evaporaba hacia fines de los años ‘80.

Para Nika vendrían las internaciones, el alcoholismo, su éxodo por trabajos, instituciones educativas, viviendas, relaciones efímeras, hasta su muerte, también prefigurada. A los 15 años había interpretado en una película a una joven con lesiones medulares que amenazaba con lanzarse de una ventana; en 1997 Nika cumplió, dañando su columna vertebral; cinco años después, desde un quinto piso, atravesó la definitiva ventana, muriendo a los 27 años. La muerte, el suicidio, el abandono, el miedo, el vacío, la soledad eran los temas que desarrollaba la que siendo aún niña, dijo: “Sufro porque vivo”.

La historia de Nika fue también la historia de una generación que señaló la conquista de sus libertades caminando sobre el borde de los muros que separaban lo nuevo de lo viejo, una generación de adolescentes funámbulos y sin arnés.

IV

Cuando pensamos en precocidad poética recordamos a Rimbaud que escribió toda su obra entre los 16 y los 20 años, a Clarice Lispector, que escribió “Cerca del corazón salvaje” a los 19 años, a Rubén Darío y a Mary Shelley, que publicaron a los 21 años su obra más representativa. ¿Pero dónde ubicamos a una niña que escribe su primera obra entre los 6 y los 10 años? Si la historia nos ha dejado cientos de niñes prodigio en la música, como Mozart, concertistas de pocos años ejecutando con maestría obras de gran dificultad técnica y expresiva, artistas plásticos, ajedrecistas, niñes especialmente dotades para los cálculos complejos, con una memoria extraordinaria, etc.; no ha sucedido lo mismo en el campo de la literatura. Pareciera que el arte de la palabra, requiriese de un mayor tiempo de maduración y conocimiento de la naturaleza escurridiza e intrincada del lenguaje. Y el caso de Nika no sólo nos habla de una habilidad lingüística excepcional, sino también de un manejo del tono y los recursos poéticos sin par. Nika Turbiná escribía, además, sobre estados y emociones que, si trazásemos alguna línea de continuidad entre obra y artista, aunque más no fuese tenue, entrecortada, nos obligaría a considerar su capacidad de auto-observación, su conciencia del mundo, y todavía más, a preguntarnos otra vez sobre la infancia, sobre su significado. Con Nika, la imagen paradisíaca forjada en torno de ese periodo de la vida que a partir de Rilke identificamos con una personalísima e inalienable patria, desaparece. ¿Es la infancia un oasis? ¿Qué dirían les niñes si pudiesen reconocer y hablar con distancia de su vida infantil, de sus propias emociones y experiencias en el mundo? ¿Qué dirían les niñes si tuviesen en sus manos el poder de la palabra poética? Quizás, dirían, lo que supo decir Nika Turbiná.

V

Una niña de 8 años da recitales de poesía. Es apadrinada por grandes poetas. La pasean por estudios de televisión, escenarios y países. Recibe premios y reconocimiento internacional. De pronto, su caso desaparece de la escena pública. La niña ya no es novedad, o su novedad encuentra reemplazo. El resto es tragedia. A Nika se la comió el mundo. Esta es una parte de la historia. La otra dice que Nika despliega ante nuestra esperanza y nuestra incredulidad, el misterio de la poesía. La poesía como revelación, como quisieron los románticos, la poesía como encrucijada, el punto donde se cruzan el sueño, la noche, la profecía, la visión, lo divino y lo terrestre. Como si la poesía nos eligiese, como si fuésemos nosotres su obra, y no al revés. Nika es la poeta iluminada, representa la pasión mística de la poesía como divinidad. A los 10 años escribió: “Mi vida es un borrador / donde las letras son constelaciones…/ Todos mis días malos están contados por adelantado”. Nika escuchaba voces, escribía con gran sensibilidad sobre el dolor propio y ajeno, sobre el abandono y la soledad del mundo. Eran tiempos en los que se hablaba de los niños índigo en Rusia, una generación de infantes especiales. En verdad era Rusia la que cambiaba, sus niños la expresaban. Nika fue el cuerpo de esa Rusia, y también el de un poder, el de la poesía. A Nika se la comió Rusia, a Nika se la comió la poesía. Nika fue una heroína extraña; por lo precoz, sobrenatural. Sus versos siguen siendo una misteriosa epopeya.

Por Tamara Rutinelli